El jardín del exilio

15 diciembre, 2011

Tiempo muerto

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 10:50 am

El mundo se mueve a una velocidad frenética: las innovaciones, las ideas, la información, el capital, las personas. No hay descanso. La humanidad civilizada ha entablado una lucha encarnizada contra el reloj, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y ni siquiera. En algunos países —se dice que “avanzados”— funcionan toda clase de servicios las veinticuatro horas. ¿Quiere cortarse el pelo a las tres de la mañana o comprarse un par de calcetines? Basta con pensarlo.

En nuestro país también hay presiones para que se “liberalicen” los horarios; eso crearía más actividad, dicen los “expertos” —aún más actividad, como si hubiera poca—, se crearían nuevos puestos de trabajo. Se da por descontado que aquella antigua preocupación por la calidad de los empleos y el bienestar de la sociedad ha desaparecido, ahora lo único que urge es que la gente trabaje, sea lo que sea. Debe ser así, el mundo no debe pararse, la actividad económica debe seguir adelante…

Ya no importan los para qué, vale absolutamente todo. A nadie sorprende que un grupo empresarial igual financie a un lobby comprometido en defender ante los gobiernos los intereses de los grandes capitales como a una editorial que publica libros de autores afines a limitar el poder de las multinacionales y su intromisión en los asuntos políticos; tampoco sorprende la aparente contradicción de una petrolera que, para ahorrar costes, extrae crudo en las peores condiciones humanas y medioambientales y por otro lado mantiene una filial de energías renovables, cuya rentabilidad depende en gran medida de su actividad presuntamente “limpia” y respetuosa; tampoco habremos de extrañarnos de que una entidad financiera invierta fondos tanto en empresas que fabrican armas como en otras que se dedican a desarrollar actividades sostenibles y comprometidas con la sociedad, quizás incluso fabricando prótesis para las personas mutiladas por las guerras. Este tipo de contradicciones insalvables hacen parte de nuestro día a día, y hemos aprendido a convivir con ellas sin que nos generen conflicto. Aparentan ser muy pocos los que se atreven a hacerse preguntas, la moral y la ética han sucumbido casi por completo ante el afán incurable de ganar dinero, lo cual parece justificarlo todo. Una cosa y su contraria.

Los seres humanos hemos creado increíbles avances tecnológicos, muchos de ellos llamados a cambiar nuestra existencia y nuestro rumbo evolutivo para siempre. Pensemos en la biología y en la genética, estamos a un paso de tomarle el relevo a la naturaleza en lo tocante a determinar nuestra configuración biológica. En definitiva, estamos a un paso de asumir una posición de enorme poder y trascendencia. Y no crean que nos tiembla el pulso, ya nos hemos adentrado en el delicado terreno de alterar los códigos genéticos de las plantas y los animales. Nadie sabe exactamente hacia dónde nos estamos dirigiendo, de lo único que estamos seguro es de que el mundo no debe detenerse ni un solo segundo. No hay tiempo para reflexionar acerca de conveniencias o inconveniencias, todo viene marcado por un aire de perentoriedad que nadie parece capaz de cuestionar. Todo lo que puede ser, debe ser. Y, además, ahora.

Asusta pensar en un mundo que se mueve a tal velocidad, pero que ignora hacia dónde se dirige. Asusta pensar que gran parte de los avances tecnológicos que están viendo la luz están impulsados por el único afán de ganar dinero, sin importar las consecuencias a largo plazo. Asusta pensar que nuestras vidas están tan vacías que ya no nos importa nada, excepto la posibilidad de una nómina a final de mes.

Amigos, ha llegado la hora de pedir tiempo muerto. Esto se nos escapa de las manos. No veo mejor momento para revindicar la necesidad de formularnos las clásicas y tan denostadas preguntas existenciales que todos, a juicio de un puñado de idealistas, deberíamos hacernos alguna vez: ¿quienes somos y hacia dónde vamos?

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