El jardín del exilio

31 enero, 2015

Intentando entender el suceso Charlie Hebdo

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 10:41 am
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charlie-hebdoLa comodidad es una volición arrolladora a cuyo empuje los animales humanos acabamos sucumbiendo casi sin pensarlo; ya la propia naturaleza se encuentra regida por el principio de esfuerzo mínimo, empezando por la ley física de conservación de la energía. Para qué negarlo, está claro que si nos ofrecen un colchón de plumas difícilmente vamos a rechazarlo. Y no tenemos por qué justificarnos, ¿quién no es un poco sibarita? Sin embargo, el camino más corto no siempre nos conduce al mejor destino, es una lección que tardamos toda una vida en aprender, nos dejamos llevar una y otra vez por los cantos de sirena del cortoplacismo y las explicaciones autocomplacientes. Y así nos va.

En el caso del funesto atentado terrorista a manos de extremistas islámicos contra los dibujantes de la revista francesa Charlie Hebdo, a raíz de sus dibujos satíricos hacia la figura de Mahoma, se concitan sobre el terreno varios elementos de difícil comprensión, así como irreconciliables a veces, ante los que solo caben los más absolutos estupor y desconcierto y la más enérgica de las repulsas. Causa asombro la sangre fría, y hasta la parsimonia, con que se condujeron los terroristas, su total desprecio a la vida, las espantosas y esperpénticas justificaciones teológicas que afirman sustentar sus actos. Entre un hecho de tamaño salvajismo y nuestra capacidad de comprensión se abre de repente un abismo que se antoja insalvable, parece no existir razón suficiente en el mundo que pueda hacerlo inteligible. Y, sin embargo, estamos obligados a considerar a los autores de esa terrible matanza por lo menos tan humanos cuanto nosotros… Lo que, por otro lado, sigue siendo insuficiente para proporcionarnos una respuesta. Recuerdo la expresión de perplejidad de mi sobrina, una joven de apenas veinte años, delante del televisor al escuchar la noticia; “me gustaría poder entenderlo”, dijo sumida en un profundo desánimo al tiempo que negaba repetidamente con la cabeza.

A todos nos gustaría poder entenderlo, a todos nos gustaría poder posicionarnos apoyándonos en la razón ante un crimen tan atroz y despiadado. Pero al final, al igual que mi sobrina, desembocamos en un desolado silencio, tan solo negando con la cabeza, incapaces de aceptar la realidad…

Al día siguiente los medios de comunicación rompían sus ediciones con una avalancha de titulares, editoriales, crónicas, análisis, entrevistas, fotos exclusivas. Cientos de tertulianos se arremolinaban en torno a las mesas de debate de los programas más conocidos y algunos otros creados para la ocasión; hablaron supuestos especialistas, conocidos legos opinatodo, pero a nivel general se esgrimían los argumentos de siempre, esos que valen tanto para un roto como para un descosido, puro espectáculo mediático sin contenido. Algún que otro rayo de luz en boca de unos pocos, fugaces, casi marginales. Pero eso fue todo, la pereza mental y la falta de un compromiso intelectual auténtico fueron la nota dominante.

En uno de los extremos se encontraban quienes sostenían que no había nada que mereciera la pena ser analizado. El suceso fue protagonizado por unos extremistas radicales cuya acción de matar constituyó una decisión libre y soberana; los terroristas pudieron elegir no apretar el gatillo. Ya está. Se trata del archiconocido e hipersimplista concepto cristiano del libre albedrío: nada nos condiciona en absoluto a hacer lo que hacemos, ni la miseria, las condiciones sociales o las circunstancias personales. Nones. Las personas simplemente deciden pecar o no pecar, ser buenas o malas (las personas buenas casi siempre tienen cuentas en Suiza), ir al Cielo o al Infierno. Y ahí se acaba la cosa, el debate también.

Un peldaño por debajo se situaban quienes, a raíz de los atentados del 11-S, sostienen que sucesos como éste no son sino el resultado de un monumental y hasta inevitable choque entre civilizaciones. Un Occidente avanzado, rico, democrático, pulcro y esencialmente cristiano, preferentemente ario, contra un Islam aún medieval, empobrecido, incapaz de valerse por sí mismo en lo político y en lo social, intolerante e impermeable a la autocrítica. Se trataría ni más ni menos que de una guerra entre la civilización y la barbarie, entre el reino de la luz y el reino de las tinieblas, en resumidas cuentas, los buenos contra los malos (sí, es lo que parece: ¡el libre albedrío otra vez!)… Es en ese contexto que debe interpretarse el derecho a la libertad de expresión de los dibujantes de Charlie Hebdo frente a los salvajes que intentan amordazarla. Dicha libertad constituye una de las manifestaciones cumbre de la civilización, así pues no cabe ceder un ápice ni ante las amenazas de muerte, ni aunque sepamos que reafirmarnos en ella hará con que mueran personas, de un bando o de otro. O sea, Occidente solo debe mirar hacia la luz… hacia su propia luz umbilical.

Lo cierto es que, hablando de barbarie, podemos estar seguros de que Occidente no solo la ha fomentado en Oriente Próximo: la ha armado hasta los dientes y puesto al frente de sus huestes dictadores sin escrúpulos, en verdad, auténticos genocidas. Y, bueno, parece que la cosa ha derivado en un poco barbarie, ¿no?, allí por Irak, Afganistán, Pakistán, Libia o Siria. Pero es que acaso, ¿podría esperarse algo distinto? Bueno, sí, arguyen los más cínicos, la situación estaba más controlada bajo la férula de Sadam Hussein o Muamar el Gadafi, ¿alguien lo duda? Ah, qué pena que fuimos nosotros mismos quienes los quitamos del poder… Pero, queridos amigos, aquí volvemos a caer una vez más en la hipersimplificación, esa pereza mental que nos arrastra irremisiblemente.

Sí, porque, continúan los cínicos, los países de mayoría musulmana no saben vivir según los dictámenes de la democracia, son retrasados mentales o algo parecido, necesitan, ya ven, sátrapas asesinos que sepan contener ese primitivismo atávico que tienen por cultura. Y, bueno, hay que dejar claro que también ellos, como es lógico, tienen su propia cuota de responsabilidad, también ellos deben hacer una reflexión acerca de su evolución histórica y poner las cosas negro sobre blanco en todo lo que respecta a la situación actual de miseria que sufren, pero ¿cuándo le ha interesado a Occidente promocionar la democracia en los países musulmanes? Es más, ¿acaso la democracia en esos países nos serviría para acceder con barra libre a sus recursos petrolíferos? Ah, parece que ahora sí que hemos pinchado en el hueso… Muy por el contrario, los gobiernos occidentales, con EE.UU. a la cabeza, han renunciado una y otra vez a apoyar los movimientos prodemocráticos que han surgido en el Magreb y en los países árabes. Peor aún, siempre que los partidarios de dichos movimientos se han visto masacrados por los dictadores de turno ha sido gracias a las armas que Occidente les viene vendiendo tan alegremente (la venta de armas a Oriente Medio siempre ha sido un negocio redondo, ya saben, crea empleo y todo eso).

El ejemplo más claro lo tenemos en los movimientos afines a la llamada primavera árabe, surgido originalmente en Egipto, en cuyo seno germinaron varias iniciativas laicas y de espíritu democrático. Sin embargo, Occidente permaneció de brazos cruzados y permitió que se diluyeran o fueran reprimidas por otros actores de corte más autoritario, principalmente de tendencias islamistas. Por no decir abiertamente que los gobiernos occidentales lo que realmente temían era que los aires de libertad surgidos de la primavera árabe se “contagiaran” a otros países de la región y les hiciera perder el control geoestratégico… O puede que aún sea peor de lo que imaginamos: lo que de verdad temían era, de hecho, que este tipo de movilizaciones se expandieran por el interior de sus propios territorios e impulsaran cambios profundos en el sistema político, al coincidir en el tiempo con manifestaciones masivas de nuevo cuño como el 15-M en España y otras semejantes que surgieron de forma espontánea en toda Europa y hasta en EE.UU. con el movimiento Ocuppy Wall Street, en demanda de una democracia auténtica y no tutelada por los intereses de los mercados.

Dicho esto, ¿a alguien le extraña que no existan regímenes democráticos en los países musulmanes? Hagamos un esfuerzo, huyamos de las explicaciones simplistas. En lugares donde no no se ha fomentado otra cosa que el terror, la represión, la muerte y la pobreza como realidad cotidiana difícilmente podrá producirse una epifanía de donde emerja casi por arte de magia un régimen democrático. Los que aún sigan dudando de que el Islam es incompatible con la democracia deberían recordar la larga travesía en el desierto que hemos tenido que enfrentar los países católicos hasta desembarazarnos de las dictaduras y cómo aún estamos lejos de alcanzar los niveles de calidad de otras democracias más antiguas. Las cosas no son tan fáciles.

En fin, una línea de opinión más conciliadora era defendida por quienes ponían el acento en la histórica falta de diálogo entre Oriente Próximo y Occidente y en una política exterior nefasta cuya última ratio se asienta indudablemente en el poder de las bombas y en cómo el sufrimiento extremo que ocasiona dicha política es caldo de cultivo para los extremismos radicales. Sin embargo, para ser justos, todo diálogo que no parta de una posición de igualdad entre los interlocutores está condenado al fracaso. Valga como muestra el intento de diálogo por llamarlo de algún modo que mantienen sin ningún resultado desde hace décadas Israel y Palestina. No puede existir ningún diálogo constructivo entre ambos países si, como telón de fondo, el Consejo de Seguridad de la ONU, gracias sobre todo al veto de EE.UU. por los intereses económicos que mantiene en la zona, pero también gracias a la calculada falta de contundencia de los demás países miembros, avala una vez tras otra el genocidio sistemático del pueblo palestino a manos del gobierno israelí. Me hace gracia cuando ante cualquier problema se levantan los cuatro papanatas de siempre apelando al diálogo como si su sola puesta en escena ya fuera suficiente para arreglar todos males del mundo. Pero no es así. El diálogo tiene sus reglas, y sobre todo debe partir de una voluntad real de llegar a un acuerdo, sí, desde la igualdad, de tú a tú, sin palmaditas en la espalda. Si quieren que les diga la verdad, me parece normal que muchos pueblos de mayoría musulmana se sientan humillados.

Luego hemos tenido que soportar el bochorno de contemplar a aquel puñado de líderes políticos asistiendo, en medio del mayor patetismo imaginable, a una de las manifestaciones que se produjeron en las calles de París en apoyo del semanario satírico galo, desvirtuándola del todo con su presencia. “Yo también soy Charlie Hebdo”, se podía leer en la pancarta que sostenían, un poco cohibidos, en un aparte para no mezclarse con el pueblo llano. Daba vergüenza ajena contemplar a la mayoría de esos líderes, cuya contribución a la promoción de los derechos humanos ha sido más que dudosa. Y, mira por dónde, también estaba allí Mariano Rajoy, impulsor de una ley de seguridad que en la práctica amordaza la libertad de expresión de los españoles y presidente del gobierno de un país que se permite el lujo de llevar al Tribunal Supremo a un simple humorista por hacer una parodia de su partido con una referencia a ETA (noticia aquí). Ah, sí, nos ha jodido, él también es Charlie… El cinismo parece no tener límites.

Todavía, existe otro punto de vista que no suele hacerse público pero que goza de gran predicamento: ¿quién mandó a esos dibujantes hacer chanzas del Islam a sabiendas del peligro al que se exponían? Mejor hubieran permanecido calladitos, estaban más guapos. Y, sí, esa hubiera sido la solución más fácil. ¿Pero quién dice que ejercer la libertad sea fácil? Estoy seguro que muchas de las personas que piensan de ese modo han contado en alguna ocasión chistes machistas, de negros, de homosexuales, de tartamudos, de personas impotentes o incluso minusválidas, como mínimo se han burlado de alguien en algún momento de sus vidas. ¿Y si un integrante de cualquiera de estos colectivos se les acercara un día y les soltara un puñetazo (o algo peor)? ¿Diremos también eso de que se lo han buscado? Si tomamos este camino, acabaremos todos sentados en las esquinas mirándonos unos a otros como suricatos, en guardia permanente y callados como putas.

Si renunciáramos al sentido del humor y a la capacidad de reírnos de nosotros mismos a cambio de seguridad, por mucho que en ocasiones la burla resulte hiriente, dejaríamos a un lado nuestra parte humana más reconocible, la vida sin la chispa del humor dejaría de merecer la pena. Claro que lo que algunos entienden por humor a veces choca frontalmente con nuestros gustos y convicciones, pero eso también nos ocurre con respecto a los demás… La democracia a veces es una jodienda.

Dicho lo cual, y siguiendo a Voltaire, me dejaría matar por el derecho de la revista Charlie Hebdo a mofarse de quien considere conveniente. Mi libertad, aunque parezca que no tiene nada que ver, también depende de la suya. No obstante, les diría a sus dibujantes y guionistas que la libertad necesita un alto sentido de la responsabilidad. No creo que exista nada tan sagrado que por su propia condición merezca ser preservado de la sátira, pero todo necesita un contexto. Uno no va a un funeral a contar chistes sobre muertos. Del mismo modo, los occidentales deberíamos abrir nuestra sensibilidad a las guerras y masacres que se están produciendo y se han producido por más de medio siglo en Oriente Medio, con el patrocinio y consentimiento de nuestros gobiernos. El sufrimiento producido hacia la población es indescriptible, de verdadero horror.

Y da igual que quienes a veces se sientan más identificados con el dolor que producen estas guerras deleznables sean jóvenes naturales de la misma y vieja Europa, una primera o segunda generación de inmigrantes procedentes de Medio Oriente o hermanados con su cultura. Lo cierto es que Europa no los ha sentido nunca como propios, por mucho que también ellos tengan su cuota de responsabilidad en cuanto al fracaso a la hora de integrarse en los países de acogida. Desde la situación de absoluta marginalidad que sufren estos ciudadanos en buena parte de Europa todo ello como herencia de una política colonial desastrosa, no es de extrañar que su identidad cultural la remitan al país de sus padres o abuelos; todos necesitamos una identidad cultural, y si quien te la proporciona es un extremista radical, el resultado es más que previsible.

En Oriente Medio decenas, si no cientos, de personas ven morir a sus seres queridos todos los días delante de sus ojos, incluyendo niños y ancianos, lo cual, como mínimo, es tan espeluznante como el ataque terrorista a Charlie Hebdo (aunque seguramente lo supere en varios niveles). Lo último que necesitan los países musulmanes es que encima nos mofemos de sus creencias, para muchos a lo mejor es lo único que les queda. La situación de sus habitantes en muchas zonas es límite, desesperada. La sangre está muy caliente, literalmente hablando. A lo mejor algunos deberían considerar, por puro sentido de la responsabilidad, si éste es el mejor escenario para hacer determinados chistes.

Aun con todo, sobra decir que un acto terrorista no puede justificarse ni con un millón de razones. Nuestra indiferencia e insensibilidad ante la masacre de poblaciones inocentes, tampoco.

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5 comentarios »

  1. Oriente y Occidente. Vamos para 3,000 años de diferencias irreconciliables. Dos visiones de la existencia distintas y aún peor: opuestas.

    Alguna ocasión vi en un libro que se decía que la mayor diferencia entre los orientales y los occidentales es que los primeros saben morir, en tanto que los segundos saben matar, En Termópilas un puñado de espartanos estaba dispuesto a matar hasta el último persa que se atreviera a intentar cruzar; con el mismo fanatismo miles de soldados persas se abalanzaban a los aceros griegos solamente para morir por la gloria de su rey y de su imperio. Vista así la frase que te comenté da asco, pero da que pensar.

    Ambas civilizaciones desde entonces nunca se han dejado de maltratar, mira que hubo tiempos en que Oriente fue quién llevó la batuta y las de ganar.

    Creo como tú que las potencias occidentales están muy interesadas en que los orientales no progresen, un oriente fuerte es muy peligroso para sus intereses. Un occidente fuerte y además burlón es intolerable para los orientales. ¿La religión? Un pretexto tan bueno como cualquiera para llevar las cosas al extremo fanático. ¿No acaso fue lo mismo que hicieron los cruzados? ¡Matar y destruir en el nombre de Dios!

    ¡Ay Dios, cuantos crímenes se comenten en tu nombre!

    Comentario por gato2707 — 1 febrero, 2015 @ 3:28 am | Responder

    • Hola Gato, el tema es muy complejo. Hay quienes intentan explicarlo con frases lapidarias, pero es un error. En el conflicto milenario mantenido por ambas culturas hay culpas a repartir hacia los dos bandos, y cada uno está obligado a sus propias reflexiones. No obstante, Occidente en la actualidad ha cruzado muchas líneas rojas, ha promocionado y está promocionando guerras en Oriente Próximo con resultados desastrosos para la población civil. Y eso es intolerable. Al margen de la responsabilidad individual de cada uno, es el caldo de cultivo para que florezcan todo tipo de extremismos. A mí me parece que los ciudadanos occidentales no podemos quedarnos con los brazos cruzados mientras nuestros gobiernos miran para otro lado o, peor aún, participan activamente en estas guerras. Debemos tomar conciencia y ser exigentes con nuestros gobiernos.

      Comentario por Iván Bethencourt — 1 febrero, 2015 @ 9:02 am | Responder

  2. Es un tema muy complicado este que se plantea y casi siempre se juzga negativamente a la ligera sin saber muchos detalles vitales de estas culturas. Esta claro que si enciendes la tele y tu cultura se alimenta de los informativos, prensa y demás, la sensación de miedo no te la quita nadie, porque es lo que vende . Como en la mayoría de los casos y como se comenta por ahí arriba, un poco de autocrítica no vendría nada mal para entender lo que está pasando en Oriente y Oxidente, sólo que, mirar para dentro de nosotros mismos es a veces dificil hasta doloroso, y da mucho trabajo.

    Comentario por Caco — 9 febrero, 2015 @ 6:50 am | Responder

  3. En primer lugar, cada día que paso en este mundo me reafirma mas en la convicción de no creer en ninguna religión, desde que Caín mató a Abel, y mucho antes, cuando un “dios” mandaba sacrificar a tu hijo, y el otro obedecía a pies juntillas, este sistema de creencias no iba bien, y así ha llegado a nuestros días. Nunca entenderé la necesidad de la gente a tener una creencia divina, obedecer sus órdenes, que yo imagino alguien muy listo y que quería poder, porque no se me ocurre otra cosa, dictó haciendo creer al resto que eran divinas, quizá debí llamarme Tomás, cual santo, pero es que a pesar de ser criado en la religión cristiana, esto nunca me convenció, y hoy aborrezco cualquier, religión, eso sí, las respeto, pero ni las necesito ni las sigo, simplemente me parecen una parte de las culturas de cada pueblo, equivocadas bajo mi punto de vista, pero equivocadas al fin y al cabo.

    En cuanto al papel de Occidente en Oriente, siempre ha sido interesado, el año pasado tuve la oportunidad de estar en Túnez, y la gente de allí te cuentan la primavera árabe con una pausa, la primera parte sonriendo y alegrándose de sacar del poder a los sátrapas corruptos, y aquí viene la pausa, les cambia el semblante, y la segunda parte de la historia es, ¿y ahora qué?, pues te cuentan que en resumidas cuentas el país sigue igual que antes, sin dictadores, pero con unos políticos que no se ponen de acuerdo en nada, y sus vidas siguen estancadas igual que antes.

    Y en cuanto a la libertad de expresión, tema escabrosísimo, ¿dónde está el límite?, a ti te hace gracia un chiste sobre un gomero, pero quizá a uno que vive en Alajeró no le hace ninguna.

    Comentario por Iván Moreno — 3 marzo, 2015 @ 11:53 am | Responder

    • Yo tampoco soy religioso, pero entiendo que ciertas personas necesiten el apoyo de una creencia divina. Lo entiendo sobre todo cuanto más retrocedemos en el tiempo, a día de hoy incluso cualquier creyente inteligente introduciría unos cuantos matices con respecto a las creencias tradicionales. Ahí tenemos, sin ir más lejos, al Papa Francisco, que a pesar de ser la máxima autoridad de la Iglesia Católica dice cosas muy razonables. No obstante, me reafirmo: no soy creyente. Y vuelvo a reafirmarme: el hecho de que otras personas lo sean no me genera ningún conflicto, mientras me sienta respetado por ellas.

      La primavera árabe fue una oportunidad perdida. Occidente debió implicarse apoyando a los grupos más prodemocráticos; sin embargo, Occidente siempre se ha destacado por su apoyo a los dictadores de Oriente Próximo. Nada nuevo bajo el sol. Pero, quién sabe, puede que haya quedado ahí un caldo de cultivo del que se alimenten futuras revoluciones más exitosas. Ojalá.

      ¿Dónde está el límite de la libertad de expresión? Es y será siempre un tema no resuelto, sobre todo porque el débil equilibrio entre la libertad de informar y la dignidad de las personas depende de dos elementos que ninguna norma podrá delimitar jamás: nuestra responsabilidad y nuestro compromiso. Estamos demasiado acostumbrado a que las instituciones de Papá Estado nos lo dé todo mascado. Pero hay ciertas cosas que dependen directamente de la actitud de cada uno de nosotros. Sin más.

      Saludos

      Comentario por Iván Bethencourt — 3 marzo, 2015 @ 1:35 pm | Responder


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