El jardín del exilio

25 septiembre, 2014

Los jóvenes de hoy, una generación acorralada

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 11:54 am
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nini3Despotricar acerca de las nuevas generaciones, de cómo ya no hacen las cosas igual que antes, de su falta de iniciativa o de respeto debe ser tan antiguo como la vida en comunidad, desde nuestros primeros ancestros. Se sabe que hasta Sócrates se quejaba de los jóvenes de su época. En definitiva, el choque generacional se ha producido y seguirá produciéndose siempre, es inherente a la condición humana. Haríamos bien en acostumbrarnos. Si bien, con un importante matiz: los avances tecnológicos, cada vez en mayor número y producidos cada vez a mayor velocidad, propician importantes cambios sociales que amplifican de manera significativa este conflicto intergeneracional. A esto también hay que acostumbrarse, se trata de un cambio de paradigma crucial en la historia de la cultura humana.

A la generación actual se le ha reprochado multitud de cosas, me parece que habrá que decir algo en su favor. Porque, a pesar de cuanto podamos echarles en cara, lo cierto es que entre todos hemos erigido un mundo abiertamente hostil a los jóvenes, no hemos sido capaces de construir nada a su alrededor que les haga sentirse bienvenidos. Más bien los hemos puesto entre la espada y la pared.

Empezamos por que el sistema productivo actual no deja casi margen de tiempo para que las parejas puedan siquiera desear tener hijos. El mensaje no es que los niños sean una fuente de alegría, una experiencia que nos puede completar como seres humanos. No. El mensaje es que son un estorbo. Un estorbo, casi siempre, a nuestras aspiraciones profesionales, sobre todo en lo que a la mujer se refiere. Es una pena que la sociedad de consumo actual otorgue más importancia a trabajar en una tienda, en un despacho o en una fábrica que a criar un niño. Es una muestra más de lo enfermo que está este mundo. Como si una persona no tuviera toda la vida por delante para trabajar cuando fuera necesario.

La sensación de estorbo se incrementa cuando analizamos la estructura de las ciudades, las necesidades de los niños prácticamente no se tienen en cuenta. La mayor parte de las veces los padres no saben qué hacer con sus hijos, a falta de espacios donde éstos puedan correr y jugar a sus anchas. A veces hace falta un acto heroico para encontrar un metro cuadrado de césped.

Pero no hay tiempo que perder, los niños deben crecer rápido y alcanzar lo antes posible la edad de escolarización para que puedan ser confinados (o acorralados) en las escuelas. Mejor aún: ¿para qué esperar tanto? Hoy en día ya podemos adelantar dicha edad a nada menos que a los tres años. Una medida de lo más práctica, ¡que dejen de estorbar de una vez! Del vientre materno casi directamente a la guardería, y de ahí cagando leches a la escuela. Es una locura.

“Los jóvenes de hoy son unos vagos, ya no quieren estudiar como antes”, se escucha decir a menudo. Y hay una parte de razón en esto. Pero pensémoslo detenidamente, ¿por qué iban a querer hacerlo? La enseñanza se ha quedado varada en el Siglo XIX, sigue basándose fundamentalmente en la acumulación de datos. Hoy en día las nuevas generaciones tienen todos los datos a su disposición, a un golpe de click y en formatos mucho más atractivos que aquel en que pueda expresarse su esforzado profesor o profesora. ¿Por qué iban a querer estudiar? “Pues porque tienen que emplearse en un futuro”, es la respuesta, a falta de otros argumentos. Pero es que ¿a alguien le importa si los contenidos que se imparten en las escuelas y universidades poseen algún interés real para los estudiantes o si los enriquece como personas? De cualquier modo, tener una carrera, o varias, ya no es garantía de conseguir un medio de subsistencia decente. El sistema educativo actual no tiene nada que ofrecer a los jóvenes, se ha convertido en una reliquia, un fracaso absoluto y sin paliativos.

El siguiente paso es la llegada de los jóvenes al mercado laboral. En España lo consigue menos de un 50%, un drama social de proporciones épicas. En otros países de Europa los números no son tan dramáticos, pero tampoco están como para tirar cohetes. Aún así, de esos porcentajes la inmensa mayoría está subempleada, con contratos precarios, mal pagados y que por casualidad guardan relación con aquello que han estudiado, lo cual también supone un pérdida de recursos inasumible para el resto de la sociedad. No es de extrañar que en este estado de cosas cunda el desánimo y crezca el número de jóvenes que, aún teniendo la oportunidad de hacerlo, decide ni estudiar ni trabajar (los denominados “ni-nis”). ¿Esto es lo mejor que podemos ofrecerles? Normal que más de uno opte por quedarse en su casa.

Pero, esperen, todavía no hemos terminado de vapulear a la presente generación. Con todo lo que le hemos echado encima aún tenemos un último reproche que hacerle: su falta de compromiso político. Desde este punto de vista algunos sostienen, no sin cierto cinismo, que estas calamidades sufridas por nuestros jóvenes las tienen poco menos que bien merecidas, ya que han crecido “pasando” de la política. Sin embargo, lo cierto es justamente lo contrario: ha sido la política la que ha pasado de ellos. Nadie se ha preocupado de su futuro, hemos vivido como si no hubiese un mañana. Lo malo es que ese mañana hipotético que hemos pretendido ignorar y guardar debajo de la alfombra se ha convertido en hoy, y nadie tenía un plan “B”.

Así pues, ¿a quién va a extrañar que los jóvenes estén pidiendo un modelo social que rompa con todo lo preestablecido? Cuidado, no son los hippies de los sesenta, un tanto frívolos en algún caso y a quienes el sistema acabó ganándolos para su causa con promesas que al final se revelaron falaces. Están indignados, entre otras cosas porque no han visto cumplir ninguna de las promesas que les hicimos. Pero lo que no terminamos de entender es que, aun cuando pudiéramos cumplirlas, tampoco les serviría. Nuestros valores han pasado a la historia. Y puesto que apenas hemos dejado algo en pie, la nueva generación deberá emprender la titánica tarea de empezar casi desde cero.

Ése es nuestro legado. A ver si por lo menos, ahora nosotros, no nos convertimos en un estorbo.

2 comentarios »

  1. Estimado Iván:

    Nuestra generación a fallado en algo de la máxima importancia: No les hemos enseñado a los chicos a soñar. Muchas veces en mi experiencia docente me topo de bruces con lo que dices, los chicos quieren estudiar para “tener un buen empleo”, para “ganar buen dinero”. Por desgracia pocas veces, casi nunca, escucho de ellos lo que quieren hacer, lo que desean construir, lo que sueñan.

    Si alguno quiere ser médico lo visualiza en términos de posición social y/o económica; no he escuchado que alguno me diga algo como: “quiero encontrar la cura del cáncer” o “quiero que no haya un solo infante al que le falten las vacunas”.

    Lo mismo me encuentro con las otras ramas del saber; no tengo futuros viajeros a las estrellas, ni naturalistas, ni exploradores del pensamiento. Y como dices cuando alguno se interesa por la política no se ve a si mismo como un agente del cambio social.

    El error no es de ellos, es nuestro pecado, demasiado interesados en lo material, en los logros profesionales, en el “éxito” y otras banalidades. Coincido contigo en lo triste que resulta ver que una mujer no valora como el logro máximo el formar a otro ser humano y antepone a su maternidad (no solo el embarazo) a la materia que no tiene futuro. Y los varones hemos fallado aún más al no apoyarlas hasta el último aliento en su vital y fundamental labor.

    Como no les dimos las herramientas para construir sueños al final deberán construir desde cero. El duro castigo para nuestra generación será el olvido, no mereceremos ni siquiera el descrédito o el desdén.

    Comentario por gato2707 — 27 septiembre, 2014 @ 2:19 am | Responder

    • En efecto, amigo Gato, lo jóvenes no hacen sino caer en el abismo que nosotros les hemos trazado como camino y replicar el mensaje abrumador con el que se construye día a día esta sociedad vacía de humanidad: sin dinero no eres nada, ni siquiera puedes permitirte el lujo de soñar, ni siquiera tienes dignidad, vamos, ni siquiera eres humano.
      En el fondo ése es el mensaje que intentamos trasladarle a los jóvenes: deja tu humanidad a un lado y véndete al mejor postor. Lo cual es absolutamente inadmisible, hemos llegado demasiado lejos.

      Pero soy moderadamente optimista. Algunas cosas empiezan a cambiar. Sobre todo los jóvenes empiezan a darse cuenta de que hemos entrado en una etapa de no retorno, y que está en manos de la nuevas generaciones hacer con que esos cambios se produzcan para bien. Aunque todos los cambios son dolorosos, y nos exigirá a todos resetear el disco duro de casi todo cuanto hemos aprendido de aquí para atrás.

      Comentario por Iván Bethencourt — 29 septiembre, 2014 @ 12:22 pm | Responder


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