El jardín del exilio

19 marzo, 2012

Con la energía hemos topado (otra vez)

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 5:03 pm
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Si nos fijamos en la situación actual de la economía española, la siguiente conclusión parece ineludible: existe un claro desfase entre el modelo de vida que el ciudadano medio español desea llevar y la cantidad de recursos que, en conjunto, somos capaces de aportar para costearlo. Dicha situación de desfase se ha mantenido hasta ahora gracias a la enorme deuda que hemos estado amasando durante décadas. Pero todo tiene un límite y es en estos momentos, a la hora de pagar, cuando llegan los problemas. Bueno, en realidad los problemas surgieron mucho antes, cuando el modelo del primero gasto y luego ya veremos se implantó como modus vivendi en todas las capas de la sociedad.

Visto así, la resolución de la crisis española pasa por la aplicación de una fórmula muy sencilla, al menos en la teoría: debemos ajustar nuestro estilo de vida a nuestras posibilidades económicas. Tanto produces, tanto gastas. Y dichas posibilidades se verán muy mermadas durante un buen tiempo hasta que consigamos estabilizar la deuda que soporta el país, así es que hay que hacer un acto de contrición y apretar los dientes. No sólo habría que abaratar los sueldos, cosa que ya se está haciendo, también el precio de los productos y el de los servicios públicos (aquí sería conveniente no confundir la palabra “recortar” con “racionalizar”, la frontera es muy fina, pero ni mucho menos es lo mismo; no necesariamente hay que recortar o eliminar un servicio público).
La otra opción consiste en aumentar drásticamente nuestros niveles de producción en unas condiciones aceptables de competitividad, consiguiendo hacer un hueco a nuestros productos en el mercado internacional. Pero esto no va a ocurrir ni a corto ni a medio plazo, y si me apuran, ni a largo plazo.

Primer escollo: los bancos y el exagerado coste de la vivienda.
¿Cómo podemos siquiera imaginar que los sueldos puedan llegar a cotas más bajas cuando un gran porcentaje de la población está sujeta durante las próximas tres o cuatro décadas al pago de unas hipotecas elevadísimas? Esto no sería grave si no fuera porque el precio de las viviendas que se refleja en el valor hipotecario está muy por encima del valor real de mercado. Los hipotecados no pueden decir: “bueno, vale, como nuestras expectativas económicas se proyectan a la baja, vendemos la casa y nos comparamos una más barata”. No pueden, en estos momentos la venta sólo podría cubrir una pequeña parte de la deuda que han contraído con el banco.
La conclusión es clara: debe producirse un drástico reajuste en el precio de la vivienda, lo cual, a su vez, también sería tremendamente beneficioso para el mercado del alquiler. O, lo que es lo mismo: la burbuja inmobiliaria debe estallar de una vez por todas. Resulta difícil imaginar que una población mayoritariamente atenazada por el elevado coste de las hipotecas sea capaz de reflotar la economía de un país. ¿Qué iniciativa privada —pequeñas empresas, autónomos— puede prosperar en semejante escenario de endeudamiento?
Es cierto que un reajuste a corto plazo del precio de la vivienda a su valor real provocaría grandes pérdidas económicas, y, como es lógico, nadie está dispuesto a asumir algo así de buen grado, los bancos los que menos. Pero es aquí donde hay que ser equitativos y justos: es imprescindible que TODOS asumamos cierto porcentaje de las pérdidas que inevitablemente acabarán produciéndose. Pero, para empezar, la política del Gobierno de hacer recaer todo el peso de la deuda sobre los ciudadanos, manteniendo al margen a los bancos, no facilita mucho las cosas. Tampoco van por el buen camino las políticas de desgravaciones por compra de vivienda o los planes de incentivo al sector de la construcción. Lo único que se consigue con todo esto es seguir fomentando la misma situación de apalancamiento que ya estamos padeciendo, y que ya dura demasiado tiempo.

Una forma de conseguir que la burbuja inmobiliaria explote de forma controlada podría estar en que el Gobierno aprobara leyes que dieran carta de naturaleza a la dación en pago, es decir, permitir que las deudas hipotecarias sean saldadas con la sola entrega de la propiedad sobre la que pesa dicho gravamen. Esto obligaría a los bancos a negociar con sus clientes, se verían forzados a ofrecerles rebajas en el valor de la hipoteca, ya que quedarse con la propiedad para venderla podría resultar menos rentable. Sin duda esta medida impulsaría a la baja el precio de la vivienda y al menos propiciaría un escenario en el que, a su vez, habría margen para que precios y salarios bajasen.

Segundo escollo: todos NO somos iguales.
Dijimos al principio que existe un claro desfase entre el nivel de vida que, en general, deseamos llevar y los recursos que somos capaces de aportar para que el mismo sea posible. Pues bien, nuestros deseos podrían colmarse en buena medida si las grandes fortunas contribuyeran a sostener el estado en la proporción que les corresponde. Se trata de uno de los mayores y más vergonzosos déficit de las democracias occidentales.

ME PARECE ESCANDALOSO QUE SE HABLE DE DÉFICIT FISCAL Y NI SIQUIERA SE NOMBRE LA INCOMPRENSIBLE PERMISIVIDAD FISCAL QUE PERMITE A LAS GRANDES FORTUNAS APENAS PAGAR IMPUESTOS O DIRECTAMENTE REFUGIARSE A LA VISTA DE TODOS Y CON EL MAYOR DESCARO EN PARAÍSOS FISCALES.

Así no hay manera ni esperanza de que la actual crisis financiera pueda reconducirse sin gran perjuicio de las clases medias, que se verán obligadas a descender varios peldaños en el nivel de bienestar que vienen disfrutando. Mientras tanto, una minoría privilegiada podrá seguir aumentando sus multimillonarios beneficios impunemente y vivir como si la cosa no fuera con ella. Y está claro que el estamento político no tiene el menor interés en enmendar esta situación.

Tercer y definitivo escollo: la energía.
Aunque estallara la burbuja inmobiliaria, aunque las grandes fortunas empezaran a contribuir como les corresponde (cosa que es altamente improbable), nada podrá hacer con que el precio del petróleo vuelva a abaratarse. Todo lo contrario: seguirá subiendo, y no, no hay alternativa energética real a corto o medio plazo. Y menos en España, uno de los países occidentales con mayor dependencia energética del exterior. Resultado: los sueldos seguirán abaratándose, pero no así el precio de las cosas, dependiente en gran medida del coste del petróleo.

¿Saldremos de la crisis? Sin duda, pero muchos seremos más pobres y pocos serán mucho más ricos. La cuestión es: ¿aceptaremos esta situación pasivamente?

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