El jardín del exilio

19 febrero, 2013

Lo siento, no me gusta competir

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 10:11 pm
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CompetirEstoy en Brasil de vacaciones, visitando a mis parientes y amigos, y ya empiezo a ponerme nervioso. Tengo que localizar a una persona; me ha dejado anotado su número de móvil. Parece una tarea simple, pero en este país en concreto no lo es tanto como cabría suponer. “¿De qué compañía es?”, me pregunta un familiar con repentina aprehensión después de que le pidiera permiso para usar su teléfono. No tengo ni idea, la persona con quien pretendo contactar no me lo dijo, ni siquiera sospechaba la necesidad de inquirir sobre semejante asunto. Me toma de las manos el papel donde había realizado la anotación y empieza a indagar aquí y allá. Por fin alguien parece conocer la compañía a que pertenece el número. El familiar en cuestión no quiere decírmelo directamente, pero lo cierto es que si insisto en hacer la llamada por uno de sus móviles me voy a pulir una buena tajada de su saldo. “Así es”, me explica, “aquí en Brasil es muy frecuente poseer más de un móvil, incluso móviles con varios chips; pero claro, son tantas las compañías que resultaría inviable mantener tantos terminales”. En definitiva, la competencia es tan feroz que las compañías de telefonía móvil se fajan sin piedad unas a otras. Me quedo perplejo. Decido ir a una tienda a comprar una tarjeta y hacer la llamada desde un teléfono público. Tardo algún tiempo hasta dar con uno que funciona. Por fin puedo escuchar la voz esperada al otro lado de la línea, pero un ruido persistente, como de goteo, interfiere en la fluidez de nuestro diálogo. “Son los créditos cayendo”, me explica mi contacto, “es lo que sucede cuando llamas a un móvil localizado en otra ciudad”. No da tiempo sino para lo más imprescindible, en un santiamén se consume el saldo de la tarjeta y la llamada se corta de manera fulminante. Me quedo con el teléfono pegado a la oreja y cara de imbécil.

Ya había leído tiempo atrás varias alabanzas respecto a la política de libre mercado iniciada por el presidente Henrique Cardoso y culminada, sorprendentemente, desde un partido de base sindicalista, por Lula da Silva. Ni que decir tiene que dichas alabanzas son más vehementes y encendidas cuanto más a la derecha del espectro neoliberal se sitúa quien las formula. Al capitalismo neoliberal le encanta la sangre: cuanto más gente compitiendo unos contra otros y dándose de tortas, cuanto más encarnizada la lucha, el sacrificio, el estrés, el egoísmo y, a resultas de ello, mayor sea el beneficio individual, mejor. Se da por sentado que así deben ser las cosas, la guerra total como paradigma de la naturaleza humana tal y como lo dejó sentado Hobbes hace cuatro siglos. Son muy pocos quienes se atreven a cuestionar este dogma, por desgracia su nivel de aceptación es casi total.

Yo, sin embargo, lo cuestiono todo el tiempo. No me conformo. Me resisto a aceptar que estemos condenados a esta incesante lucha sin cuartel por la supremacía, donde los demás no son más que meros peones sobre los que escalar y cuyas cabezas pisotear para alcanzar nuestros objetivos. No obstante, siempre que aireo estas inquietudes recibo a cambio sonrisas condescendientes y palmaditas en la espalda, como si yo fuera un pobre diablo, un primavera que no se ha llevado los suficientes palos de la vida. Y lo cierto es que sí me los he llevado, de todos los calibres y colores. No, no soy ningún “perroflauta”, pero hay una cosa que tengo muy clara: no albergo ninguna pretensión de competir ni de someter a nadie.

Sí, vale, ya percibo tu sonrisita condescendiente, esa tan típica de los curas cuando imparten misa a su rebaño de pecadores. Pero deja que te diga algo: no es que la competencia pura y dura, en su versión más recalcitrante y egoísta, deje de arrojar buenos resultados. La competencia entre compañías, por ejemplo, entre las compañías de telefonía móvil brasileñas, propicia la aparición de constantes innovaciones y ampliación de servicios; propicia lo que se ha dado llamar el progreso. Eso no es malo en sí mismo. Pero he aquí que llega Internet y lo cambia todo. Las implicaciones de Internet son tan amplias en el seno de las sociedades modernas y en nuestras vidas como individuos que hasta los mayores especialistas en el tema apenas son capaces de esbozar los horizontes que esta asombrosa red de comunicación e interacción proyecta hacia el futuro, incluido el más inmediato. Internet está cambiando el modo que tenemos de relacionarnos, y no es una exageración.

Fíjate en esto. Han sido muchos los estudiosos del pasado que se dedicaron a estudiar un tipo muy particular de inteligencia: la inteligencia colectiva o colaborativa. Según estos estudios, a medida que, de la mano de la tecnología, los retos sociales se hacen cada vez más complejos e implican a un número mayor de personas no basta la aportación aislada de unos cuantos individuos, podríamos decir, al modo del hombre del Renacimiento. Se hace necesario desarrollar un nuevo modo de inteligencia: aquella que aprende a cooperar con los demás, aunar fuerzas y compartir conocimientos. Pero ha sido con la llegada de Internet y del fenómeno de las redes sociales y las redes horizontales P2P cuando la inteligencia colectiva ha saltado a la palestra en primerísimo plano. Por todo el planeta bullen por doquier cientos de miles de proyectos compartidos (crowdsourcing, crowdfunding, etc.), como Wikipedia o el software libre, en donde quien lo desee puede beneficiarse de sus prestaciones en la misma medida que aportar recursos o conocimientos. Es como una bola de nieve: cuanto más se aporta, más se recibe a cambio. Por tanto, no se trata de que nos hayamos vuelto más abnegados o generosos, sino que nos hemos vuelto más inteligentes. En estos casos, ¿por qué competir si podemos obtener mejores resultados cooperando? Es la revolución que está en marcha.

A día de hoy, como señalan muchos investigadores de vanguardia, ninguna educación es viable —en realidad, ningún mundo futuro en el que se contemplen las nuevas tecnologías— si no incorpora en su acerbo académico el aprendizaje cooperativo para la solución de problemas y proyectos complejos. ¿Inicio del fin del egoísmo individualista?

O eso, o habremos fracasado. Y tendríamos que darle la razón a Hobbes (y seguir maldiciendo cuando un exceso de competencia y falta de piedad hacia el prójimo casi nos imposibilite hasta una acto tan simple como una jodida llamada de teléfono).

3 comentarios »

  1. ME SUENA TODO ESTO DEL TELEFONO¡¡
    ME HA GUSTADO EL ARTICULO, OJALA VAYAMOS EN BUENA DIRECCION TODOS JUNTOS Y NO COMPITIENDO COMO HIENAS.

    Comentario por CACO — 20 febrero, 2013 @ 9:47 am | Responder

  2. No podría estar más de acuerdo con tu visión. Yo también he recibido esas sonrisas condescendientes y esas palmaditas en la espalda de quienes creen te pasan varias vidas con su experiencia cuando les hablo y les pregunto por qué un mundo menos cruel y menos egoísta no es posible, por qué pretender siempre andar pisoteándonos entre nosotros para llegar más alto que el vecino cuando la cooperación es la que ha permitido al hombre evolucionar como especie y como ser social.
    Entre tanto, no falta el que me dice (o que con otras palabras pretende decirme) “eso es comunismo, y el comunismo es una utopía”… No ven que de lo contrario estamos condenados al auto-exterminio, pero lo peor es quienes lo ven, lo aceptan y se resignan casi sin esfuerzo.

    Comentario por Anton Varyheavy — 26 marzo, 2013 @ 1:23 am | Responder

  3. Grandísimo artículo. Pensaba que era el único que defendía estas cosas. Textos como este te hacen pensar que no todo está perdido.

    Comentario por Pablo — 1 abril, 2013 @ 9:00 pm | Responder


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