Érase una vez un mercado muy sencillo, formado de unos veinte puestos, cuyo negocio consistía en vivir de aquello que producían. La economía de dicho mercado era cerrada y se basaba, evidentemente, en lo que se compraban y vendían unos a otros. Un día, sin embargo, dos mercaderes decidieron asumir una actitud particularmente egoísta, apuntándose al siguiente razonamiento: “lo mejor para mí es que yo, en cualquier caso, siempre venda más de lo que compro; con esta fórmula me haré rico”. Haciendo algunos replanteamientos consiguieron abaratar sus productos por encima de la media, bien porque estos mercaderes avariciosos habían ampliado las horas que dedicaban a la producción, bien porque poseían unas condiciones más favorables (tratándose de productos agrícolas, por ejemplo, bastaría con que sus tierras fueran más fértiles). En poco tiempo sus balanzas de pagos dieron un vuelco espectacular y pasaron a ser positivas: vendían mucho y compraban poco. Era el sueño del capitalismo hecho realidad.
Pero a veces nuestros sueños más ardientes se convierten en nuestras peores pesadillas. Si la situación descrita se mantuviera en el tiempo de forma indefinida el resultado no tardaría en caer por su propio peso: los dos puestos con balanzas de pagos favorables habrían acumulado mucha riqueza mientras que los demás habrían terminado empobreciéndose. Al principio, los dos puestos “ricos” recibían a cambio de sus exportaciones una buena cantidad de dinero. Como el intercambio de liquidez era muy desigual, las arcas de los puestos “pobres” fueron disminuyendo de forma paulatina, pero constante, hasta que se quedaron vacías. Es lo que le sucedería a cualquiera si en tu caja fuerte sacas cien euros de cada vez y sólo ingresas cincuenta. Las matemáticas son tozudas. (más…)








