El jardín del exilio

27 agosto, 2016

Las tres caras de los transgénicos

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 1:33 pm
Tags: , , , , ,

TransgénicosLa vida es un milagro de proporciones épicas. Viene abriéndose paso desde hace cientos de millones de años ante un mundo que la pone constantemente a prueba. La extraordinaria presión a la que está sometida por los estrictos dictados de la supervivencia la conmina a adaptarse sin paliativos, a abrirse a posibilidades insospechadas, a mezclarse, innovar, explorar a tientas caminos desconocidos, fracasar, volver a empezar, dar saltos evolutivos desconcertantes o llegar hasta el límite de sus fuerzas con tal de lograr un equilibrio precario con el entorno. Porque, al final, no existe nada más precario que la propia vida. Ni más precioso.

Las cosas no suceden porque sí. Los organismos vivos liberan todos los días millones de mutaciones genéticas que son filtradas por el fino colador de la supervivencia de las especies. Solo unas pocas mutaciones sobreviven y arraigan; es necesario que una misma mutación se produzca en varios organismos a la vez y que esta, en un espacio muy determinado, genere en sus descendientes una inesperada ventaja competitiva. Es como si habláramos de un gigantesco experimento científico basado en un procedimiento aleatorio y casi infinito de ensayo-error. En cierto sentido, la vida se asemeja a esa voluntad ciega y arrolladora que describía Schopenhauer. No hay una antorcha que guíe su camino, la vida progresa dándose cabezazos contra un muro.

Ahora bien, ¿cuál es el problema de consumir un alimento al que se le ha introducido una mutación genética, un alimento transgénico? Todos los alimentos han llegado hasta su estado actual a través de millones de mutaciones, por tanto resultaría difícil esperar que alguien elija objetar precisamente esta circunstancia a la hora de consumir un alimento. Pero, sí, contra todo pronóstico es lo que sucede. Así que, de una vez: ¿cuál es el problema? Se dice que los transgénicos producen cáncer u otros efectos adversos para la salud, o incluso que pueden provocar mutaciones genéticas inesperadas en nuestros hijos. «¡Pero si le ponen proteínas del cerdo a los cereales!», se escucha comentar por ahí. No obstante, si comemos cereales y no nos hacen daño, y comemos carne de cerdo y no nos hace daño, ¿por qué vamos a suponer que una combinación ínfima de ambos nos va a perjudicar? No. La suposición de que los transgénicos de algún modo menoscaban nuestra salud no tiene ninguna base científica. Ninguna.

Podría ser que la dificultad radique en el hecho de que sea la mano del hombre la que introduce artificialmente esa mutación genética en el alimento. Pues bien, es lo que viene haciendo la humanidad desde que domesticó los primeros animales y plantó los primeros cultivos, hace varios miles de años: seleccionar y potenciar «artificialmente» características genéticas que se consideraban beneficiosas desde el punto de vista de la producción. La diferencia es que ahora esa selección se realiza de un modo mucho más sistemático y directo, pero el resultado es el mismo: especies vegetales y animales cuya evolución ha sido modificada por la voluntad del hombre. Lo mismo aunque a muy diferente escala. En la actualidad la agricultura transgénica tiene el potencial de vencer varias limitaciones impuestas por la naturaleza y el cambio climático, y podría servir de base para enfrentarnos en un futuro próximo al gran desafío que se nos viene encima: alimentar a una superpoblación de seres humanos sin menoscabar demasiado los ecosistemas naturales.

Pero no nos emocionemos tanto. La agricultura transgénica sí que presenta unos grandísimos peligros, aunque en unas direcciones que por lo general no se tienen en cuenta. Entender estos peligros podría ayudarnos a centrar el debate. Un debate crucial para el futuro de nuestra especie y de todas las demás especies del planeta.

Peligro Nº1: La biodiversidad

Si finalmente los gobiernos acceden a permitir la libre utilización de semillas transgénicas, al ser más productivas, serían las que previsiblemente terminen plantando todos los agricultores. En consecuencia, las especies tradicionales irían desapareciendo del paisaje poco a poco o acabarían irremisiblemente «contaminadas» por el polen de las plantas transgénicas. El problema: se perdería biodiversidad. Las plagas y los agentes patógenos también mutan genéticamente —y ellos más que nadie—; si en algún momento llegaran a desarrollar características contra las que no pudieran defenderse los cultivos transgénicos, no podríamos ya contar con el material genético de otras variedades potencialmente resistentes a dichos ataques, una vez que dichas variedades se habrían extinguido.

La biodiversidad es un asunto muy delicado. No puede dejarse al albur de intereses corporativos cortoplacistas o al capricho de los mercados, en cuyas operaciones esta cuestión de tanta trascendencia ni siquiera se contempla. Si nos tomamos en serio la sostenibilidad del planeta debemos luchar para que los cultivos transgénicos estén regulados a nivel mundial y se realicen en condiciones controladas. Mantener la biodiversidad de las especies debería figurar en los puestos más altos de la lista de prioridades de la humanidad.

Para resumir este apartado, debemos seguir avanzando en la investigación genética con el objetivo de desarrollar cultivos cada vez más productivos, más resistentes a las sequías y a las plagas. Pero también debemos garantizar unas condiciones medioambientales suficientes como para permitir que la naturaleza pueda seguir su curso y evolucionando según sus propias reglas.

Peligro Nº2: Los señores de las semillas

Antiguamente los agricultores, junto con sus cultivos, producían también sus propias semillas. Los trabajadores del campo nunca lo han tenido fácil, en el imaginario popular figuran como el epítome del sacrificio, de la abnegación y, por supuesto, de la pobreza. Sin embargo, mal que bien, los agricultores de antaño por lo menos tenían el control sobre sus semillas: climatología aparte, dependían de su propio trabajo. Hoy en día se dice que sus condiciones, si nos limitamos al mundo desarrollado, han mejorado. Pero, ay, a cambio han cedido una importante parcela de su libertad, ya no son dueños de las semillas que plantan. En la actualidad dependen de los más que cuestionables intereses de las multinacionales.

No es casualidad que esas plantas que son ahora tan productivas y resistentes a las adversidades medioambientales no generen semillas. Claro, si no ¿dónde estaría el negocio? Es el vivo ejemplo de cómo las multinacionales, con la bandera del neoliberalismo enarbolada, destruyen sin piedad el tejido humano de las comunidades su cultura, su solidaridad bajo la promesa de una prosperidad que, al final del camino, se nos revela como la trampa más cruel de todas las imaginables: aquella en la que caemos por voluntad propia, incluso alegremente. Los agricultores dejaron de seleccionar sus propias semillas hace ya mucho tiempo, ahora si quieren plantar deben ir a la tienda más cercana y pasar por caja. Ah, pero ¿y si eres pobre y no tienes dinero? La trampa se cierra.

No se puede iniciar un debate serio sobre la sostenibilidad alimentaria de las generaciones futuras si las decisiones que afectan a ese escenario crítico y más aún si hablamos de las profundas implicaciones que conllevan los transgénicos dependen exclusivamente de motivaciones económicas que operan sin el control de un poder democrático y que no toman en consideración todas las variables socioeconómicas y medioambientales que afectan a cada zona específica del planeta. Las semillas deben volver a manos de sus poseedores naturales, los agricultores, pero al mismo tiempo las sociedades deben asumir, por una cuestión de pura coherencia, que no se puede hacer recaer individualmente sobre estos los costes y avatares de la producción de alimentos cuando de sus resultados depende la humanidad en su conjunto.

Urge encontrar un modelo alimentario que sea capaz de situar el bienestar humano y el medioambiente como ejes centrales de la acción política, social y comunitaria.

Peligro Nº3: El control sobre el código

Toda la realidad que nos circunda es información Si no controlas la información, eres esclavo del sistema, no puedes aspirar a una libertad auténtica. La información es poder, porque es dinero contante y sonante que fluye desde las personas que se mantienen en la ignorancia. Ninguna empresa te va a contar la verdad, porque su objetivo último, más allá de la bonita propaganda de la que se valgan para afirmar lo contrario, es mantenerte cautivo de sus productos —en la ignorancia.

A lo mejor podemos aceptar que la información que afecta a determinados productos se preste a ser gestionada por el secretismo y las patentes de las grandes marcas. Pero ¿qué pasa cuando de esa información depende directamente la vida de millones de personas? Las patentes cada vez tienen menos sentido. Es una lógica difícil de desmontar, porque está enquistada en el corazón del sistema capitalista: la competencia, el crecimiento, las ganancias económicas, la propiedad de las ideas. Sin embargo, cuando la información se comparte el beneficio es infinitamente mayor, llega a todos los agentes implicados. Este es el umbral que debemos traspasar para que esta nueva e incipiente sociedad de la información pueda desarrollarse en plenitud. Necesitamos paradigmas radicalmente distintos. Pero ya mismo.

Y, desde luego, no podemos permitir que la información biológica concerniente a los transgénicos permanezca en la caja negra, oculta al escrutinio público. Las razones que empujan a una multinacional a introducir un determinado gen en una semilla de maíz pueden no tener mucho que ver con las verdaderas necesidades alimenticias de la comunidad a la que va destinada. A lo mejor su investigación se centra más en las características estéticas del alimento que en sus propiedades nutricionales; a lo mejor hasta le importa un bledo que sus semillas no se adapten a un tipo determinado de suelo, para eso está su línea de fertilizantes. Etcétera.

Se trata de una cuestión de seguridad elemental: la investigación genética que afecte a los alimentos debería ser declarada open source, es decir, de código abierto. Los resultados y avances que se realicen en este ámbito deben ser públicos y libremente compartidos, para que sea la humanidad en su conjunto, y no la tutela de los poderes corporativos, quien tome las riendas de los asuntos relacionados con su propia supervivencia.

Nada menos. Pero ¿cómo se puede luchar contra los prejuicios? Pues a través de la información. Pero libre y no sesgada.

2 comentarios »

  1. Totalmente de acuerdo. Muchas gracias por el post, resume perfectamente las verdaderas claves del problema.

    Comentario por Victor — 27 agosto, 2016 @ 2:44 pm | Responder

  2. Un punto de vista interesante, pues el término transgénico casi siempre va unido a una idea de peligrosidad, pero visto desde éste punto de vista, dejas claro que no tiene que ser necesariamente así, y además queda bien fundamentado. La idea tipo código abierto también la comparto.

    Comentario por caco — 28 agosto, 2016 @ 3:56 pm | Responder


RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: