El jardín del exilio

3 julio, 2015

El cambio en estos tiempos que nos han tocado vivir

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 10:42 am
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serveimageEn mi época de estudiante a menudo me deparaba con un problema desconcertante respecto a la disciplina de Historia. No conseguía deshacerme de una sensación un tanto vaga de perplejidad, como si incomprensiblemente “algo” no terminara de encajar. Hasta que un día, por fin, me di cuenta de qué se trataba. Estábamos dando la época de la Roma Clásica, más concretamente su periodo final de decadencia, cuando, de una forma un tanto inusual, completamos el tema a mitad de clase para en seguida comenzar con la Edad Media. Cuando giré la página, de inmediato me invadió una profunda sensación de extrañeza. El libro de texto realizaba el paso de una época a otra de golpe, sin ninguna transición: pasaba de presentar imágenes típicas de la Edad Antigua Romana, con toda su parafernalia y estética características (gente con toga, templos soportados por grandes columnas cilíndricas al estilo ateniense, soldados con penachos rojos y espadas cortas), para a continuación ofrecer otras plagadas de castillos con altas torres almenadas y caballeros cubiertos de complicadas armaduras de acero. ¿Qué había sucedido? ¿Acaso debíamos suponer que la historia humana se desarrollaba como si nos encontráramos en un teatro, donde se corre el telón para en el acto siguiente, como por arte de magia, aparecer un escenario apenas coincidente con el anterior?

Mucho más tarde comprendí que es precisamente en esos procesos de transición donde se sustancian los elementos esenciales para entender de verdad el discurrir de la historia y que esas imágenes estandarizadas de cada momento (que muchas veces nos encontramos en los libros de texto o en las películas) apenas constituyen estereotipos para mentes perezosas, demasiado proclives a dar por sentada la complejidad del mundo que nos envuelve.

Pero, en fin, inevitablemente uno va cumpliendo años y entonces comenzamos a analizar las cosas con un poco más de perspectiva. En esos momentos entendemos que la realidad (el universo, el ser humano) no llega a ningún lugar concreto, por mucho que intentemos delimitar con mayor o menor fortuna épocas históricas, que la vida en su conjunto no es otra cosa que una eterna e inaprensible transición que una y otra vez se nos escurre de los dedos. Sin embargo, la vida humana es tan dramáticamente corta, ocupamos un lugar tan insignificante en el espacio-tiempo, que nuestra experiencia cotidiana muchas veces no nos alcanza para “sentir” en plenitud el dinamismo inexorable y subliminal de esos procesos de transformación, la realidad misma. En definitiva, somos demasiado limitados, nos vemos en la tesitura de trocear la realidad y envolverla en el celofán de las categorías para poder situarnos y establecer unos marcos de referencia con los que entendernos. El problema es que muy a menudo sucumbimos a nuestras tendencias egocéntricas y nos da por pensar que esos conceptos mentales tan elaborados (y culturalmente arraigados) son la realidad; ni más ni menos, confundimos el mapa con el territorio. Es uno de los errores más fundamentales en que solemos incurrir los seres humanos.

Ya es un lugar común escuchar en estos últimos tiempos eso de que “estamos en una época de cambio”. Se trata de una afirmación que, desde un punto de vista relativo, tiene algún sentido. Pero no es del todo exacta, porque es evidente que no tenemos más elección que vivir inmersos en el cambio. Lo que sucede es que los conceptos, que inevitablemente asumimos como categorías de lenguaje y de interpretación de la realidad, están imbuidos de un singular espíritu de eternidad, de esa idea tan férreamente asumida de que “las cosas son así”. Solo cuando la realidad (sobre todo la realidad social) deja de encajar en esas categorías que hemos establecido para interpretarla es cuando empezamos a hablar de cambio… y de “crisis”. La cual, en sus múltiples contextos, puede ser definida como esa sensación de vacío (o más bien de terror) que sentimos los seres humanos cuando nuestras antiguas categorías mentales ya no nos sirven para interpretar el mundo y aún no hemos sido capaces de formular unas nuevas. Dicho de otro modo: las crisis son el resultado de nuestra incapacidad para asumir los cambios e integrarlos como algo consustancial a la vida. Cuando se dice que los seres humanos acumulamos una inveterada inclinación a temer los cambios, significa, sin medias palabras, que no podemos evitar cierta tendencia a la estupidez.

Como nos advierten los gurús de la nueva educación, una habilidad fundamental a desarrollar en los actuales y futuros habitantes de este incipiente Siglo XXI consiste en la capacidad para desaprender las cosas que nos han enseñado, volver a aprenderlas o a repensarlas (sin necesidad de que medie menosprecio por las cosas del pasado). En resumen, nos incitan acertadamente a desarrollar habilidades y estrategias mentales enfocadas a que las personas aprendamos a adaptarnos al cambio o, mejor aún, a que fluyamos con él de forma natural, que es, a su vez, una manera de hacernos más sabios, es decir, más felices. Al fin y al cabo, es lo único que debería contar.

Resulta extraño que pensemos tan poco en ello.

1 comentario »

  1. Date: Fri, 3 Jul 2015 10:42:30 +0000 To: mamygrimon@hotmail.com

    Comentario por Teresita Rodriguez Grimon — 4 julio, 2015 @ 12:14 pm | Responder


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