El jardín del exilio

13 julio, 2013

Hipersimplificando

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 4:33 pm
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diferente-300x245A menudo, cuando me interrogo acerca de la posibilidad de un mundo mejor –temática sobre la que versa la casi totalidad de este blog y razón de muchos de mis desvelos–, se me ocurre que nos hemos extraviado de tal modo en la dirección errónea que quizás no nos quede más remedio que volver a la casilla de salida, al abc de las cosas, a lo más básico, al parvulario. Así que, empecemos de cero.

Regreso a mis tiempos de estudiante, a mi primera clase de filosofía. La recuerdo como si fuera hoy. La primera lección, de hecho, la que abre la caja de Pandora de todas las dudas existenciales que nos desbordan como seres vivos racionales y emocionales se refería a la piedra que de forma ineludible y preliminar hemos de poner en el edificio del Pensamiento, y por ende en cualquier proyecto o idea que aspire a definir o trazar directrices de convivencia en el seno de una sociedad, antes siquiera dar el primer paso: preguntarnos en qué consiste el ser humano, quiénes somos. Sin duda, sería de ingenuos esperar una respuesta sencilla o unilateral. Pero, ¡alto!, en esa misma dificultad reside la primera pista: la naturaleza humana es un fenómeno harto complejo, irreductible a todo intento sistemático y de encasillamiento. Diversas corrientes de pensamiento han ensayado aproximaciones que nos sirven de guía, de punto de partida, pero ninguna teoría puede arrogarse el mérito de haber logrado una respuesta definitiva. Seguramente porque es imposible, seguramente porque el ser humano, su naturaleza, es tan abierta y maleable que el solo hecho de convertirla en objeto de estudio ya es suficiente como para provocar en ella misma un cambio. Fue lo primero que aprendimos en esa primera clase de filosofía: los seres humanos somos una suma inmensa de cosas heterogéneas, muchas veces contradictorias, tangibles, pero sobre todo, intangibles.

Pensar y repensar la naturaleza humana es una tarea que no acaba ni puede acabar nunca. Sin embargo, su extrema dificultad no debe servirnos de excusa para salirnos por la tangente o renunciar a ella. Sin una reflexión constante, profunda y sincera acerca de lo que somos cualquier camino que emprendamos estará abocado al fracaso. Es urgente.

Me vienen estos pensamientos cuando hace días oigo al ministro de Educación parlotear sobre la nueva ley que va a regular la enseñanza del país. Su pretensión, así lo manifiesta, es la de potenciar “la excelencia”, es decir, premiar a los que obtengan mejores resultados académicos. Se refiere, como es lógico, sólo a los pobres: los hijos de los ricos, por la cantidad de recursos de que disponen, no necesitan de este tipo de incentivos, siquiera demostrar que son inteligentes. Al margen de que se trata de un ley claramente elitista y que cercena derechos fundamentales de forma escandalosa, la cuestión de fondo es ésta: ¿es el currículo escolar la única medida para establecer la valía de una persona? ¿Qué significa esto a día de hoy? ¿Volcar párrafos enteros memorizados en los exámenes de evaluación? A lo largo de la historia abundan ejemplos de personajes que fueron malos estudiantes y luego se revelaron grandes genios. Eso debería hacernos reflexionar seriamente. En todo caso, la reforma educativa que impulsa el gobierno parte de una concepción muy pobre del ser humano, reduccionista al máximo: no hay lugar en ella para la creatividad, el pensamiento crítico o el pensamiento divergente (y para qué harán falta cosas tan subversivas como éstas, se preguntará el Sr. Ministro). En definitiva, ¿qué tipo de personas pretendemos que sean nuestros hijos? Insisto: es urgente romper el estrecho paradigma en que hemos enjaulado nuestra naturaleza y ampliar de forma sustancial los horizontes a los que podemos aspirar como seres humanos.

Con una visión tan cerrada acerca de lo que somos, no es de extrañar que la Ciencia siga fracasando en su intento por emular en un ordenador la inteligencia humana. Cierto que muchas de las limitaciones que sufren los especialistas en este ámbito se deben a factores técnicos que aún no se han alcanzado, pero ¿en serio cree alguien que la inteligencia, entendida como consciencia, puede depender de la simple acumulación de información en nanoespacios y de su capacidad para procesarla? ¿Acaso no somos más que calculadoras eficientes? Como si no estuviéramos hechos de sueños y fantasías, como si no habitaran en nosotros universos enteros de metáforas. Vaya, como si el amor no fuera más que un deseo pasajero que se agota en una campaña de marketing.

2 comentarios »

  1. Caballero. Un excelente artículo que bien podría ser leído a modo de introducción en la primera clase de filosofía.

    Comentario por Juanjo — 13 julio, 2013 @ 4:57 pm | Responder

  2. MUY BUENA REFLEXION, CIERTA Y TRISTE A LA MISMA VEZ¡¡

    Comentario por Caco — 20 julio, 2013 @ 11:08 pm | Responder


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