El jardín del exilio

15 octubre, 2013

Repensando el individuo

InterdependenciaA nuestras pretensiones de libertad existencial, a la que normalmente aspiramos en su más amplia expresión (o eso quiero pensar), acaban oponiéndose limitaciones tan lógicas y de andar por casa como el contexto social e histórico o nuestra constitución física y biológica. Al final, terminamos por darnos cuenta, la vida humana es un fenómeno cuyas posibilidades de libertad, en caso de que seamos capaces de ejercerla de algún modo, se enmarcan en un escenario limitadísimo de extrema fragilidad y brevedad. Somos menos que una mota de polvo. Aunque, eso sí, con la peculiaridad de poder pensar por nosotros mismos (aunque no siempre aprovechemos esta singular capacidad como debiéramos). Y eso, pese a todo, nos convierte en entes extraordinarios. Quizás únicos.

Ahora bien, la circunstancia que más condiciona la visión que tenemos del mundo, de lo que somos como personas y hasta de nuestra propia vida —en una palabra: el ejercicio que hacemos de nuestra libertad—, con todo lo que ello conlleva, es la fórmula de la que echamos mano a la hora de interpretar y definir qué es la realidad. “¿Una fórmula?”, me contestarás, “¡yo no utilizo ninguna fórmula!, simplemente me limito a abrir los ojos y a mirar lo que hay”.

No es tan sencillo. Cuando contemplamos el mar solemos ignorar el rico universo que se debate bajo su superficie. Eso mismo nos sucede cuando observamos la realidad: hay mucho más de lo que vemos a simple vista. O mejor aún: la realidad nos devuelve aquello que proyectamos hacia ella —la fórmula misma que utilizamos para interpretarla (¡vaya lío!). Porque no estamos hablando de un concepto cerrado, una estructura “sólida” o mucho menos inamovible. La cuestión casi carecería de sentido: la realidad es la realidad, ¿no? ¿Qué más se puede decir acerca de ella? Bueno, nada en particular… hasta que llegó la Mecánica Cuántica. Entonces muchos dogmas saltaron por los aires, y el mundo nunca más volvió a ser el mismo: ante nosotros se abrió un nuevo, desconcertante y vasto universo. Lástima que la inmensa mayoría de la gente aún no se haya enterado.

Las primeras conclusiones de la Mecánica Cuántica supusieron tal seísmo en los círculos científicos de la época, ocupados aún en asimilar algo tan sumamente revolucionario como la Teoría de la Relatividad (con la cual creían tener más que suficiente), que hasta el propio Einstein se negó a aceptarlas. Murió intentando rebatirla, pese a que sus aportaciones a esta teoría fueron muy relevantes (¡qué ironía!). Evidentemente, se equivocó de cabo a rabo; él, el gran genio del Siglo XX.

Se tardaron unos cuantos años en comprender el verdadero alcance de la Teoría de la Relatividad, que es ni más ni menos que el de situar al ser humano en un contexto de realidad completamente nuevo. Casi nada. Sus postulados desafiaron el sentido común (y continúan haciéndolo), pusieron patas arriba todo lo que suponíamos saber acerca de nuestra experiencia en el mundo que nos rodea. Es importante entender, en lo que a este modesto artículo se refiere, que la Teoría de la Relatividad conformó el trasfondo perceptivo del Siglo XX, contribuyendo a esculpir los parámetros mentales que acabaron moldeando al individuo de ese periodo e incluso el modelo social en que ha venido desarrollándose. En efecto, la consideración, a groso modo, de que el espacio-tiempo se “estira” o “encoge” en función de la percepción que cada sujeto, en un determinado momento, pueda tener de los fenómenos en el universo abrió el camino hacia un individuo mucho más egocéntrico y centrado en sí mismo, sumido en la ambigüedad personalísima de su punto de vista relativo, a partir de ese momento, tan válido como el de cualquier otro, ajeno a verdades absolutas, salvo la de sí mismo como ente cerrado y protagonista.

Este acentuado subjetivismo, en el que cada individuo se erige en un universo completo pero estanco, sirve a su vez de soporte al modelo económico capitalista-liberal para establecer como bien supremo un individualismo radical y excluyente. El individuo entiende que puede amoldar la realidad a su particularísima situación perceptiva (a su punto de vista relativo en el espacio-tiempo), permitiéndose el lujo de poder ignorar, por inútiles para su experiencia, las restantes apreciaciones subjetivas de la realidad.

Pero entonces llega la Mecánica Cuántica, y nos cae encima como una maza. Cuando pensábamos tener una explicación cabal de cómo funcionaba el universo, a falta de algunos flecos, de pronto surgen unos señores y empiezan a hacer una serie de afirmaciones de lo más extravagantes… Que ciertos objetos subatómicos a veces se comportan como ondas y a veces como partículas, que dichos objetos no pueden ser localizados con certeza en el espacio-tiempo, sino con un margen de incertidumbre, o que algunos de ellos se encuentran ligados entre sí a través de un inverosímil entrelazamiento, de modo que la modificación de uno supone la modificación instantánea del otro no importando que ambos estén separados por billones de años luz… Una locura. La cosa suena a esoterismo del barato, pero lo cierto es que las matemáticas y las pruebas científicas vienen confirmando una y otra vez los asombrosos postulados de la Mecánica Cuántica.

Sin embargo, de cara al gran público hay una diferencia fundamental con respecto a la Teoría de la Relatividad. Durante muchas décadas hemos sido incapaces de asumir la interpretación del mundo que nos ofrece; es demasiado contraintuitiva, podríamos pensar, demasiado misteriosa y hasta obscura. Porque, al final, ¿qué nos puede importar que un fenómeno subatómico a veces aparezca como una partícula o a veces como una onda? ¡Al cuerno! Pero entonces sucede que la interdependencia radical de todos los fenómenos del universo entre sí y el grado de incertidumbre que los envuelve, predichos por la Mecánica Cuántica, empiezan a servir de trampolín a sendas teorías e hipótesis para formular propuestas nuevas y revolucionarias desde ramas de la ciencia tan dispares unas de otras como la ingeniería, la biología, la neurociencia o las mismas ciencias sociales, incluyendo la filosofía. Por sólo hablar de algunas.

Un ejemplo de ello podría ser la teoría cognitiva de la inteligencia social, la cual constata la existencia de grupos formados por personas muy inteligentes a nivel individual pero con resultados mediocres en sus iniciativas colectivas —y viceversa. La inteligencia social o interpersonal se basa en habilidades individuales que buscan tejer una red de colaboración entre un grupo dado de personas. Lo curioso de este fenómeno es que esa red de iniciativas individuales interconectadas, cuando es capaz de articularse de un modo complejo, acaba adquiriendo una “entidad propia”, se produce un efecto cuántico en el que puede resultar difícil separar lo colectivo de lo individual. Es decir, tal y como ocurre con la dualidad onda/partícula, si entráramos a analizar la inteligencia social de un grupo cualquiera nos encontraríamos con que unas veces se manifiesta más como individual y otras más como colectiva… Nos sería difícil determinar dónde empieza una y termina la otra, tendríamos que aceptar la imposibilidad de asignarla a algo “concreto”.

Con todo, la inmensa mayoría de la gente sigue ignorando qué diantres es la Mecánica Cuántica; pondría cara de póker si le preguntáramos. Tampoco es que haga demasiada falta. El modelo cognitivo del Siglo XXI ya es la Teoría Cuántica. Sin ella no entenderíamos los fenómenos emergentes de las redes sociales y de colaboración que se están entretejiendo por todo el planeta, los nuevos modelos pedagógicos (basados en la inteligencia colaborativa), de gestión, producción o distribución de la energía. Sólo son unos ejemplos.

El individuo del S. XX es relativo, ambiguo e individualista. El individuo del S. XXI es “cuántico”, abierto a la incertidumbre e interdependiente: completa su individualidad en la individualidad de los demás. El cambio de paradigma está en marcha.

Sé lo que muchos están pensando. Que estoy loco. Pues sí, lo estoy.

1 comentario »

  1. ME HA GUSTADO EL ARTICULO SOBRE TODO EL FINAL QUE ME LO ACLARO CASI TODO. NO APTO PARA PRINCIPIANTES JEJE

    Comentario por CACO — 19 octubre, 2013 @ 7:16 am | Responder


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