El jardín del exilio

19 marzo, 2018

Burbujas sobre el siglo XXI

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 7:52 pm
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burbujasEl pensamiento económico ha llegado a infiltrarse tanto en nuestras vidas que desde hace ya demasiado tiempo no somos capaces de interpretar el mundo si no es pasándolo por el filtro de los intereses monetarios y mercantiles. Adviene una crisis que es sistémica en muchos sentidos, incluyendo el ámbito cultural y moral, en definitiva, de una profundidad histórica sin precedentes, y lo único que se nos ocurre decir es que es de exclusiva índole económica y que, en consecuencia, nos basta con corregir algunos marcadores financieros para que todo vuelva a una especie de equilibrio primigenio, que a lo mejor incluso refleja la disposición de una voluntad divina o vaya uno a saber.

Es de sobra conocido por todos los motivos que la desataron. Se creó una inmensa burbuja inmobiliaria, un frankestein de riqueza ficticia y engaños estrafalarios, fomentada entusiásticamente por gobiernos de todos los pelajes, supuestos representantes del pueblo, que no pudo tener otro fin que estallarle en la cara a los miles de millones de pobres diablos que se creyeron el cuento de una prosperidad milagrosa creada desde la nada especulativa más auténtica y salvaje… Es increíble cómo estos cuentos chinos funcionan sin importar un pimiento las veces que nos lo repitan y comprobemos en nuestras sufridas carnes el fracaso consecuente al que nos abocan. Pero siempre dan resultado…

Y, sí, pensamos que nos estábamos haciendo ricos, cuando la realidad de los datos mostraban meridianamente que, muy por el contrario, el poder adquisitivo de las clases medias y bajas había comenzado a declinar décadas antes, poquito a poco para que no se fuera notando. Desde cierto punto de vista, la crisis económica puede ser explicada como un proceso de expolio muy sutil, ejecutado con extrema exquisitez merced a un gran espectáculo de prestidigitación. Las élites políticas y financieras hicieron sonar una especie de musiquilla de fondo capaz de embelesar a la incauta clase trabajadora mientras le vaciaban los bolsillos al ritmo de sus suaves compases (compra, compra, compra; endéudate, endéudate, endéudate). Hasta que se acabó la fiesta y se dieron cuenta de que no le quedaba dinero para pagar las copas. Entonces se dice que estalló la burbuja, es decir, la gente despertó de su delirio y no le quedó más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, es decir, a su propia estupidez. Ah, sí, es verdad, luego nos indignamos y tal.

Pero, no, amigos, como decía al principio, la cosa no es ni de lejos tan sencilla como nos la quieren endilgar. Bien fuéramos si solo se tratara de una cuestión económica. Pero va a ser que no. Antes de que estallara la burbuja financiera ya empezaban a estallar otras muchas burbujas, y otras tantas han seguido estallando años después.

No sé si fue la primera, pero una de las burbujas más grandes que estallaron en la bañera de espuma de la crisis tiene que ver con la idea moral que la mayoría de los ciudadanos tenemos de nosotros mismos. De algún modo hemos navegado en la prepotencia muy occidental de creernos seres incondicionalmente libres desde el punto de vista político y social, llegando a suponer que vivíamos en un régimen político que garantizaba nuestra libertad de acción y elección hasta el extremo de haber alcanzado en este ámbito la más absoluta perfección. No obstante, no hace mucho descubrimos con cierto estupor que nuestra libertad de elección era más bien una falacia monumental, porque resultó que nuestros deseos y anhelos, aquellos que componen nada menos que nuestras más altas aspiraciones de autorrealización como individuos, se parecían demasiado a lo que de antemano habían precocinado las élites para nuestro consumo masivo. Llegamos a creernos dioses viajando hacia luz, pero la realidad es que nunca pasamos de simples insectos que se estrellaban contra el cristal de una burda bombilla eléctrica…

Y otro tanto cabe decir del sistema político en sí, nuestra tan cacareada democracia, ya totalmente indigno de tal calificativo. Se suponía que se asentaba sobre el bienestar social y la protección de los derechos humanos, qué hermosa idea… Lo cierto es que esto fue más o menos así, con altibajos, hasta que hubo que sopesarlo con los intereses del gran capital. Y ahí, amigos, a los gobiernos no les tembló el pulso: a tomar por saco los derechos fundamentales. Otra burbuja que hizo plop.

También llevábamos mucho tiempo sacando pecho por un nivel de desarrollo material que había permitido, entre otras cosas, la libertad femenina. La mayoría dábamos por hecho que el machismo y el sometimiento de la mujer era cosa del pasado. Pero vaya hostia nos llevamos cuando empezamos a comprender que la emancipación de las mujeres no es posible en un sistema cuya riqueza se genera precisamente a raíz del sometimiento, la extorsión y la violencia… Los tan rimbombantes datos de crecimiento del PIB se nutren de la apropiación bajo coacción, directa o implícita, del trabajo de aquellos que están engarzados en los eslabones más débiles de la correa de transmisión… El vasallaje de la mujer ha aportado miles de miles de millones contantes y sonantes a los bolsillos de las clases dominantes, de los que no verán un duro. Su labor abnegada en la cría de los hijos que necesita el sistema para seguir funcionando y sus muchas horas dedicadas a las labores domésticas para que el hombre pueda dedicar casi la totalidad de su tiempo al trabajo tiene un valor monetario muy preciso que dicho sistema no está dispuesto a reconocer.

Del mismo modo que no va a reconocer ni a recompensar jamás los cientos de millones de esclavos de los que se sirve el tejido productivo para proporcionar las montañas de artículos necesarios —digo, innecesarios— que mantenga en funcionamiento la espiral absurda de consumo en la que estamos embarcados. No puede hacerlo, porque el sistema se alimenta de las desigualdades y de la injusticia, es su gasolina, su razón de ser. No se puede esperar que un vampiro se clave una estaca de madera en su propio corazón.

Sería asimismo de ingenuos albergar alguna esperanza acerca de que el sistema capitalista neoliberal resuelva los problemas derivados de la devastación del medio ambiente, por muchas cumbres que se celebren o por muchas buenas palabras que se destilen. No tiene alternativa, la depredación hace parte de su ADN.

Y así van estallando burbuja tras burbuja ante nuestros ojos asombrados, plop, plop, plop. Pompas de jabón que colapsan bajo el peso inconmensurable de las circunstancias alumbradas por este joven y convulso siglo XXI, disolviéndose en el aire sin dejar rastro. A pesar de que, por alguna razón, llegamos a pensar que eran tan sólidas como una roca.

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4 comentarios »

  1. Si, de acuerdo, y¿ahora qué? ¿cómo sigue la historia?

    Comentario por Carlos Codina — 20 marzo, 2018 @ 10:03 pm | Responder

    • Hola Carlos, gracias por tu comentario.

      Lo que sigue no lo sabe aún nadie, o por lo menos eso es lo que creo. Del mismo modo que nadie anticipaba el capitalismo tal y como lo conocemos hoy en pleno derrumbe del feudalismo. Podemos detectar algunas ideas y tendencias que están emergiendo, como las redes sociales, las redes p2p, las monedas virtuales, la inteligencia artificial que cambiará para siempre lo que hoy conocemos como el mercado laboral… pero sería muy aventurado pronosticar hacia dónde nos conducen estos fenómenos exactamente. Sobre todo porque no tengo claro que el camino que ahora empezamos a recorrer en esta nueva era que se está abriendo sea lineal. En el horizonte acecha la posibilidad de una nueva crisis financiera aún más grave que la de 2008, y quién sabe si alguna catástrofe derivada del cambio climático… Veo muchos nubarrones.

      Pero al menos lo que debemos hacer es una profunda autocrítica e identificar con sinceridad los problemas que nos aquejan. Debemos admitir que la crisis de 2008 ha marcado un antes y un después en el devenir de la humanidad. De aquí para atrás hemos vivido en mundo en expansión; de ahora en adelante nos toca hallar un modelo que nos permita vivir bajo un equilibrio ponderado. No podemos seguir creciendo. Es por ello que las políticas keynesianas no van a salvarnos, ni mucho menos las derivadas de la escuela de Chicago. Tampoco es viable, aunque sea mucho mejor de lo que se está haciendo ahora, una expansión económica basada en la economía verde, porque en el fondo, y hay que apostar por las energías verdes, es más de lo mismo. Hay que encontrar otro modelo. Sí, ya, ¿cuál? El problema es que las inercias creadas son muy poderosas. Pero, sí, se están planteando alternativas. No son aún muy visibles, pero ahí están.

      Creo que los tiros vienen por donde explica el siguiente artículo:

      https://www.eldiario.es/desde-mi-bici/economia-social-estupido_6_751784852.html

      Saludos.

      Comentario por Iván Bethencourt — 21 marzo, 2018 @ 10:28 am | Responder

  2. Gran artículo, te sugiero que pongas alguna entradilla antes del artículo para no llevarnos un disgusto al leer estas cosas, como ” para mayores de 70″ o algo así, es como decirle a un niño pequeño que los reyes son los padres de sopetón. Aún de toda la cantidad de datos que aportas igual se te olvidó hablar hasta de la iglesia, o de la propia educación….. alimentación…sanidad…..es para escribir una enciclopedia, a ver cuando le cuento todo esto a mis hijos que piensan que van a la escuela a aprender. Gracias una vez más por dar otro punto de vista tan interesante.

    Comentario por Caco — 22 marzo, 2018 @ 5:03 am | Responder


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