El jardín del exilio

31 octubre, 2017

Catalanes, españoles: aquí manda Don Dinero

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 3:33 pm
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Don DineroLa prueba más palpable de que no se produjo la independencia unilateral de Cataluña, como hubieran querido quienes la proclamaron hace unos días (¿querían hacer eso realmente?), es que al día siguiente hasta el último independentista catalán seguía haciendo sus compras en euros. A ver, amigos, no, lo siento: ningún país del mundo puede hacer uso de la moneda europea y de las condiciones que de ella dimanan sin haberlo pactado con la Unión Europea y sus estados miembros.

Hablemos en serio. Si tú de verdad has proclamado la independencia de un territorio, en el siguiente acto debes poner sobre la mesa los recursos que la hagan factible, es decir, tienes que haber creado ya tu propia moneda. Sí, venga, instauremos ahora mismo un banco central y pongámonos a imprimir billetes, ji ji ji, ja ja ja. Pero, ay, ¿saben qué diferencia existe entre un simple papel y uno con valor monetario? ¿De dónde surge el valor del dinero? Ese es el quid de la cuestión y la primera incógnita que un grupo secesionista debe despejar antes siquiera de pensar en dar el primer paso hacia una hipotética independencia. Lo demás son cuentos chinos.

Muchos están convencidos de que una república catalana unilateral es imposible porque ningún gobierno de peso la reconocería. Se equivocan. Bastaría con que su moneda fuera aceptada por los bancos y la pusieran a circular por el sistema financiero. Al día siguiente podríamos tener hasta el propio Gobierno español reconociendo el nuevo estado. Lo que pasa es que llegar hasta este escenario requiere el cumplimiento de una serie de arduas condiciones, y ya sabemos cómo se las gastan los bancos a la hora de imponer sus condiciones… Exploremos este camino.

Amigos, el dinero es deuda. Repito, por si no les ha quedado lo suficientemente claro (por favor, grábenselo a hierro y fuego): EL DINERO ES DEUDA. O es deuda que uno impone a los demás a través del expolio y la extorsión, como han hecho y siguen haciendo las grandes potencias, o, si no formamos parte de este selecto club —como es lógico, no sería este el caso de Cataluña—, es deuda que uno se ve forzado a adquirir en unas condiciones que siempre benefician al acreedor. Para que la cosa quede clara: Cataluña, para empezar su andadura como país independiente, primero tiene que endeudarse —y muy seriamente— con los bancos. Para que quede aún más claro: debe vender su alma al diablo. Como hemos hecho todos.

Ahora pongámonos en situación. El Gobierno catalán ha impreso unos cuantos camiones de billetes que, por supuesto, no valen un pimiento, con la intención de echar a andar las principales instituciones del país (lo primero sería crear un ejército y un cuerpo policial, porque, queridos amigos, los estados son fundamentalmente estructuras represivas). O sea, lo tenemos ahí mirando hacia los lados sin saber qué hacer. Pero entonces llega un representante de un gran banco y le dice: «oye, que yo te ingreso ese dinero en una cuenta corriente y avalo tu proyecto». «Uy, qué bien», le responde el presidente catalán al borde de las lágrimas ante semejante acto de generosidad. Y a continuación firma un contrato sencillo, aunque con una cantidad inmensa de letra pequeña… Lo normal es que un banco compre deuda de un estado cuando la entidad conoce a ciencia cierta que dicho estado posee una estructura productiva sólida respaldada por unas instituciones capaces de proteger sus intereses incluso en el peor de los casos —a los bancos les importa una mierda la democracia, es más, en ocasiones les es un estorbo—, lo cual quiere referirse a sus expectativas de cobro que, como es sabido, se extienden muchos años en el tiempo, incluso décadas o siglos. Ahora bien, una Cataluña recién instaurada sería más bien una incógnita para los inversores. Pensemos en la mayoría de los países africanos; ofrecen muy pocas garantías de estabilidad. ¿Qué hacen entonces los bancos? No, por supuesto, no les compran deuda; se apropian de sus recursos naturales, y por eso el dinero que emiten sus bancos centrales vale alguna cosa, aunque sea para cagarse de la risa. Esa es la razón. Cataluña, al menos al principio, deberá poner a disposición de los bancos sus recursos naturales; si no los posee, lo más seguro es que se vería obligada a cederles a ellos o a empresas que gravitan en su órbita el control de los aeropuertos, de los puertos o incluso del sistema público de salud, del sistema de abasto de agua potable, etc. Existen mil fórmulas.

Imagínense ahora que en estas operaciones entran bancos españoles con buenas perspectivas de sacar tajada. Lo dicho, el Gobierno español tardaría muy poco en reconocer una república catalana. Diga lo que diga o haya dicho. Da igual: lo que manda es el dinero, punto y sanseacabó.

Así pues, tendríamos a una multitud enfervorecida coreando vítores a la nueva república catalana, pero lo que no van a sospechar aún, porque en general hemos elegido ignorar ese tipo de cosas, es que están endeudados hasta las trancas. Ellos, sus hijos y sus nietos. No quiere decir que dicho proyecto de independencia esté condenado al fracaso, pero sí que los catalanes tendrían que trabajar mucho —como condenados— para salir adelante. Sería eso o la miseria.

No, amigos, las cosas no son tan sencillas como pretenden hacernos creer los independentistas; independizarse implica mucho más que subirse a una tribuna hondeando una bandera con el puño en alto. ¡Ay, repasen si no la Historia! La deuda sustituye hoy en día a las antiguas cadenas de los esclavos de la Antigüedad. Estamos encadenados a la deuda, a su círculo infernal. Y no hay forma de salir de ella: la deuda se paga siempre con más deuda, hasta que por fin lo pierdes todo. Los privilegiados que vivimos en los países ricos solemos permanecer ajenos al tremendo sufrimiento que ocasiona la creación del dinero, la incesante deuda a la que viven encadenados millones y millones de seres humanos. No nos engañemos: no se trata de un proceso «limpio» y pacífico; implica una cantidad considerable de violencia, de pérdida y dolor.

Sin embargo… ay, amigos, ¿qué sucedería si una región como Cataluña se independizara y se acogiera a una moneda virtual, a una criptomoneda? Los tiempos aún no están maduros para este escenario, pero podríamos no andar muy lejos. Entonces sí, saltarían por los aires muchas de las ataduras que manejan los bancos y el sistema financiero. No todas, porque el dinero siempre será deuda, pero las condiciones ya no las pondrían los de siempre; por primera vez en la historia se someterían a un procedimiento democrático, o al menos mucho más democrático. ¿Creen que el mundo ha entrado en una ola de desestabilización? Esperen y verán.

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