El jardín del exilio

10 marzo, 2014

No corramos tanto (que nos rompemos las narices)

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 7:52 pm
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 PasearA pesar de las amargas lecciones impartida por la locura nazi durante el periodo de entre guerras y la propia II Gran Guerra del pasado siglo, los movimientos de extrema derecha no han dejado de crecer en el ámbito europeo durante las últimas décadas. En algunos países, como Holanda, han llegado incluso a conformar la segunda mayor fuerza política. Ahí es nada, la otrora tolerante Holanda (aunque podríamos decir otro tanto de Suiza, Austria, Finlandia, Grecia o Hungría). Y la cosa tiene visos de ir a más, no da la impresión de tratarse de una fiebre pasajera.

Muchos son los expertos que han tratado de ofrecer explicaciones a este fenómeno. Una parte de ellos se conforma con la esperanza de que estos movimientos remitan una vez sea superada la crisis económica. Y, sí, es indudable que la crisis ha contribuido de una forma decisiva a nutrir de argumentos el ideario de estos grupos extremistas demasiado propensos a la violencia, pero, ojo, el ascenso de la extrema derecha se viene registrando incluso en épocas de crecimiento económico. ¿Qué está sucediendo?

Podríamos caer en la fácil tentación de dejarnos consumir por el lugar común del pesimismo antropológico y argumentar con la bilis subiéndonos por la tráquea que todo esto no es más que un claro reflejo de la trágica e inevitable condición humana, no saciada aún de los horrorosos ríos de sangre y odio que los propagadores de estas oscuras ideologías han hecho correr por encima de la tierra y los campos de batalla. Y algo de esto puede haber (no, mi fe en la humanidad no pasa por sus mejores momentos), pero personalmente me inclino por otro tipo de teoría.

Pensemos en qué se ha convertido este mundo. Desde cierto punto de vista, en algo semejante a la voluntad ciega defendida por Schopenhauer, un lugar donde la gente se ve atrapada por una especie de inercia salvaje que nadie controla ni conoce de dónde proviene ni para qué. Lo único que sabemos es que el mundo a nuestro alrededor se mueve a una velocidad trepidante, pero, y este es el quid de la cuestión, ¿con qué objetivo? A todas horas nos aúllan la idea de que hay que cambiarlo todo, una vez tras otra como si hubiéramos enloquecido, y mandar todo lo antiguo al garate: “cambie de coche ahora, de móvil, de televisión, está usted desfasado, la tecnología que usa en su día a día ha quedado obsoleta, etc.” O van y te dicen: “No, mire, ¿sabe todas esos años que ha invertido en aprender un oficio o una profesión? ¡Olvídese, tiene que empezar de cero! Todo lo que creía saber, en realidad, ya no vale un pimiento”. Un día te ves con setenta años, vas a una sucursal bancaria o intentas acceder a un servicio público y descubres que ya no hay un rostro humano detrás de un mostrador sino una pantalla táctil que no tienes ni idea de cómo funciona. “Abuelo, ¡búsquese la vida!”, es la respuesta.

El mundo se ha convertido en un lugar despiadado, todo el mundo corre como poseído, oídos y ojos tapados, pero nadie mira hacia atrás, ¡ni siquiera hacia delante!. Sí, el premio está reservado para el primero que llegue, para el más rápido, el más inteligente, el más listo (sí, también, para el más despiadado). Y aunque a menudo nos enorgullecemos de lo mucho que hemos avanzado… no partimos con una meta predeterminada, con un objetivo que nos hubiese servido de guía, luego no tenemos ni idea de dónde estamos ni porqué. Hemos pasado a hacer las cosas porque sí, porque lo demanda la voluntad ciega; la vida ha dejado de tener sentido, avanzamos mucho más rápido de lo que somos capaces de asimilar.

En este estado de cosas no es de extrañar que sean muchos por desgracia, cada vez en mayor medida los que, desorientados, se aferren a ideologías que lo que intentan es proporcionar asideros de seguridad a los que sujetarse, aunque ilusorios y demagógicos, llaménse raza, pasado idealizado o recetas hipersimplificadas.

El mundo empieza a resultarnos demasiado complejo, sentimos que nos sobrepasa, que nos devora como una bestia. Por Dios, ¿hacia dónde nos dirigimos? Por favor, tiempo muerto. Reflexionemos. Andar despacio también tiene su encanto.

1 comentario »

  1. El Partido Nazi. No solo es un partido de locos, es un partido de astutos. Mira a la gente: a quien teme o desprecia… al diferente, al extrangero, a otra raza. Eso es un argumento, para tener éxito entre los asustadizos y cobardes, entre los que no tienen nada que perder, y ven que otros de otro lugar, usurpan los derechos que ellos se creían merecedores. Ahora es un buen momento para ellos (los Nazis), la gente se queda sin derechos, y los de afuera tienen protección social y retribuciones de subsistencia. ¿Qué hacer ante ésto?…

    Comentario por lore — 10 marzo, 2014 @ 10:38 pm | Responder


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