El jardín del exilio

30 octubre, 2015

Generosidad

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 9:54 am
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GenerosidadDesde muy pequeños ya te lo dejan claro. En este mundo sólo hay lugar para dos clases de personas: los ganadores y los perdedores. No hay margen para el error o el despiste; si no espabilas terminas el último de la cola, pisoteado por todos y sin remisión, humillado y vilipendiado. En esa patria de inocencia perpetua que es la niñez resulta chocante el día menos pensado recibir a bocajarro la “dura realidad”, lo despiadado del mundo, en una especie de malévolo rito iniciático. Un escupitajo en toda la cara. “Es lo que hay”, oyes suspirar a alguien. Y ahí queda la cosa. Puede que hayas quedado marcado para el resto de tu vida, pero ¿qué se puede hacer? Ahí queda la cosa, es la historia que contaremos a nuestros hijos y la que éstos contarán a los suyos.

Uno llega a la adolescencia herido de muerte, y no es que esté prohibido practicar el bien, entiéndase: si es dentro del círculo más estricto de “los tuyos” o unos minutos después de la misa de los domingos; o llorar: si lo provoca un melodrama o la canción de Eurovisión. Ahora bien: “la realidad” es otra cosa, es decir, una especie de aparte donde los grandes principios han sido desterrados. ¿La filosofía? ¿La poesía? ¿El altruismo? Todo muy bonito y noble pero, nanai, milongas para hacer dormir a las vacas; aquí lo único que cuenta son las monedas que puedas hacer tintinear sobre la mesa, o nada.

Ya es un lujo poder alcanzar la madurez creyendo todavía en la posibilidad de un mundo mejor; la cantidad de despropósitos y desaires que ha tenido que soportar uno… Llegan a mirarte hasta con pena: el estado natural de las cosas son la suspicacia, el engaño, la doblez, la mala fe y el egoísmo. Fin de la discusión. A nadie se le ocurre pensar que este mundo es tan sólo uno entre infinitos posibles; deberíamos hacerle más caso a la Mecánica Cuántica… Existen principios muy buenos sobre los que fundamentar sociedades más sanas, ambientes más respirables, principios que deberían servir para algo más que para inspirar guiones de cine u obras de teatro. ¿Qué nos pasa? Es evidente que hemos claudicado, hemos permitido que la esperanza se nos pierda por el sumidero, de modo que cualquier debate está viciado de raíz.

El otro día estuve discutiendo sobre un principio que me parece sublime:

Dar a cada uno según sus necesidades,

exigir a cada uno según sus posibilidades

Pero no hay manera. ¿No fue Marx quien lo dijo? Pues ya está, no se puede debatir sobre algo tan comunista… A nadie le interesa saber que, en efecto, aunque fue recogido por el gran teórico del capital y constituyó una de las principales banderas del socialismo y los movimientos obreros, dicho principio posee muchos siglos de antigüedad, habiendo sido formulado de forma diversa en distintas tradiciones, entre ellas, la cristiana. Pero, además: ¿quién establece las necesidades y posibilidades de cada uno, un comité de soviets? Imagínate que estamos en una fábrica y que, siguiendo la máxima enunciada y para la misma función, unos trabajan más que otros pero terminan recibiendo el mismo sueldo; será inevitable que en algún momento quienes más contribuyen decidan rebelarse y ajustar su esfuerzo al ritmo de los que trabajan menos, ya que van a percibir lo mismo… En un mes la producción de la fábrica se va a tomar por saco. ¡Te hemos pillado!

Lo curioso de todo esto es que si intentáramos rebatir las “verdades” establecidas del mundo actual con los mismos argumentos descubriremos con pesar que no serían admitidos con el mismo rigor, lo más seguro es que se nos aplique una doble vara de medir. Por ejemplo, ¿quién decide que es “libre mercado” la competencia de la tienda de la esquina con una multinacional? Todavía mejor: ¿por qué hemos de aceptar convertir el mundo en un campo de batalla donde los más débiles terminan tirados en la cuneta? No me digas, ¿así son las cosas? Repito: todos los debates están viciados.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que si todos nos dedicáramos concienzudamente a acaparar lo máximo y a desprendernos de lo mínimo, el mundo acabaría colapsando. Ya lo habría hecho; afortunadamente, los seres humanos no funcionamos de ese modo. El castillo ideológico que viene construyéndose desde hace siglos, basado en considerar que el bien común se alcanza poco menos que apuñalándonos por la espalda los unos a los otros, se nutre de la presunción de que la naturaleza humana puede ser reducida a un simple modelo matemático, como haríamos al analizar una “cosa” cualquiera. Lo cierto es que la vida cotidiana está plagada de situaciones que trascienden al individuo y su interés particular, elevado en la actualidad a los altares como lo único a tenerse en cuenta. Somos la suma de muchas realidades que están interconectadas las unas con las otras y no partículas aisladas vueltas del revés sobre sí mismas.

Eso es lo que no entienden quienes se empeñan en rebatir toda posibilidad de que el mundo se convierta en un lugar mejor, están atrapados en su propia trampa. La generosidad no sólo debe ser considerada una exigencia ética, una conducta altruista o simplemente “buena”, una de esas cosas que nos vienen de vez en cuando para que podamos sentirnos mejor durante un rato, una especie de licencia poética en la que caemos por despiste algunos ingenuos.

Se trata de entender que sin generosidad, la propia vida no es posible. Desde luego, un debate constructivo tampoco.

6 comentarios »

  1. Corrigeme si no es cierto que la humanidad lo ha resuelto en parte, con la democracia y la Justicia. Tenemos un gran anhelo: “la Igualdad”, pero no todos somos iguales, el egoísmo antecede a ese deseo, pulverizandolo…

    Comentario por loren — 31 octubre, 2015 @ 10:40 pm | Responder

    • La humanidad ha dado tres pasos de gigante en su corta travesía histórica cuyo alcance nunca podrá valorarse lo suficiente: el pensamiento científico, la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, vemos lo poco que se valora el pensamiento científico en la educación y a la hora de encontrar soluciones a nuestros problemas, lo podrida que están las democracias modernas y cómo se vilipendian los derechos humanos en favor de los privilegios del capital. Quiero decir, no existe ninguna línea histórica que sea irreversible; si no tenemos cuidado y no aprendemos a valorar lo fundamental (superando ese egoísmo cortoplacista que tanto se ensalza como fórmula para alcanzar el éxito) podríamos desembocar en una nueva edad media.

      Un saludo, Loren.

      Comentario por Iván Bethencourt — 1 noviembre, 2015 @ 10:29 pm | Responder

  2. Compartir lo que se tenga aunque sea poco. Es un principio elemental que debe seguir cualquier ente, lo hacen incluso las fieras. Las ideologías políticas han intentado Repartir, que no es lo mismo porque él que parte y reparte siempre se queda con la mejor parte.

    El que comparte ejerce una de las más bellas formas de la caridad (entendida como amor), como es el caso de un padre que comparte con su familia todo el producto de su esfuerzo, aún al grado de quedarse el mismo sin nada.

    El reparto es un asunto de los gobiernos y de las empresas, donde lo que se pretende es “dar” a los otros una proporción de lo que se tiene.

    Así el que comparte lo hace más allá de las justas proporciones, da incluso mas de lo que tiene. En cambio los que reparten lo hacen pensando en los números y no en el otro, siempre ajustados a maximizar los recursos o a minimizar las pérdidas.

    El problema como lo veo entonces es que las sociedades nos impulsan a la repartición que tiende a convertirse en rebatinga. Hay que redescubrir el acto simple de compartir. Si cada uno lo hacemos más a menudo con seguridad todos cambiaríamos para bien.

    Comentario por gato2707 — 1 noviembre, 2015 @ 3:22 am | Responder

    • Hola Gato, me gusta la idea de diferenciar compartir de repartir. Lo que me gustaría menos es que se considerara el compartir una forma de caridad. Para mí es más una cuestión de justicia, aunque también de puro sentido común, de aprender a entender las cosas un poco más allá de nuestras propias narices.

      Saludos, amigo.

      Comentario por Iván Bethencourt — 1 noviembre, 2015 @ 10:35 pm | Responder

      • La caridad entendida como dádiva o peor aún como limosna, es de hecho lo que hacen los gobiernos, y para colmo de la confusión siempre sostienen que lo hacen como una forma de justicia: justicia social, término leído y escuchado hasta la saciedad.

        Tienes razón: debemos aprender a entender.

        Comentario por gato2707 — 2 noviembre, 2015 @ 2:25 am

  3. Gran artículo, ya te echabamos de menos. Gracias por tu generosidad que dicho sea de paso viene muy al cuento.

    Comentario por Caco — 2 noviembre, 2015 @ 3:52 pm | Responder


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