El jardín del exilio

20 enero, 2012

Corre, que nos pilla el toro

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 4:29 pm

El alcalde de la de ciudad de… ha tenido una idea brillante. Ha pensado que necesitaba reactivar la economía de la localidad y se le ha ocurrido nada menos que esto: promover el municipio como un nuevo y revolucionario destino turístico. El reclamo para conseguir semejante objetivo es inapelable: dejar sueltos por las calles a toros bravos de lidia; la idea consiste en elevar la fiesta española a la enésima potencia con una especie de Sanfermines que duren todos los días del año, las veinticuatro horas del día. ¿Quién podrá resistirse? El problema que se plantea es cómo conciliar la vida cotidiana de los vecinos del municipio con el espectáculo que va a discurrir de forma constante por entre sus calles. Pero el alcalde es una fuente inagotable de ideas geniales e inmediatamente dispone cercar todas las calles con burladeros; a los guardias de tráfico los viste de picadores y los sube a una montura protegida con peto acolchado; en cada paso de peatones se cuelga una capote rojo para que los viandantes que pretendan cruzar la calzada puedan despistar a los toros en caso de ser atacados, etc.

La idea del alcalde obtiene una respuesta espectacular. Los vecinos de la ciudad de… contemplan con asombro cómo sus calles se llenan hasta los topes de turistas, los bares no dan abasto sirviendo comidas y cerveza, los hoteles cuelgan el cartel de Completo. Todo parece marchar sobre ruedas, salvo porque… bien, porque de vez en cuando se produce un accidente que otro y algún turista, o incluso algún vecino, termina en el hospital con una hermosa cornada. Este tipo de incidente da muy mala prensa, de modo que el alcalde decide contratar a un equipo de expertos, que de inmediato se pone manos a la obra. Elabora un complicado modelo matemático que incluye diversas variantes del comportamiento de los toros: a qué hora del día suelen estar más agresivos, de qué modo les afecta el hecho de que se muevan solos o en manadas, cómo reaccionan a las distintas provocaciones de los turistas, qué porcentaje de cornadas se producen a diestra o a siniestra, la importancia de determinado tipo de alimentos en su dieta, etc. En base a este modelo el alcalde adopta una serie de medidas, que de inmediato obtienen sus frutos. El número de cornadas se reduce drásticamente.

Pero un día sucede algo. Por motivos que nadie alcanza a explicar, se desata una estampida y la ya tan popular fiesta perenne de los toros se convierte en una carnicería. Mueren más de una docena de personas. La ciudad de… sale en todas las portadas de los principales diarios del mundo. El alcalde debe reaccionar rápidamente si desea que el gran negocio que se ha generado en el municipio no se venga abajo. ¿Qué hacer? Vuelve a convocar al grupo de expertos, y éstos le informan que el modelo matemático que habían desarrollado no incluyó una variante de vital importancia: cierto dispositivo neuronal que hace con que algunos animales, en momentos en que interaccionan unos con otros —como les sucede, curiosamente, a los humanos—, entren en pánico sin razón aparente. El motivo de esta ominosa omisión reside, según explicaron al alcalde, en que dicha variante es casi imposible de reducir a una fórmula matemática, o sea, es casi imposible de prever, salvo, quizás, si se pusiera a su disposición una red de superordenadores con el cual formular un modelo infinitamente más complejo. Así y todo, puntualizan los expertos, el riesgo de una estampida nunca desaparecería del todo, aunque sí se limitaría a una posibilidad muy remota.

Y ahí se queda el alcalde de… devanándose los sesos en el intento de conciliar la agresividad de los toros con el deseo de diversión de unos cuantos miles de turistas y los enormes ingresos que eso supone para las arcas municipales. Está convencido de que tiene en sus manos una empresa matemática de primer orden. Tan sólo se trata de dar con la fórmula correcta y todo se solucionará como por ensalmo.

En el bar de la plaza mayor, sin embargo, el tonto del pueblo sigue provocando las risas de los lugareños. No entiende cómo el querer evitar que una manada de toros cornee a una multitud puede consistir en una cuestión de matemáticas. Según su opinión, sería mucho más sensato eliminar a los toros de las calles y volver a confinarlos en los sitios apropiados, al tiempo que deberían investigarse otros modos más saludables de generar turismo. Está claro que el tonto del pueblo no tiene ni pajorera idea.

* * *

El relato de ficción que he presentado tiene que ver con un artículo económico que leí en una prestigiosa revista científica. Según este artículo, la crisis económica que estamos padeciendo se debe principalmente a que los modelos matemáticos que rigen la actividad financiera del mundo fallaron. En concreto, no fueron capaces de prever el momento crítico en que se produjo una brutal falta de liquidez en el sistema, lo cual provocó un pánico generalizado que impulsó una avalancha de ventas de títulos en las bolsas. El resultado fue que los valores se desplomaron y los bancos no pudieron atender la tremebunda demanda de liquidez que dichas ventas ocasionaron. El resto es historia; algunos bancos quebraron, otros tuvieron que ser rescatados con dinero público, con dinero del sufrido contribuyente. Sí, sí, y todo por un fallo matemático…

Al parecer, se están haciendo denodados esfuerzos para perfeccionar los modelos matemáticos existentes e intentar evitar otra catástrofe financiera. Pero, tal y como sucede en el caso de intentar predecir cuándo una manada de toros va a romper en estampida, es muy difícil de incorporar a dichos modelos la variante de falta de liquidez. El motivo es que intervienen factores de una enorme complejidad, entre ellos factores psicológicos que tienen que ver con el comportamiento de las masas. Todos sabemos, o deberíamos saber, que ninguno de nosotros dispone en el banco del dinero que éstos consignan en los extractos de cuenta. El sistema bancario funciona porque dichas entidades confían en las estadísticas matemáticas: es altamente improbable que todos los depositantes acudan a la misma vez a retirar el dinero que suponen tener. Mientras las estadísticas funcionen, todo marchará bien. Pero no siempre se cumplen los pronósticos. Si por algún motivo se extiende el temor a que la gente acuda en masa a retirar el dinero de los bancos, de modo que cunda la creencia —y el pánico— de que si no nos damos prisa en retirarlo nosotros primero nos quedaremos sin blanca, tendremos todos los elementos para que el sistema financiero se derrumbe como un castillo de naipes.

Desde luego, podemos afinar nuestras herramientas matemáticas para intentar prever en lo posible este tipo de situaciones, pero NADA podrá evitar en un momento dado el colapso del sistema financiero si no eliminamos el problemas de base. En el relato la solución sugerida por el tonto del pueblo consistía en confinar a los toros en espacios adecuados y dejarnos de tantas especulaciones absurdas. En lo que al sistema financiero se refiere y a las amenazas que dicho sistema proyecta sobre nosotros, las cosas no son muy distintas: la solución pasaría por una entera y radical reformulación del mismo y el modo en que se genera el dinero. Actualmente el dinero se genera de la NADA más auténtica, basta con que alguien pulse una tecla del ordenador y genere un registro contable. El dinero que suponemos existe en el mundo no es sino una cadena vacía de promesas de restituir en determinado momento un valor en depósito que ni siquiera está en manos de los muchos que prometen devolverlo. En resumen, uno deposita cinco euros y luego el banquero compromete esos mismos cinco euros con otros diez clientes que, a su vez, realizan compras a comerciantes en cuyas cuentas bancarias figura transferido ese mismo valor, sin que evidentemente se haya transferido de manera REAL… Y puede que estos comerciantes adquieran con ese depósito ficticio títulos de inversiones en bolsa que, a su vez, incluyan, entre otras, acciones de la empresa de alguno a quienes el mismo banco ha comprometido aquellos famosos cinco euros que sólo existen a estas alturas como una simple y ridícula anotación contable multiplicada por mil…

Y esta es la raíz del problema, no los modelos matemáticos.

Empecemos por contar la verdad. Empecemos por vivir la realidad. Empecemos por tomar conciencia.

Mientras tanto, todos siguen partiéndose de risa con las ocurrencias del tonto del pueblo.

1 comentario »

  1. Tradicionalmente cuando había un problema de falta de liquidez los gobiernos le daban a la maquinita de hacer pasta e inflacción tremebunda al canto, pero al menos pasta no faltaba… Y si no que se lo pregunten a los germanos de entreguerras, que necesitaban tantos ceros que se salían de los billetes al imprimirlos, y cuando iban a la panadería ncesitaban un fajo para comprar una simple barra. Pero ahora hay un problema adicional: Europa no nos deja tirar de la maquinita, el Euro es rígido y no deja margen para gobiernos improvisadores. Adios inflcción, hola carencia de pasta. Total, crisis de todos modos. ¿Y donde esta el ordenador que solucione esos problemas? Tendremos que preguntarle de vez en cuando al tonto del pueblo que nos de uno de sus consejos que seguro que sabrán a gloria. Un saludo, Iván, y muchas gracias por tus artículos tan comprometidos, son clases que hacen pensar en un mundo donde pensar está casi prohibido.

    Comentario por Juanjo — 20 enero, 2012 @ 8:12 pm | Responder


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