El jardín del exilio

18 agosto, 2013

Entrampados

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 9:32 pm
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ImagenAyer sábado paseaba junto a mi hermano por un centro comercial. En el ambiente se mascaba algo. Miró a su alrededor con gesto compungido y me espetó el siguiente comentario: “hay que ver lo vacío que está, es deprimente”. “Y lo que nos queda”, le respondí yo, “de esta crisis económica ya no vamos a salir”. Se me quedó mirando un rato en silencio. “La verdad es que no entiendo las causas de esta crisis, veo que todo está mal… ¿pero qué está pasando? ¡Me parece todo muy complicado!” Lo dice él, que minutos antes celebraba como si se tratara de un gran triunfo haber cobrado la nómina del presente mes. La empresa para la que trabaja se encuentra en concurso de acreedores, como tantísimas otras.

 

Después de asegurarle que lo que está sucediendo en el mundo de la economía es bastante simple de entender intenté ofrecerle mi punto de vista, pero al final las prisas por cumplir con unos compromisos no me permitió exponerle un relato ordenado e inteligible. Esto es lo que debí contarle, de haber tenido el tiempo y la paz de espíritu suficientes:

 

Lo primero a tener en cuenta, debí decirle, es que la gente, como norma general, vive de espaldas a la realidad, a cómo funciona el mundo. Cobramos nuestros sueldos, compramos esto o aquello, nos hipotecamos o nos vamos de vacaciones y no tenemos ni idea de las implicaciones de nuestros actos, desconocemos por completo las causas últimas que los hacen posibles. A veces uno se pregunta por qué ya desde la escuela no se nos enseñan cosas como qué es el dinero, cómo funciona, cómo se crea, cuál es su fundamento. Nos intentan vender la idea de que es un asunto demasiado complicado, que hay que tener muchos estudios para llegar a entenderlo. Pero es mentira. Dejemos sentado el siguiente principio: los ciudadanos que están gobernados por un sistema cuyas reglas son incapaces de entender, no son ciudadanos libres. Son esclavos, viven al albur de decisiones que les son ajenas. Ninguna democracia es posible si sus ciudadanos no se sienten dueños de su destino. Porque todo puede llegar a entenderse, salvo aquello que intereses inconfesables deliberadamente emborronen o enmascaren.

 

Pero ¿cuál es la causa última de esta crisis? Muy sencillo: el sistema que sostiene a la economía mundial está basado en una gran trampa. La trampa de la deuda. Hagas lo que hagas, jamás conseguirás librarte de ella. Sí, me dirás, a mí eso no me afecta: yo mis deudas las mantengo en día. Muy bien, pero si tú no te endeudas los gobiernos lo harán por ti. ¿Y quiénes crees que pagan las deudas que generan éstos? Tú, yo y todos los demás. Todos los demás, a excepción de un exiguo 1% de multimillonarios que tienen a buen recaudo, en los paraísos fiscales correspondientes, sus astronómicas fortunas… haciendo saltar por los aires otro principio democrático tan fundamental como es la igualdad. Catapúm, a tomar por saco.

 

La cosa funciona tal que así. Imaginemos que yo soy un banco y que en vez de dinero lo que hago es prestar canicas. Tú acudes a mí y me pides cien canicas. Yo te las concedo con la condición de que me las devuelvas en un tiempo estipulado más unos intereses, lo cual se traduce en que deberás devolverme ciento cinco canicas. Pero ahora viene la trampa. Resulta que nadie más sino yo puede fabricarlas… Y, siendo así, ¿de dónde se supone que vas a sacar las canicas que te van a faltar? Ajá, deberás pedirme que las fabrique yo (si lo hicieras tú te meterían en la cárcel). Pero, claro, cuando te entrego las canicas que necesitas para cubrir el préstamo que te concedí en un principio, resulta que también ésas están sometidas a intereses… De modo que, a partir de ese momento, SIEMPRE te verás obligado pedirme canicas prestadas. Porque, para pagar una deuda, deberás asumir otra mayor. No tiene fin. Con eso los bancos nos encierran en una jaula y tiran la llave al fondo del río. Otra vez a tomar por saco.

 

Ahora pasemos al dinero. ¿Cómo se supone que un sistema basado en una trampa tan burda ha sobrevivido, con altibajos, durante tanto tiempo? Para responder a esta pregunta necesitamos añadir un nuevo ingrediente: el crecimiento. Supongamos que ganas 1.000 € al mes y que, por algún motivo, has asumido una deuda de 11.000 €. Si hacemos los cálculos, tendremos que tu déficit anual es del orden del 90% (más o menos). Recuerda: tú ganas 12.000 € al año. No obstante, decides volver al banco y pides otro préstamo de 14.000 €, con lo que tu deuda asciende a la bonita cifra de 25.000 €. Como eres una persona inteligente, usas ese dinero para abrir un taller de reparación de ordenadores. El nuevo negocio te permite incrementar tus ingresos hasta los 2.500 € (lo cual nos da 30.000 € anuales). Eso significa que, a pesar de que tu deuda haya aumentado, ahora el déficit anual se ve reducido a poco más del 80% gracias a que tu economía ha crecido. Bravo.

 

Pero, alto, conviene no echar las campanas al vuelo. Recuerda que ahora tu deuda es de 25.000 €, ¿qué vas a hacer para pagarla? Pues… ¡pedir otro préstamo! Ya lo sé, tú no lo harías, pero no olvides que el gobierno lo hace por ti de forma indirecta; si no lo hiciera no habría forma de financiar todas esas cosas que hacen que tu negocio funcione: infraestructuras, seguridad, sanidad, educación, etc. De modo que hemos pedido un nuevo préstamo, ¿qué es lo siguiente? Pues seguir creciendo, no tenemos otra alternativa. Si la economía deja de crecer, el déficit se dispara y la economía, tal y como está planteada, entra en colapso.

 

Así pues, la única manera de contrarrestar la deuda creciente que de forma sistémica van acumulando los estados año tras año es hacer con que sus economías, de igual modo, crezcan cada vez más. ¿Y qué es lo que mantiene el ritmo del crecimiento? En efecto: el consumo. Pero no un consumo cualquiera, racional y ordenado. Se trata de que los individuos se desmelenen ¡y cada año consuman más que el anterior! Hasta el infinito y más allá. Presta atención: si sucediera que llegáramos a un punto donde fuera difícil hacer con que el consumo siga aumentando respecto a años anteriores (si cada vez no se venden más coches, más casas, más ordenadores, más smartphones, etc.), el sistema económico se vendría abajo. Así de simple. No habría crecimiento, por tanto tampoco empleo, el déficit de la deuda aumentaría sin freno (como ya te he explicado) y los acreedores vendrían a quedarse con todo lo que tenemos. Sería la ruina. ¿Te suena de algo?

 

Bien, ese es el punto donde nos encontramos. ¿Entiendes ahora por qué el centro comercial estaba tan vacío? Por supuesto, esto no es el fin de la historia. Se trata tan sólo de que todo un sistema que ha impulsado el desarrollo de una parte de la humanidad hasta niveles que ni siquiera nos habíamos permitido soñar, se ha agotado. Hace falta un sistema completamente nuevo. Una refundación de nuestras sociedades desde cero.

 

Y la pregunta no es si otro mundo es posible, sino si somos capaces de imaginarlo.

 

4 comentarios »

  1. Excelente artículo, Iván

    Comentario por Juanjo — 18 agosto, 2013 @ 9:42 pm | Responder

  2. Obviamente estamos atrapados en una burbuja de la que pocos pueden salir… ¿habrá una isla paradisiaca, llena de frutos tropicales, donde estos desaprensivos no puedan encontrarnos nunca?, porque lo de cambiar todo lo montado, y con los dirigentes que tenemos lo veo utópico. Un abrazo

    Comentario por lore — 18 agosto, 2013 @ 10:17 pm | Responder

  3. HAY QUE VER….NO SE PUEDE COMENTAR NADA QUE ESE CENTRO COMERCIAL ESTA LLENO DE MICRÓFONOS.
    GRACIAS POR EL ARTICULO Y LAS ACLARACIONES, AHORA ESTA CHUPADO

    Comentario por cACO — 20 agosto, 2013 @ 6:09 am | Responder


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