El jardín del exilio

21 noviembre, 2011

Barra libre, o quizás el infierno

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 10:34 pm

“Gratis” es un término que debería desaparecer de nuestro vocabulario. En el universo no existe nada que sea gratis. La confusión viene dada por la extendida creencia en que los costes de las cosas que pretendemos se mide únicamente en unidades monetarias, pero lo cierto es que todo, absolutamente TODO, tiene un coste, incluso respirar: cada bocanada de aire que tomamos incrementa nuestro envejecimiento en una pequeña porción y nos acerca de forma ineludible a la muerte (ah, sí, a veces se nos olvida que hemos de morir).

Una mentalidad materialista basada en la satisfacción inmediata y superficial del ego, una mentalidad de profundo arraigo en la actual sociedad, nos empuja a buscar de forma compulsiva la fórmula mágica que nos permita consumir lo máximo al menor coste económico posible. Vivimos en la dictadura del precio; hemos renunciado a nuestra dignidad, a la calidad de los productos, a interesarnos por las condiciones laborales y humanas de los trabajadores que producen los artículos que adquirimos, las penosas condiciones laborales del vendedor que nos atiende, incluso nos hemos desentendido del daño medioambiental que ocasionan ciertos modelos especialmente irresponsables de producción. Lo único que nos interesa es ahorrarnos unos cuantos céntimos, porque a veces, por triste que resulte reconocerlo, sólo se trata de eso. El colmo consistiría en conseguirlo todo gratis, es el Cielo de la sociedad de consumo.

Preferimos ignorar el círculo infernal que desata nuestra actitud avara de vendernos al mejor postor, la intrincada cadena de causas y efectos que, al final, redunda en contra de nuestros propios intereses. Menor precio, menores salarios, más horas trabajadas, más estrés, menos salud, menor cuidado de los recursos naturales, en definitiva, peor calidad de vida. Un economista clásico nos dirá que la guerra por obtener el precio más bajo, así como toda la sucesión de despropósitos que ello conlleva, deriva de un proceso “natural”, intrínseco de un sistema basado en la oferta y la demanda. Como es lógico resulta difícil creer que algo tan absurdo sea “natural”, si acaso podemos admitirlo como fruto de una escala de valores enferma cuyo bien supremo se reduce a eso: no en procurar el bienestar común, la búsqueda de la belleza, la solidaridad o el altruismo, sino en conseguir el menor precio a costa de lo que haga falta. El economista clásico nos seguirá diciendo que no nos hagamos ilusiones, nada de altruismo ni milongas: el ser humano es despiadadamente egoísta por naturaleza, y ese rabioso egoísmo, esa maldad tan hondamente cimentada, es lo que hace funcionar la economía y el mundo, y con eso nos debemos conformar. Si eso es lo que crees, es que te has tragado hasta el fondo el anzuelo lanzado por el poder económico que domina el mundo, te han doblegado, te han convertido en uno de sus aliados. Me das pena.

No, no tenemos por qué ser egoístas, no tenemos por qué lanzarnos los unos contra los otros como pirañas hambrientas, no tenemos por qué seguir con este modelo de vida autodestructivo que al final nos conducirá a todos a la ruina. Un ruego: cree en que al menos tú eres capaz de algo mejor. Al menos tú.

A propósito, en Internet nos estamos acostumbrando a conseguir cuanto nos apetece con sólo hacer un click. La discusión acerca de la moralidad de esta forma de consumo suscita encendidos enfrentamientos dialécticos e ideológicos, con los derechos de autor en el centro de la diana. Lo cierto es que, por mucho que se quiera, sólo una exigua minoría está dispuesta a pagar por un artículo que puede conseguirse fácilmente sin ningún coste monetario. Es lo normal. Sin embargo, son cada vez más los autores —o incluso programadores— que cuelgan sus trabajos en la red para ser descargados libremente y dejan abierta la opción de donar una pequeña cantidad a cambio de la utilidad que pueda reportarnos. Estaría bien, si estimamos que la obra o el producto nos ha aportado algo, que fuéramos generosos y accediéramos, cuando así esté habilitado, a realizar dicha contribución; sería de gran estímulo para el autor y propiciaría que su profesión fuera viable. La diferencia es que, esta vez, no lo haríamos compelidos por el miedo a una autoridad represora, sino porque nosotros, desde nuestra libertad, decidimos que es justo. ¿Te lo imaginas?

5 comentarios »

  1. Gran artículo hermano sobre el comecocos de esta sociedad de consumo¡¡¡ A ver si poco a poco vamos hacia un mundo mejor¡¡Un saludo

    Comentario por Caco — 27 noviembre, 2011 @ 5:41 am | Responder

  2. Cierto, la gratuidad no existe. Por ejemplo para leer este artículo tienes que pagar la tasa de una reflexión profunda sobre los valores mas consustanciales a la naturaleza humana. precio que gustoso pago. Un saludo campeón

    Comentario por Juanjo — 27 noviembre, 2011 @ 9:26 pm | Responder

  3. Muy bueno el artículo, saludos del otro lado del océano.

    Comentario por Mariano — 10 febrero, 2012 @ 11:03 pm | Responder

  4. Cuanta verdad. Gracias Excelente Artículo.

    Saludos.

    Comentario por Drakon — 3 marzo, 2012 @ 5:23 pm | Responder

  5. Buen artículo. Me acuerdo de “Carmelita la de la tienda”, vendía caro (decía la gente), pero nos ayudó a pasar una crisis peor que esta, pocas cosas y sueldos de subsistencia… “apunteselo a mi madre”, y mi madre todos los meses le daba lo que podía. No ponía mueca de descontento ni se quejaba: “no pasa nada mi niña y llevale estas galletas a los niños”… Luego llegó carrefour, y puso a un guardia de seguridad junto a la caja registradora…!!!!

    Comentario por lore — 24 abril, 2014 @ 9:36 pm | Responder


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