El jardín del exilio

10 marzo, 2012

El aborto

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 10:49 pm
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(Aviso preliminar: la voluntad de abordar esta polémica cuestión deja al descubierto cierta propensión del autor a meterse en berenjenales.)

El aborto es uno de esos temas tan asediado por la ideología, y la teología, que casi no merece la pena hablar de él; es terreno abonado para las más agrias y enconadas disputas, y ha de ser así cuando los argumentos que se esgrimen proceden directamente de las vísceras, tal y como el objeto mismo de la controversia (perdón por lo de “objeto”)…

Tenemos dos posturas irreconciliables:
a) Quienes creen que el feto, aunque se trate de un embrión, es tan persona como el que más y, por tanto, forzar la interrupción de su desarrollo equivale a un asesinato. Por lo general estos argumentos se apoyan en una creencia sobrenatural sobre el origen de la vida, detrás de la cual se situaría una voluntad divina por encima de la voluntad humana y sobre la que no cabe proyectar la menor sombra de duda. Y dado que dicho argumento no admite ser rebatido, su consecuencia natural es imponer este punto de vista incluso a quienes no están de acuerdo con él.
b) Quienes reclaman una consideración científica del asunto, libre de prejuicios religiosos. Al negar la existencia de una voluntad divina por encima del individuo, lo que cuenta es la libertad de cada uno, en este caso de la mujer, para decidir lo que le plazca sobre el futuro de “su” feto. Y comoquiera que la Ciencia se resiste a catalogar un embrión humano de pocas semanas como un ser vivo autónomo y el Derecho a reconocerle entidad jurídica individual, la cuestión queda sanjada.

Como es lógico, al no ser creyente, me identifico más con la opción b), pero eso no significa que esté plenamente de acuerdo con ella. Porque el hecho de no elevar un embrión de pocas semanas, o incluso de pocas horas, a la condición más amplia de ser humano no debe conducirnos a no tratarle con el respeto que se merece. Tampoco debe conducirnos a obviar con ligereza la forzosa responsabilidad individual que tanto hombres como mujeres han de asumir cuando toman la libre decisión de participar en un acto sexual y de las previsibles consecuencias que pueden derivarse, sobre todo teniendo en cuenta que en nuestra sociedad existe desde la niñez información suficiente como para tomar dicha decisión adoptando precauciones. E incluso en el caso de que las hayamos tomado y hayan resultado fallidas, y se produzca el embarazo, debemos asumir el porcentaje correspondiente de riesgo inherente a cada método anticonceptivo. En la vida no existe nada que sea 100% seguro, y una píldora o un preservativo ni siquiera aspiran a serlo. Vivir es un riesgo en sí mismo, es lo que hay. Por eso no estoy de acuerdo con una legislación excesivamente permisiva con el aborto, porque en ocasiones sitúa al individuo al margen de las consecuencias de sus propios actos, y resulta que abortar —consideraciones teológicas aparte— NO es como quitar un grano.

En cuanto a la opción a), diré apenas que en un estado laico de derecho es inadmisible pretender imponer a los demás un dogma de fe. Un código moral basado en la fe religiosa sólo tiene sentido en el seno del grupo que lo comparte; cualquier intento de extenderlo más allá es retrotraernos al espíritu de épocas obscuras.

Ahora bien, ¿estoy a favor o en contra del aborto? Digamos tan sólo que no estoy en contra en todos los casos, pero mi opinión al respecto, como he dejado entrever, es bastante restrictiva. No obstante, sería absurdo que en el marco de una democracia laica intentara imponer mis convicciones morales a los demás, acataría con gran pesar una legislación en exceso permisiva respecto al aborto, si es eso lo que decide la mayoría de la sociedad, pero la acataría. Eso no quiere decir que lo hiciera pasivamente, intentaría por todos los medios sacar a las personas de lo que yo considero un error. Pero eso sería todo.

Dicho lo anterior, cualquier aproximación al tema del aborto no puede pasar por alto el trasfondo social en el que está inmerso. El origen de la polémica que su discusión suscita a gran escala lo encontramos en los movimientos de emancipación de la mujer, sobre todo a partir de los años sesenta del siglo pasado. La cuestión se resume a este sencillo hecho: la estructura tradicional de la familia se basaba en un hombre que trabajaba durante todo el día y una mujer que se quedaba en casa cuidando del hogar y los hijos. La mujer se emancipa, reclama igualdad respecto al hombre, pero ahora también debe trabajar todo el día, luego ¿quién cuida de los hijos? Éstos pasan a ser un problema. También porque la mujer debe competir con el hombre, y la única manera de lograrlo en un mercado de trabajo pensado para los hombres es renunciar a su maternidad o retrasarla todo lo posible. La cuestión es: antes el hombre trabajaba todo el día PORQUE la mujer se quedaba en casa, pero si ahora trabajan tanto el uno como el otro ¿qué necesidad hay de que ambos lo hagan todo el día? No tiene sentido, alguien nos ha tendido una trampa y hemos caído en ella de cabeza.

DICHO DE OTRO MODO: LA INCORPORACIÓN DE LA MUJER AL MERCADO DE TRABAJO DEBIÓ CAMBIAR DE FORMA RADICAL LA ESTRUCTURA DE LA RELACIÓN QUE LOS INDIVIDUOS MANTENÍAN CON EL TRABAJO. NI MÁS NI MENOS.

Pero hay más. En poco tiempo se desarrolla una cultura cuyo bien supremo y obsesión se centra en el trabajo. La educación se orienta a convertir a hombres y mujeres en máquinas de trabajar; si una joven se queda embarazada se percibe como una desgracia, porque eso significa interrumpir su formación y comprometer su futuro como fuerza de trabajo (a la experiencia como madre o como padre no se le otorga ningún valor, ¿en qué currículum podríamos incluirlo?). No hay lugar para los hijos o para una vida familiar digna de ese nombre, todo lo que sustraiga horas al trabajo, y la vida familiar lo hace, es un estorbo. Las parejas que deciden tener descendencia se someten a un gran sacrificio y por lo general apenas son capaces de sacar un par de horas al día para compartir con sus hijos. Es evidente que algo falla.

La estructura de las ciudades modernas tampoco está pensada para que las personas puedan tener hijos, los niños necesitan demasiado espacio y las sociedades actuales prefieren sacar rentabilidad a los espacios que quedan “libres”, por ejemplo, construyendo un bloque de oficinas. Los niños sólo dejan pérdida, es mejor excluirlos.

Quiero decir, las sociedades modernas son abiertamente hostiles a la posibilidad de tener hijos, están demasiado centradas en producir y trabajar, en formarse o buscar empleo. Todo gira entorno al trabajo, la gente vende su alma al diablo con tal de tener un trabajo. Y es necesario tenerlo, pero reflexionemos sobre las circunstancias que nos han llevado a pasar de un núcleo familiar donde generalmente sólo uno de sus miembros trabajaba, garantizando cierto grado de subsistencia, a otro donde trabajan tanto el hombre como la mujer y aún así mal consiguen recursos suficientes como para costearse una vivienda, en compra o alquiler. Las cuentas no salen.

Aún así, no hay que pecar de ingenuos: aunque consiguiéramos cambiar la escala de valores de nuestra sociedad, poniendo en primer plano, además del trabajo, otros aspectos que nos enriquecen como seres humanos como, por ejemplo, la experiencia de ser madres o padres, sería una entelequia pensar que desterraríamos para siempre la controversia que levanta un tema como el aborto. Siempre habrá quien quiera practicarlo como un ejercicio ineludible de su libertad; siempre habrá quien piense que esa libertad no alcanza a las aspiraciones de una vida en estado embrionario (por las razones que sean). Esto no debe desanimarnos, muy por el contrario: la dialéctica y el confronto son elementos indispensables de toda sociedad democrática madura.

Siempre y cuando se ejerzan con responsabilidad y mesura, claro está.

2 comentarios »

  1. La incorporación de la mujer al mercado laboral, por desgracia le ha resultado mas en una nueva forma de esclavitud, que de la que trataba de huir. Ahora además de hacer lo que tenía que hacer en la forma tradicional, debe contribuir al gasto familiar. ¡Y esto por desgracia no ha mejorado el nivel de ingreso de la familia!

    Ahora se requieren dos o mas sueldos para tener el nivel de vida que tenían nuestros padres, a pesar que por lo general solamente uno de nuestros progenitores era el que laboraba.

    No puedo estar de acuerdo con el aborto ya que no puedo encontrar ninguna razón para hacerlo. Aquí se ha traído y llevado mucho el concepto de que “La mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo”. ¿Pero no en última instancia está decidiendo sobre otro cuerpo?

    ¿O es acaso que vamos a ponerle un puntaje a cada vida al estilo del “Mundo Feliz”?

    Me gustó mucho tu reflexión acerca de la responsabilidad de los actos cometidos y la hostilidad de la sociedad moderna hacia los niños, mira que si lo sabré: ¡Soy profesor!

    Comentario por gato2707 — 4 junio, 2012 @ 2:16 am | Responder

    • Así es, estimado @gato2707, nos hemos tragado el anzuelo y el sedal, nos hemos convertido en esclavos del trabajo y del capitalismo y encima pretendemos ir por ahí alardeando de nuestra libertad. Existen demasiadas lógicas perversas sustentando los pilares de nuestras sociedades.

      Comentario por Iván Bethencourt — 4 junio, 2012 @ 7:43 am | Responder


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