El jardín del exilio

4 abril, 2018

El individuo contra la democracia

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 4:30 pm
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R.I.P. democraciaDicen que el bosque a veces no deja vislumbrar los árboles, pero, imagínense, ¿qué puede dilucidarse de cualquier evento sometido a un cruento y despiadado bombardeo mediático? Tal sucede con el conflicto político que padece Cataluña, lo tenemos hasta en la sopa, incluso mis sobrinos pequeños saben quién es Puigdemont. Cuando la noticia se convierte en espectáculo para el consumo masivo el contexto que la rodea, sus razones y sus porqués, es arrancado de cuajo y deja de cumplir su misión informativa. Pero eso carece de importancia mientras termine cumpliendo con otra misión mucho más prosaica y mejor valorada en nuestros días: servir de pura carnaza a los tiburones hambrientos.

El mundo se ha convertido en un lugar lleno de furia y ruido, apenas podemos pensar en paz y concentrarnos —acaso no sea ese el objetivo de tanto estrépito vertido sobre nuestros sentidos—. Sin embargo, pese al hartazgo (o quién sabe si precisamente debido a él), la cuestión de Cataluña me sigue suscitando algunas reflexiones, curiosamente al hilo del trasfondo social que está llevando a la deriva a la humanidad entera, que no es otro que la muerte a plazos de la democracia.

Seamos claros: la democracia es una gran putada, una pésima noticia para el ansia individualista, egocéntrica, cortoplacista e inmediatista que se pregona a los cuatro vientos como modelo ideal a ser encajado como una pieza de puzzle en el mosaico de nuestra imparable sociedad de consumo. Porque, vaya, ahora solo faltaba que encima tuviéramos que tener en cuenta las necesidades de los demás… Y, sin embargo, queridos amigos, la democracia resulta imposible sin un poco de generosidad. Esto es un punto clave. Y, no, no está sacado de un manual barato de autoayuda. Los conflictos no pueden resolverse a base de confrontar a palo seco los intereses egoístas de los individuos con la esperanza de que «el mercado» dirima la mejor propuesta con una varita mágica pretendidamente aséptica, como defiende el paradigma neoliberal. Las cosas no funcionan de ese modo. Los conflictos no se resuelven con el triunfo de un bando ganador que aplasta al perdedor o lo margina. Todo lo contrario: enquista el problema aún más, añade rencores, malestar, frustración. Incluso violencia. Basta visualizar un documental sobre la vida de los animales en la selva para darnos cuenta de lo que realmente sucede. La selva no es un lugar donde impere precisamente el acuerdo entre las partes…

Así pues, en vano nos esforzaremos en sostener un sistema democrático cuyos ciudadanos han elegido convertirse en depredadores solitarios que lo único que ven en el prójimo es una oportunidad para socavarlo e intentar prosperar a su costa. No hay libertad, igualdad o derechos humanos que lo resista. O es el individualismo egoísta y a ultranza o es la democracia, las dos cosas no pueden coexistir. En algún momento la intransigencia ciega y unidireccional del individuo encerrado en sí mismo y para sí mismo desemboca en el autoritarismo, en una escalada de todos contra todos en la que finalmente se impone el más fuerte con un sendero sembrado de cadáveres a su espalda.

Se trata de una obviedad, pero hay que seguir martilleando en el mismo clavo (ya casi es lo único que nos queda): el conflicto de Cataluña, o cualquier otro (me da igual), no va a resolverse en los tribunales, aprobando leyes más duras o metiendo gente en la cárcel sin un gran coste social, que incluso podría conducirnos a la ruptura. Porque cada victoria parcial que se logre en el fragor irracional del enfrentamiento no es sino otro escalón que desciende a los infiernos de la guerra total, cuyo poso rezumará odio y rencor durante siglos, como tantas y tantas disputas que aún perduran a lo largo de la historia. No basta tener razón. O tener el Derecho o la Justicia de nuestro lado. No, amigos, eso no es siquiera la parte más importante en una democracia; aquellos que presumen de siempre llevar la razón terminan ahogados en la tristeza de su propia soledad. En algún momento hemos de ser generosos, en algún momento hemos de romper el cascarón del individuo-isla y enfrentarnos al hecho de que los demás importan, al menos, tanto como nosotros mismos.

Y es verdad: todo el mundo parece de acuerdo en que el gran capital al fin ha triunfado, fue el empeño por antonomasia de todo el siglo XX, muchos millones de seres humanos dieron sus vidas para consumar ese logro. Nos dijeron que lo suyo era alegrarnos de tan extraordinario acontecimiento, el mundo se halla a salvo ahora del comunismo y los ciudadanos podremos disfrutar del gran progreso material que todo ello acarrea consigo, aleluya, etc. ¿Se puede pedir más? Pues a veces hay que tener cuidado con lo que se desea. La victoria final del individuo —de la tiranía individualista— quizá signifique no solo la muerte irrevocable de la democracia; además, podría llegar a culminar el concienzudo proceso de deshumanización en que se han embarcado desde hace décadas las sociedades industrializadas. Para terminar convertidos, quién sabe, en zombis.

 

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