El jardín del exilio

6 mayo, 2013

Otra historia de empobrecimiento (o desequilibrio)

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 5:52 pm
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balanzaÉrase una vez un mercado muy sencillo, formado de unos veinte puestos, cuyo negocio consistía en vivir de aquello que producían. La economía de dicho mercado era cerrada y se basaba, evidentemente, en lo que se compraban y vendían unos a otros. Un día, sin embargo, dos mercaderes decidieron asumir una actitud particularmente egoísta, apuntándose al siguiente razonamiento: “lo mejor para mí es que yo, en cualquier caso, siempre venda más de lo que compro; con esta fórmula me haré rico”. Haciendo algunos replanteamientos consiguieron abaratar sus productos por encima de la media, bien porque estos mercaderes avariciosos habían ampliado las horas que dedicaban a la producción, bien porque poseían unas condiciones más favorables (tratándose de productos agrícolas, por ejemplo, bastaría con que sus tierras fueran más fértiles). En poco tiempo sus balanzas de pagos dieron un vuelco espectacular y pasaron a ser positivas: vendían mucho y compraban poco. Era el sueño del capitalismo hecho realidad.

Pero a veces nuestros sueños más ardientes se convierten en nuestras peores pesadillas. Si la situación descrita se mantuviera en el tiempo de forma indefinida el resultado no tardaría en caer por su propio peso: los dos puestos con balanzas de pagos favorables habrían acumulado mucha riqueza mientras que los demás habrían terminado empobreciéndose. Al principio, los dos puestos “ricos” recibían a cambio de sus exportaciones una buena cantidad de dinero. Como el intercambio de liquidez era muy desigual, las arcas de los puestos “pobres” fueron disminuyendo de forma paulatina, pero constante, hasta que se quedaron vacías. Es lo que le sucedería a cualquiera si en tu caja fuerte sacas cien euros de cada vez y sólo ingresas cincuenta. Las matemáticas son tozudas.

De modo que, como los puestos pobres perdieron su liquidez, la solución consistió en endeudarse con los puestos ricos. Y como la tendencia en la balanza de pagos de estos puestos siguió manteniéndose en la misma tónica, seguían vendiendo mucho más de lo que compraban, y aún seguimos creyendo en la fiabilidad de las matemáticas, resultará fácil colegir que la deuda de los puestos pobres no dejó de aumentar cada vez más. Es lo que se conoce como estar jodidos y mal pagados; no sólo no tienes blanca, sino que además terminas debiendo hasta los calzoncillos.

Evidentemente, existe una manera muy fácil y razonable de salir de este atolladero –en realidad se trata de lo único razonable que cabría hacer en un caso como éste. Bastaría con que los puestos ricos invirtieran durante un tiempo sus balanzas de pagos, permitiendo a los puestos endeudados venderles sus productos. Con un gesto tan sencillo cobrarían su deuda. Eso sí, la riqueza entre los puestos ricos y pobres terminaría equilibrándose… y puede que esto a los puestos ricos no les hiciera maldita gracia; es gente que está de acuerdo en dar cuatro siempre que a cambio reciba ocho. Y es lo que todo el mundo desea, dígase de paso, pena que a la larga es un camino que nos lleva a todos a la ruina (¡malditas matemáticas!).

Con los puestos pobres endeudándose cada vez más, y sin visos de que la situación cambiara a corto y medio plazo, los puestos ricos llegaron a una situación insostenible: si no empezaban a cobrar los créditos concedidos inmediatamente, sus economías podrían colapsar en muy poco tiempo. En consecuencia, dieron un golpe sobre la mesa y decidieron cerrar el grifo del crédito. Se acabó, gritaron airados, ahora toca pagar. Aunque sobra decir que los puestos ricos no optaron por la salida razonable (echarse al monte sin paraguas es la moda de los tiempos que corren). En lugar de ello, obligaron a sus deudores a recortarse las ganancias y a liquidar sus respectivos patrimonios, incluyendo parte de las herramientas y maquinaria que utilizaban para confeccionar sus productos.

Los puestos pobres consiguieron con estas actuaciones acumular un poco de liquidez con la que hacer frente a sus descomunales deudas. La cosa parecía marchar, incluso hubo hasta quien se atrevió a hacer previsiones acerca de cuándo los puestos pobres iban a superar la “crisis”. Pero entonces sucedió algo sorprendente, algo que nadie pareció haber calculado (¡ay, las matemáticas!). Los puestos pobres no sólo no salieron de la crisis y cada vez se vieron envueltos con mayor dramatismo en la pobreza: resultó que los propios puestos ricos también empezaron a empobrecerse…

Si lo pensamos un poco (sólo un poco), es lógico que algo así sucediera. Veamos: los puestos pobres eran ahora más pobres. Buena parte de lo que antes dedicaban a producir ahora lo dedicaban a pagar la deuda. Lo malo del embrollo era que cuanto menos producían menos porción de deuda podían pagar, de modo que ésta, pese a todo, no dejaba de crecer… Y cuanto más crecía la deuda más cerca de colapsar se situaban las economías de los puestos ricos, y más recortes exigían a cambio (parece ser la única respuesta que eran capaces de proporcionar a sus problemas). Y vuelta a empezar.

Ah, sí, el final. Pues resulta que todos terminaron metidos en un pozo. Colorín colorado. (Aplíquese lo dicho aquí de los “puestos ricos” a países como Estados Unidos, China o Alemania.)

A no ser que… los mercaderes en cuestión aprendan lo más elemental de las matemáticas y a convivir en equilibrio más que con el enfermizo afán de exprimir al prójimo hasta que reviente. Porque, al final, acabamos reventando todos (es lo que dicen las matemáticas).

1 comentario »

  1. mas claro el agua.Gran simil de algunas cosas incomprensibles que pasan actualmente.Otra historia de desequilibrio sin duda.

    Comentario por caco — 6 mayo, 2013 @ 9:50 pm | Responder


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