El jardín del exilio

7 enero, 2015

La inmortalidad en tiempos modernos

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 9:53 am
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imagesA veces me pongo a contemplar el ajetreo de la vida cotidiana, esa especie de locura colectiva en la que nos encontramos inmersos, y nunca deja de impresionarme. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos libramos una lucha sin cuartel, no nos concedemos ni a nosotros ni a los demás un minuto de tregua. No hay tiempo que perder, debemos echar mano de nuestro fusil nada más sonar el despertador y lanzarnos al fragor de la batalla sin ninguna piedad. ¡Sangre, sangre, sangre!, parece clamar el mundo enloquecido y fuera de sí en un grito aterrador.

Continúo reflexionando y llego a la conclusión de que los seres humanos por lo general cometemos en nuestro día a día un error muy básico, en verdad el más elemental de todos: nos comportamos como si fuéramos a vivir eternamente. Esto se refleja de forma clara en el hecho de que hasta nuestro sistema económico esté diseñado para crecer eternamente, como si los recursos del planeta fueran ilimitados, como si las poblaciones pudieran crecer de forma continuada y, asimismo, la productividad, la acumulación de capital o el consumo; hasta el infinito y más allá.

Absolutamente absorbidos en este ritmo trepidante e irracional que ha pasado a impregnar todos los aspectos de nuestra existencia, resulta casi inevitable que la aspiración por excelencia de una civilización basada en tales principios acabe derivando hacia la búsqueda de la mejor salud imaginable como su bien más preciado, y ya por último, como culminación, de la vida eterna. Un afán semejante quizás no pasara de una quimera hasta no hace mucho, de modo que tradicionalmente se intentara canalizar su realización en el Reino de los Cielos, pero la ciencia, que avanza en la comprensión de la realidad a pasos agigantados, nos acerca este umbral a un tiro de piedra. Probablemente las próximas generaciones sean testigo de estos hechos que ahora nos parecen más propios del reino de la ficción.

Se están comprometiendo una cantidad considerable de recursos en la tarea de descubrir el modo de detener el proceso de envejecimiento, e incluso revertirlo… Parece inevitable que se logre en algún momento, ya sea parcialmente, al menos en el sentido de prolongar la vida humana más allá de lo que hasta ahora. ¿Quién no querría vivir eternamente? Se trata ni más ni menos que del Santo Grial de todos los deseos humanos, todo lo que sea vivir sin restricciones goza de una aceptación abrumadora e inapelable. Y parece lógico que así sea, ¿por qué no saltarnos los límites si podemos hacerlo aparentemente sin ninguna consecuencia? Nuestra sociedad materialista abomina la idea de imponer límites, incluso aquellos que son necesarios.

El uso de la tecnología acarrea consecuencias no siempre evidentes sobre las que debemos reflexionar. Sin ir más lejos, la constante automatización de los procesos productivos hace cada vez más innecesario el trabajo remunerado, de modo que ¿cómo no empezar a plantearnos nuestra relación con el trabajo y su función redistributiva de la riqueza (lo comento aquí y aquí)? A medida que la vida humana se va alargando, o incluso ante la perspectiva de revertir el proceso de envejecimiento, no son pocas las cuestiones éticas y morales que se suscitan y ponen patas arriba nuestras concepciones acerca de la existencia. Pero, al fin y al cabo, ¿qué puede tener de malo el hecho de que empecemos a vivir más años o incluso siglos?

A priori podríamos decir que nada en especial, aunque, por desgracia, todo tiene un precio. Para empezar, si halláramos el modo de mantenernos eternamente jóvenes, podríamos provocar a largo plazo un serio problema biológico: el material genético constitutivo de nuestra especie dejaría de generar diversidad, dejaría de evolucionar y renovarse, y, aunque la vida eterna parece diseñada para satisfacer las aspiraciones del individuo, probablemente la especie como tal estaría condenada…

Sin embargo, existe otra consecuencia mucho más sutil y, en mi opinión, mucho más importante. Gracias a que nos morimos en un espacio de tiempo relativamente breve posibilitamos sin remisión el relevo generacional, de modo que quienes vienen detrás nuestro puedan cuestionar todo lo que hemos hecho hasta el momento e incluso acaben abriendo otras vías de progreso que nunca se nos habrían ocurrido. De hecho, si las sociedades humanas no avanzan más deprisa se debe precisamente a que las generaciones más antiguas suelen mostrarse de común renuentes al cambio, no siempre de forma consciente. Quiero decir, si en algún momento se inventara la antigravedad y pudiéramos conducir grandes pesos sin apenas esfuerzo, haciéndolos flotar en el aire, aún habría quien se empeñara en seguir usando la carretilla porque a lo mejor le parezca más “romántico”. Sucede algo parecido con respecto al papel y los formatos digitales, muchos se muestran incapaces de asimilarlos. En fin, si no fuera por la muerte…

Pienso igualmente en la situación actual. El modelo social que nos ha conducido hasta aquí está agotado, ya no da más de sí. Ante nosotros se abren nuevas fórmulas de organización y desarrollo más racionales y justas, más eficientes incluso, fórmulas que podríamos poner en práctica aquí y ahora. Se avecinan tiempos de profundos cambios, pero también de mucho sufrimiento, hasta que las futuras generaciones sean capaces de comprender el alcance de lo que realmente tienen ante sí: la construcción de un mundo donde la tecnología, las redes sociales, los formatos abiertos, el cambio climático y las nuevas formas de energía nos empujarán a una ruptura radical con todo lo que ha sido nuestro devenir histórico. Nada menos.

Por un lado, pienso en la formidable experiencia que supondría la posibilidad de vivir más años que el propio Matusalén. Por otro lado, me pregunto si en el transcurrir de un par de siglos de vida no terminaríamos todos idiotizados, convertidos en fósiles humanos inservibles. Qué quieren que les diga: quizás valga más la pena morirse.

P.D.: Feliz 2015 a todos.

1 comentario »

  1. Cual los solarianos de Asimov, ¿Terminaremos convertidos en hermafroditas? Poderosos, autosuficientes y completamente misántropos, estancados. Confío en que la huesuda pasará por mi antes de verlo.

    Feliz 2015

    Comentario por gato2707 — 9 enero, 2015 @ 1:57 am | Responder


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