El jardín del exilio

23 julio, 2016

Sí, la igualdad

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 12:17 pm
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Igualdad IIImagínate que todos fuéramos iguales. Aguarda: aunque no te lo creas, es necesario hacer un ejercicio de imaginación, porque nunca, NUNCA, ha existido en el mundo algo parecido a la igualdad (bueno, quizá en los albores de la prehistoria o en las sociedades de cazadores-recolectores). Sí, ya sé que estás a favor de ella, que crees firmemente en sus principios y que te figuras que todos lo somos. No esperaba menos. Pero, así y todo… imagínate por un momento que todos somos iguales… A ver qué pasa.

Imagínate que tú eres, no sé, carpintero, y que yo soy, por ejemplo, albañil. Tú y yo somos iguales, de modo que intercambiamos servicios libremente, de igual para igual. Tu trabajo vale tanto como el mío; pongamos que tú me confeccionas y me montas una cocina y yo te hago una reforma del baño. Nos damos la mano y, después del intercambio, ni tú me debes nada ni yo te lo debo a ti. Porque, es lógico, somos iguales.

Eso no quiere decir que tú no puedas ser más rico que yo, o lo contrario. Habría dos maneras de que esto sucediera.

a) Tú eres más currante que yo. Empleas más horas de trabajo, luego sacas más beneficios.
b) Tu trabajo es más cualificado. Has invertido muchas más horas que yo en formación, luego tu trabajo vale más que el mío y sacarías más rendimientos aunque ambos trabajáramos las mismas horas.

Una sociedad donde imperara un tipo de igualdad radical como el que acabamos de describir estaría vacunada de plano contra los grandes desequilibrios sociales y de clases. Sería imposible que se dieran en una proporción que llegara a desestabilizarla. Aunque, insisto, las complejidades de cada individuo harían inevitables situaciones de conflicto y agravios comparativos. No estoy describiendo un mundo ideal, ni lo pretendo. De eso no hay quien nos salve.

Ahora bien, existen dos maneras de romper con la igualdad entre los diferentes individuos. Es decir: de violarla, mancillarla o pervertirla.

a) Echando mano del engaño o la mala fe. Para resumir: dando gato por liebre o usando malas artes subrepticias para desprestigiar el trabajo o la persona de otro.
b) A través de la violencia, ya sea física o mediante una situación de prevalencia objetiva. En este último supuesto bastaría imaginar que tú fueras mi empleado en una empresa y que yo, aprovechándome de mi condición de jefe (cabrón, en este caso), te impusiera aceptar que la reforma del baño por mí realizada vale más (por cojones) que la cocina que tú has confeccionado, dejando en el aire el mensaje subliminal de que si no entras por el aro… te despido.

Sin embargo, todavía existe una tercera forma de hacer descarrilar el principio de igualdad. Se trata de un modo muy sutil de engaño, que podríamos haber incluido en el apartado correspondiente, pero no lo hemos hecho porque tiene que ver con una extraña circunstancia que bien merece un apartado propio: el autoengaño, nuestra empecinada voluntad de no aceptar la realidad tal y como es o, en definitiva (como diría Erich Fromm), nuestro miedo a la libertad, nuestro miedo a ser felices —con todas sus consecuencias, como la de asumir la responsabilidad por nuestro propio destino.

Se trata de algo como esto. Imagínate que yo, como albañil, decido crear una «marca». Existen muchas personas que ponen bloques y alicatan baños, pero yo consigo convencer a los demás de que mi trabajo es «especial»… Yo me presento con un uniforme de colores llamativos y decido proporcionarle a mis clientes un trato «diferenciado», les sonrío todo el tiempo, me dedico a decirles «sí,señor, esto; sí señor, lo otro». Pero además me anuncio con una música emotiva de fondo, hago creer que mis resultados subliman el antiguo sueño que tiene todo el mundo de vivir en una casa ideal, cuyo interior, de pronto, pasa a estar poblado por esos recuerdos que hemos dejado en la infancia, la voz de nuestra madre como un eco reconocible… Me invento un nuevo concepto: ahora, en vez de reforma, lo paso a llamar «reforma Tal». Ah, y yo tampoco soy albañil, ahora soy «Tal». Etcétera. Y cobro más caro por ello, claro.

La historia de la desigualdad, por desgracia, no solo versa sobre las diferentes estrategias desplegadas por un minoría —también llamada «élite»— para conseguir someter a una gran mayoría de personas. También es la historia de cómo esta gran mayoría ha entregado y sigue entregando su libertad, voluntariamente, para que sea custodiada por aquella en una especie de paternalismo perverso. ¿Cómo es posible que aún a día de hoy, con tanta información y formación a nuestra disposición, lo sigamos consintiendo? Pues, por increíble que parezca, gracias a una gran falacia de la que han conseguido convencernos y que repite a pies juntillas hasta el más pringao habitante del planeta: sin desigualdad no hay progreso… Portazo final.

Dicha idea es probablemente la más criminal de las formuladas jamás por la humanidad. Pero ahí está, firme como un roca.

Pero, cuidado, la desigualdad se esconde bajo apariencias muy sutiles y complejas. Una de ellas podemos identificarla con eso que llamamos beneficio. Partiendo de la base de que que tú y yo somos iguales, tal y como hemos imaginado, ¿mediante qué manera se supone que yo podría conseguir un beneficio sobre ti? El concepto de «beneficiarnos de alguien» encierra unas connotaciones que chocan frontalmente con la idea de igualdad. No obstante, es lo que sucede cuando se produce un beneficio (entendido en el sentido de plusvalía): alguien ha conseguido, a través de alguna de las tres formas anteriormente descritas, aprovecharse de otro y corromper así los lazos que ligan una relación recíproca basada en la igualdad.

La mayoría de nosotros, por ejemplo, buscamos legítimamente obtener un interés del banco. Pero ¿por qué un banco produce intereses? Un interés no es más que el final de una prolongada cadena cuyos eslabones se engarzan unos con otros mediante una fuerza opresora —de facto— que permite ir desplazando, entre enlace y enlace, la apropiación de una parte importante de la riqueza ajena… de la que a nosotros nos llega las últimas migajas. Lo siento, es así.

Pero, no temas, el objetivo de este artículo no es hacerte sentir culpable (porque, vaya, todos lo somos en alguna medida). Su intención, más bien, consiste en intentar hacerte ver que asumir la igualdad —la Igualdad— hasta sus últimas consecuencias, como fórmula, primero, para ejercer por parte de todos una libertad auténtica y, segundo, como base inapelable de una verdadera justicia, requiere un sacrificio personal ineludible. Quizá rebajar un poco nuestras expectativas vitales… Quizá reflexionar sobre si realmente somos tan importantes y especiales como habíamos imaginado…

Quizá, en definitiva, darnos cuenta de que, por fortuna o por desgracia, somos mucho más iguales de lo que en principio nos gustaría admitir. Y mira que nos cuesta.

1 comentario »

  1. Ja,ja, buen artículo, mientras haya más dinero en un lado que en otro, nunca habrá igualdad!! Aunque es verdad que tenemos mucho que decir a nivel individual.

    Comentario por caco — 27 julio, 2016 @ 6:06 am | Responder


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