El jardín del exilio

3 noviembre, 2017

Hablemos de la vida, es decir, de la muerte

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 1:13 pm
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HalloweenBasta observar lo que hacen los mayores y lo que hacen los jóvenes para darse cuenta del enorme abismo generacional que se ha abierto entre unos y otros y del tamaño del cambio que se avecina a partir de que la demografía cruce determinado umbral, no mucho más allá de unas pocas décadas. Llega el Día de Todos los Santos y, mientras los cementerios se llenan de figuras vetustas cuyas cabezas aparecen pobladas de blanco y sus rostros cargados de gestos solemnes, en una realidad que parece paralela el resto de la sociedad se entrega con fervor a otros rituales mucho más lúdicos, una amalgama de influencias procedentes de la cultura celta, el cine y la literatura, potenciadas y supervitaminadas por el marketing y la industria. El Halloween es el típico ejemplo de cómo vaciar de contenido una tradición y convertirla en una excusa más, como si ya tuviéramos pocas, para seguir alimentando el consumismo.

Las calles, los comercios y las escuelas se llenan de dráculas, frankenstains o zombies de todo tipo, pero una vez más hemos logrado soterrar el verdadero espíritu que palpitaba tras dicha festividad, que no es otro que evocar la memoria de los que se han ido y rendirles homenaje. Está claro: detenernos a reflexionar sobre la muerte y el destino a ella asociado no es que nos inspire precisamente a acudir a fiestas o centros comerciales. Todo lo contrario, más bien nos invita al recogimiento y la introspección. Seguro que está a punto de saltar alguien para recordarme que no podemos permitirnos el lujo de detenernos un solo momento y perder así la oportunidad de aumentar el PIB, los índices bursátiles o el empleo…

No vamos a ponernos nostálgicos. Los tiempos cambian, y punto. Pero sí que me da pie para desviar el foco hacia el modo en que estamos educando a nuestros niños y jóvenes. Me los imagino en jornadas escolares intensivas desde la más tierna edad, inmovilizados en un aula durante horas intentando absorber saberes de dudosa utilidad con unos métodos cada vez más alejados del furioso dinamismo en el cual fluyen las redes de información en las sociedades modernas. La enseñanza que seguimos impartiendo en las escuelas no ha variado desde el S. XIX; el intento de amoldar a los niños a una cultura de dilatados horarios laborales y de que adquieran unas habilidades que luego puedan vender al mejor postor, a día de hoy está abocado al fracaso.

El sistema educativo actual es una bomba de relojería. Imagínense, estamos inmersos en una época de cambios profundos y sorprendentes. Necesitamos personas creativas, innovadoras, resilentes, pero también compasivas e inteligentes en lo emocional. Necesitamos, en definitiva, a un tipo diferente de ciudadanos; en eso debería consistir la educación, en formar a personas buenas además de capaces. Pero la enseñanza sigue varada en valores como la memorización de tareas, el saber burocratizado o la relación absolutamente vertical con el docente, que ahoga de forma sistemática la espontaneidad y la creatividad. Es decir, remando justo en la dirección contraria, empeñados en convertirnos en simples máquinas replicantes.

Necesitamos una educación que ahonde en los valores humanos, que enseñe a nuestros jóvenes a tener una vida plena, feliz y saludable, a ser más conscientes de sí mismos, de los demás y del entorno que les rodea. Hablemos con ellos de lo que somos en verdad, de nuestra naturaleza como seres, de lo que es en sí la vida, ayudémosles a convertirse en personas sabias y consecuentes. Se me ocurre que podríamos aprovechar una festividad tan significativa como la de Todos los Santos, además de dedicarla a cuestiones lúdicas —nada de malo hay en ello—, para hablarles con sinceridad y de forma accesible de la muerte. ¿Por qué no? Se hacen visitas y excursiones escolares a museos, exposiciones, parques, fábricas, ¿por qué no a un cementerio? Digo más aún: ¿por qué no a un matadero de animales? Quizá esto les infunda mayor respeto por los seres vivos que nos sirven de alimento, quizá se lo piensen mejor cuando algo no les guste y tenga que ser tirado a la basura, quizá haya que ayudarles a comprender que por detrás de una hamburguesa «divertida» del McDonald’s hay un ser vivo que fue sacrificado.

Algunos me tacharán de loco o de radical, pero no existe mejor manera de enfrentarnos a la vida que reflexionar sobre la muerte, porque ese será nuestro destino inevitable. No es necesario revestir este hecho de connotaciones trágicas, tan solo aceptarlo de forma serena y realista como algo natural y consustancial a la vida. Se puede y se debe hablar de ella desde una perspectiva libre de proselitismos religiosos o filosóficos, simplemente como una llamada a la reflexión, casi como un toque de atención. Pensar en la muerte puede ayudarnos a ser conscientes de lo extremadamente frágil que es la vida y todo lo que la sustenta, y así, quizá, aprendamos a darle importancia a esas pequeñas cosas que pueblan nuestro día a día pero que acaban engullidas en el fragor del ritmo trepidante y desalmado en que se mueve el mundo de hoy día.

Cuando desaparezcan nuestros mayores puede que los cementerios se queden vacíos para siempre, y las tumbas abandonadas a la maleza y al olvido. Ojalá no así nuestra memoria.

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2 comentarios »

  1. Muy buen razonamiento y muy buen post. Quizás te guste alguna de las entradas de mi blog.
    Un saludo.

    Comentario por J. Rolf — 3 noviembre, 2017 @ 3:25 pm | Responder

  2. Nada que decir, estoy de acuerdo con tus palabras.

    Comentario por xiricc — 3 diciembre, 2017 @ 11:23 am | Responder


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