El jardín del exilio

26 diciembre, 2011

Un mundo no gubernamental

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 2:32 pm

La condición humana está fundamentada en una ignorancia básica acerca del mundo que nos rodea. Todo es demasiado complejo, demasiado difícil de entender, hace falta un esfuerzo titánico y constante de síntesis en medio de la ingente y caótica información que desborda nuestros sentidos y amenaza con engullirnos; todo ello para abarcar un pequeño espacio inteligible, aunque provisional, que nos permita posicionarnos y ser conscientes en alguna media —por lo general mínima— de quiénes somos y dónde estamos. La condición humana es, por definición, incertidumbre. Una incertidumbre que en muchas ocasiones genera miedo.

Es precisamente el miedo el que nos ha impulsado a lo largo de los siglos a refugiarnos en estructuras que tienden a anularnos, a decidir por nosotros, como la religión o el estado. Negamos la incertidumbre una y otra vez, queremos que todo sea seguro y previsible, que haya siempre alguien que vele por nosotros y ahuyente el temor de no ser capaces de valernos como individuos, ya sea dios (perdón, yo lo escribo con minúsculas), un rey, un gobernante, un prócer. Pero, tal y como ocurre en cada una de nuestras vidas, llega el momento en que descubrimos con amargura que no siempre es posible depender de alguien y hemos de dar un paso adelante y enfrentarnos al inevitable caos que es la realidad, y a la muerte.

Las sociedades modernas industrializadas llevamos mucho tiempo instaladas en una comodidad basada en la indiferencia y la inacción, fingiendo que no tenemos ninguna responsabilidad frente al mundo que nos rodea. Los desiertos van tomando cuenta del mundo mientras esquilmamos impunemente los recursos naturales del planeta, especies animales y vegetales se extinguen a un ritmo trepidante bajo la presión de una demografía que crece con desenfreno, miles de seres humanos mueren a diario de hambre o en guerras absurdas en medio de un gran sufrimiento, los valores éticos se degradan hasta quedar vacíos de contenido. La mayoría de nosotros se ha acostumbrado a delegar las responsabilidades en los gobiernos, o incluso en nuestras empresas o bancos. En consecuencia, tendemos a pensar que si algo va mal es porque alguna de estas entidades lo está haciendo mal. Siempre estamos echando balones fuera. Pero algo está pasando, el mundo idílico y confortable que habíamos construido se está desmoronando. Podríamos aventurar causas y teorías, de las muchas que proliferan en la actualidad mediática, pero, en definitiva, la razón principal es que nada puede durar para siempre. Al final todo es mucho más simple de lo que parece. La vida es constante cambio: así es que bienvenidos a la dura incertidumbre. Bienvenidos al mundo real.

De repente nos hemos encontrado con que los poderosos estados de Occidente ya no son capaces de hacer frente a la voracidad de los mercados, unos mercados que ellos mismos tan alegremente se han encargado de amparar. Los estados-nación que vieron la luz en el Siglo XIX no tienen nada que hacer contra la globalización del poder financiero. Es como si tuviéramos que enfrentarnos a la tarea imposible de proteger nuestros bienes ante unos ladrones con capacidad para atravesar las paredes de las casas. Es el fin de los estados tal y como los hemos conocido. Esto ya es irreversible.

Pero los mercados no son lo único que se ha globalizado; también lo han hecho la cultura, la información o las relaciones humanas. Desde hace tiempo, merced a la globalización, organizaciones independientes de ciudadanos están tomando el relevo de los estados en muchos ámbitos a medida que los fundamentos de dichos estados se han ido escorando hacia la protección de los intereses de una reducida élite financiera y empresarial, en detrimento de la calidad democrática y la consolidación de unos Derechos Fundamentales universales. Ha sido un proceso lento pero constante. La iniciativa privada independiente está asumiendo la mayor parte de la responsabilidad a la hora de socorrer a los más desfavorecidos en las zonas más pobres del planeta; son innumerables los institutos y fundaciones independientes dedicados a las investigaciones más variadas, desde enfermedades raras a energías renovables; asociaciones de ciudadanos están surgiendo de forma espontánea para impulsar reformas políticas y económicas al margen de los partidos políticos institucionales; se están formando comunidades de todo tipo para impulsar el uso y desarrollo del software libre o formas más responsables de consumo y producción o el libre intercambio de bienes y servicios; incluso están ganando fuerza entidades bancarias creadas a partir de modelos cooperativos y asamblearios.
Algo muy poderoso se está moviendo en el mundo. Los estados-nación se desmoronan como castillos de naipes al tiempo que los mercados intentan rifarse sus despojos y alzarse con el poder. Pero un nuevo poder está fermentando con pujanza en la base, paciente y silencioso, y no se trata, como se ha dicho, de un fenómeno nuevo: es un poder basado en la responsabilidad y el compromiso personal de miles de personas. Un poder que se canaliza en redes globales de cooperación y libre intercambio, sin ánimo de lucro, imbuido de una consciencia que entiende el bienestar individual a partir del bienestar de todos los demás seres, con criterios estrictos de necesidad, racionalidad y solidaridad.

Sé que muchos me tachan de iluso. Vale, lo acepto, al fin y al cabo soñar e imaginar un mundo mejor se ha convertido en un ejercicio que una extendida ignorancia pretende ridiculizar (¿a alguien le asusta soñar?). Pero tengan esto en cuenta: a media que la situación internacional, me refiero a la crisis global, vaya empeorando, cosa que sucederá, nuestra toma de conciencia frente al mundo y frente a los demás deberá ir en aumento. No se trata ya de una mera cuestión filosófica, de espiritualidad o ideologías políticas. Y tampoco se trata sólo de una cuestión de supervivencia. Es mucho más que eso: es una cuestión de dignidad humana, de profunda vergüenza y repulsa ante lo que nos hemos convertido.

Los buitres ya surcan los cielos.

1 comentario »

  1. Hola hermano, veo que también has tomado la pastilla azul¡¡¡
    Los cambios son siempre para mejor aunque en la transición nos coja a algunos y nos parta por la mitad, siempre nos quedará el amor y el soñar como bien dices. Gran artículo lleno de realidades¡¡

    Comentario por Caco — 27 diciembre, 2011 @ 11:12 pm | Responder


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