El jardín del exilio

15 abril, 2013

Una historia de empobrecimiento

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 7:28 pm
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diferencias-ricos-pobresEn la pequeña y tranquila ciudad de (***) la vida transcurre sin demasiados sobresaltos. A decir verdad, quienes alguna vez acuden a visitarla tienen la impresión de que todo en ella es demasiado previsible, quizá incluso demasiado anodino. En opinión de sus habitantes, sin embargo, lo que allí sucede es sencillamente que la gente se dedica a vivir, sin demasiadas pretensiones.

Así es. Los habitantes de la ciudad de (***) llevan una vida de lo más modesta, y si alguien llegara a considerar que se debe a una falta generalizada de ambición ellos posiblemente rebatirían dicho argumento alegando que lo que de verdad aprecian es el disfrute del abundante tiempo libre del que disponen. En efecto, las tiendas de la ciudad no tienen horario ni día de apertura, cada uno hace más o menos lo que le da la gana.

Pero he aquí que un día llega a la ciudad un acaudalado hombre de negocios y decide invertir una bonita cantidad de dinero en un gran centro comercial. (Surgen rumores persistentes de que este personaje ofreció al alcalde una suculenta comisión por debajo de la manta a cambio de que éste recalificara unos terrenos, a priori con valor paisajístico y ecológico, y los convirtiera de un plumazo en edificables.) En pocos meses el nuevo y flamante centro comercial está terminado y listo para su inauguración.

Al principio nadie entiende la razón de que la superficie dedicada a dicho comercio sea tan grande. La ciudad de (***) ha vivido desde siempre sin centros comerciales, y nadie recuerda a pesar de ello que sufriera carencias en su abastecimiento de bienes.
–Este grandioso centro comercial aumentará la competencia y abaratará los precios –pregona el alcalde con indisimulado entusiasmo– . Además, creará nuevos puestos de trabajo.
En efecto, el precio de muchos productos resultan ser más baratos, y hay mayor variedad y cantidad. En cuanto a los puestos de trabajo generados en el centro comercial, sus retribuciones son más moderadas que la media. Eso sí, exigen más horas de dedicación.

El nuevo centro comercial, como no podría ser de otro modo, causa un serio impacto en las expectativas de negocio de los demás comercios, que empiezan a perder clientes y se ven forzados a renunciar a una parte de sus beneficios a cambio de rebajar también sus precios. Algunos comercios no pueden resistirlo y cierran, a otros no les queda más remedio que despedir empleados.
–Eso es bueno –vuelve a la carga el alcalde–, la gente debe acostumbrarse a ser más competitiva… debe a aprender a innovar y a invertir en mejorar su formación.

El alcalde de (***), en consonancia con sus ideas liberales, lanza entonces un ambicioso plan de formación profesional.
–Con la llegada de la competitividad –asegura– la gente tendrá más dinero disponible para, por ejemplo, consumir más aparatos electrónicos. Eso, para que comprendan su importancia, redundará en una demanda futura de técnicos especializados para arreglarlos y ponerlos a punto. La gente también se acostumbrará a ir a la moda y demandará nuevos cortes de pelo, todo tipo de complementos, incluso querrá cambiar las cortinas de la sala de estar… En definitiva, mayor formación profesional es sinónimo de más actividad económica, de progreso…

Los nuevos profesionales son en buena medida antiguos comerciantes reconvertidos que, debido a la competencia, tuvieron que cerrar sus negocios. Empero, se ven obligados a ajustar sus precios a la realidad del municipio, donde los bajos sueldos y beneficios empiezan a generalizarse y a apreciarse una acentuada pérdida de poder adquisitivo… Ahora ganan menos que cuando eran autónomos.
–Cierto es que los trabajadores y pequeños comerciantes de la ciudad necesitan mejores sueldos –reacciona el alcalde–, pero eso sólo significa una cosa: que es imprescindible trabajar más…

Con ese objetivo en mente el ayuntamiento de (***) liberaliza una parte de los horarios. La idea es que los comercios abran más horas y disfruten de menos festivos. En un principio los comercios que se suman a la iniciativa toman la delantera y ven aumentar sus beneficios, en algún caso se permiten el lujo de pagar alguna hora extra a sus empleados. Pero los demás comerciantes reaccionan rápido y empiezan a abrir el mismo número de horas. El acaudalado hombre de negocios decide entonces dar un golpe de efecto y dispone abrir su comercio también los domingos. Primero sólo por las mañanas, luego el día entero. Su mayor número de empleados le permite hacer rotaciones y competir con más eficacia. Los empleados, sin embargo, ven aumentar la carga de trabajo día a día sin que se les compense por ello. Cuando echan cuentas descubren que en total apenas ganan más que antes, en cambio el porcentaje de sueldo por hora trabajada desciende drásticamente.

Los demás negocios intentan seguir el ritmo como pueden. Los que no lo consiguen echan el cierre. No obstante, el acaudalado hombre de negocios parece insaciable y le plantea al alcalde la posibilidad de que los comercios abran las veinticuatro horas. El alcalde es consciente de la impopularidad de dicha medida, de modo que decide someter la decisión a referéndum popular. El ayuntamiento, al contrario de lo que cabría pensar, no permanece neutro en la cuestión y organiza una agresiva campaña en favor del sí. (El rumor es que dicha campaña está financiada por el acaudalado hombre de negocios y, aún más: que el alcalde se lleva una buena tajada en comisiones ilegales…)
– Esta medida hará que se creen nuevos empleos y surjan nuevas oportunidades de negocio –asegura el alcalde con su mejor sonrisa.

Como es obvio los trabajadores votan en contra, pero una parte de la población sorprendentemente se muestra a favor. Los jóvenes alegan que si los comercios abrieran de madrugada podrían dedicarse a las compras los días que salgan de marcha. Las madres trabajadoras, agobiadas ahora por los nuevos horarios, manifiestan la necesidad de contar con tiendas abiertas después de las diez. Y, en fin, otros comerciantes quienes en principio especulan con no verse afectados por la medida también deciden prestar su apoyo; así, por ejemplo, los mecánicos y las peluqueras. Al final, la plena liberalización de horarios se aprueba por una ajustadísima mayoría. (El alcalde se ve forzado a desmentir nuevos rumores que le acusan de haber propiciado un sonoro y descarado pucherazo.)

Con todo ello, una parte importante de la población de (***) se mantiene escéptica acerca de la utilidad real de los nuevos horarios comerciales. ¿Cuánto espera facturar una tienda a las tres de la mañana? La sola idea parece absurda. El gran centro comercial y los pocos negocios que se suman a la iniciativa, de hecho, permanecen casi sin clientes durante la madrugada. Pero entonces sucede algo. Los trabajadores del turno de noche empiezan a reunirse en la única cafetería que ha decidido abrir a esa hora para tomar un refrigerio durante sus descansos. El dueño de la cafetería empieza a hacer cuentas, y no duda en contratar a un trabajador para cubrir ese turno. Éste último, asimismo, aprovecha que su jornada termina a las seis de la mañana para hacer algunas compras antes de irse a casa, lo mismo que los demás trabajadores de la noche. Otros comercios se dan cuenta del filón y también empiezan a abrir en horario nocturno, engordando a su vez el flujo de personas que alimentan el intercambio comercial a esas horas. La ciudad de (***), para sorpresa de propios y extraños, se convierte en un repentino hervidero tanto de día como de noche. Tanto que es inevitable que algún vehículo se averíe también de madrugada, y aunque sea tan tarde –o tan temprano, según se mire– hace falta un taller donde repararlo. Los mecánicos, que en un principio creían no verse afectados por los nuevos horarios, se encuentran con la sorpresa de que aquéllos que deciden abrir durante la noche empiezan a robarles clientes a los que insisten en abrir sólo durante el día. Algo parecido les sucede a las peluqueras: muchas mujeres, una vez despiertas a determinadas horas, comienzan a demandar servicios de belleza para aprovechar el tiempo.

En fin, ¿quién lo iba a decir? Ahora resulta que incluso quienes votaron a favor de la total liberalización de horarios convencidos de que el marrón se lo comerían otros, también se han visto afectados. Y quienes se han mantenido en sus trece pretendiendo conservar cierto nivel de bienestar, sus horas sagradas de sueño nocturno, se han tenido que conformar con vivir con menos ingresos. Pero es algo que les ha sucedido a todos en alguna medida. Con tanto comercio abriendo de madrugada la competencia empieza a ser feroz. Los comercios se inundan de carteles anunciando ofertas de todo tipo, de modo que las ganancias y los sueldos vuelven a reducirse.
–No es cierto –puntualiza el alcalde–, la mayoría de trabajadores y comerciantes de (***) ahora ganan más que antes, y en consecuencia consumen más y generan más riqueza.
Nadie lo niega, al menos es lo que sigue sucediendo en términos absolutos. Pero ahora la población de (***) se ve obligada a trabajar el doble, y la carga de trabajo parece no dejar de aumentar cada día. Eso sí, no ganan ni mucho menos el doble. Sin embargo, la pérdida de poder adquisitivo sigue su curso…

El gran centro comercial no está dispuesto a perder protagonismo; cada vez que alguna tienda promueve una oferta, inmediatamente sus ganancias se resienten en una pequeña medida. Así, merced a su disponibilidad de mejores medios materiales y personales asesta el golpe definitivo: inunda sus estanterías de productos a unos precios increíblemente bajos, traídos de partes del mundo donde los costes laborales son irrisorios. El entusiasmo de los consumidores de (***) es tan grande que pocos se fijan en que dichos productos, por lo general, son de muy mala calidad. Al acaudalado hombre de negocios eso se la trae al pairo, sobre todo cuando ve cómo su cuenta corriente crece como la espuma. (Más adelante, cuando los habitantes de (***) descubran que esos artículos a la larga le salen más caros, por su corta durabilidad y malas prestaciones, se habrán empobrecido tan irremediablemente que ya no podrán permitirse pagar por algo mejor.)

La campaña de los productores y pequeños manufactureros para que no se deje de consumir las mercancías locales, a pesar de que son un poco más caras, cae en saco roto. Éstos ven mermar drásticamente sus beneficios, y muchos tienen que clausurar sus negocios. Un número considerable de trabajadores son mandados a la calle, y los que se quedan se ven forzados a aceptar peores condiciones salariales. El poder adquisitivo de los habitantes de (***) sigue su caída en picado. Y cuanto más baja su poder de compra, más hay que ajustar los precios. Cuanto más se ajustan los precios, menos ganancias obtienen los comerciantes. Cuantas menos ganancias obtienen los comerciantes, más bajos son los salarios. Y vuelta a empezar.

El alcalde, sin embargo, durante todo este tiempo ha obviado hablar (muy a propósito, comentan las malas lenguas) de un asunto cuya repercusión podría poner a todo el municipio patas arriba. Con la caída gradual de las ganancias y de los sueldos el ayuntamiento ha ido recaudando cada vez menos impuestos, y la única manera de mantener funcionando los servicios públicos ha sido a través de créditos bancarios. Eso ha funcionado durante un tiempo, pero ahora la deuda ha alcanzado unos niveles insostenibles y los bancos se niegan a seguir concediendo financiación.
–Tranquilos –interviene el alcalde secándose los sudores con un pañuelo–, aprobaremos un plan de shock y resolveremos el problema.

El alcalde decide, pues, aprobar un severo paquete de medidas basado en recortar del gasto público y subir los impuestos. Como consecuencia de este plan, se cierran puestos de salud, guarderías, centros de tercera edad y de deporte, se suprimen ayudas de comedor para los niños escolarizados, etc. A partir de ahora los ciudadanos que deseen acceder a estos servicios deberán costeárselos de su bolsillo, lo cual significa otro duro revés para su poder adquisitivo. También se paralizan todos los proyectos de inversión municipal, principalmente los de infraestructuras, de modo que muchas empresas que dependían de estos contratos se quedan en una situación complicada y no les queda más remedio que, en muchos casos, cerrar y, una vez más, mandar gente a la calle.

Con el nivel de paro aumentando de forma imparable, la actividad económica de la ciudad se deprime aún más. Y cuanto más se deprime la actividad económica, menos impuestos recauda el ayuntamiento. Cuantos menos impuestos recauda el ayuntamiento, más recortes y subidas de impuestos se ve forzado a realizar. Y cuantos más recortes y subidas de impuestos, más se empobrece la población. Y vuelta a empezar.

De repente la ciudad de (***) despierta a una nueva realidad. Sus habitantes se saben ahora mucho más pobres, en niveles absolutos y relativos, que antes de que abriera el centro comercial y empezaran a competir entre sí. Y la espiral sigue su camino descendente. ¿Adónde irá a parar todo esto?, se preguntan angustiados los habitantes de (***). Pues al fondo del pozo.

Unos meses después el ayuntamiento quiebra. Los funcionarios se quedan sin cobrar, ya para siempre, y los acreedores liquidan todo el patrimonio municipal, hasta la bicicleta que el cartero tenía para el reparto. No sobra nada. Eso termina de arruinar a los habitantes de (***); la mayoría se ven forzados a emigrar a otras ciudades, la mayoría con una mano delante y otra detrás. El alcalde dimite y nadie jamás vuelve a saber de él. Por supuesto desaparece con toda su fortuna, no precisamente poca cosa.

El acaudalado hombre de negocios cierra el centro comercial y se traslada a otra ciudad que le ofrezca nuevas oportunidades de negocio. Se va muy contento: ha amasado una pequeña fortuna. Se hace asiduo de las crónicas sociales, donde aparece retratado a menudo con la élite política local.

Colorín colorado.

2 comentarios »

  1. Me parece que ese pueblo me suena!!!…

    Comentario por lorenzo — 15 abril, 2013 @ 9:08 pm | Responder

  2. BUENO, MUY BUEN ARTICULO DE MICROECONOMÍA QUE REFLEJA LA MACROECONOMÍA. lA VERDAD ES QUE PODRÍA TRATARSE DE VARIOS PAISES DE LA UNION MONETARIA, O INCLUSO SE PODRIA HACER UN SIMIL DE LA ECONOMIA QUE MUCHAS FAMILIAS LLEVAN INCLUSO A DÍA DE HOY. vEREMOS SI NO ACABAMOS TAMBIEN EN EL FONDO DEL POZO.

    Comentario por CACO — 22 abril, 2013 @ 7:35 pm | Responder


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