El jardín del exilio

14 abril, 2018

Por un trocito de tarta (una brevísima y sui géneris historia del capitalismo reciente)

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 6:16 pm
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Reparto del pastel IIEl siglo XX tuvo que sufrir guerras de proporciones inimaginables, revoluciones sangrientas, atentados, revueltas de todo tipo, en definitiva, una cantidad de dolor y muerte inconmensurables para que los capitalistas finalmente entendieran algo muy simple. De repente, se dieron una palmada en la frente y comprendieron que la clase obrera nunca quiso de verdad unirse al comunismo o derrocar el poder, ni siquiera ejercer la violencia. Se hizo la luz: todo era jodidamente obvio. Lo único que habían estado anhelando los trabajadores durante ese tiempo era algo tan básico como poder ponerle a su familia un plato de comida en la mesa, y a ser posible bajo un techo y sin pasar demasiado frío en invierno. Unas condiciones mínimas dignas, no más migajas, solo un trocito de tarta…

Los capitalistas se miraron perplejos unos a otros y se preguntaron: «¿y por esto nos hemos estado matando unos a otros, por una mísera porcioncita de mierda?» «Hombre, ¡haber empezado por ahí!; venga, sirvámosela de una vez a estos desgraciados y que se dejen de tocar los huevos». Bum, ese día el comunismo pereció bajo la suela del gran capital. Lo malo es que hasta hoy la izquierda aún no se ha enterado, y sigue insistiendo en la consecución de esos ideales tan altos, tan puros, tan trascendentes, porque, ¿sabes?, todo es tan bonito cuando vivimos como hermanos y nuestros corazones laten como uno solo…

Pero es cierto, la masa se conforma con poco, por eso resulta tan fácil dominarla. Lo que vino después de la II Gran Guerra fue la puesta en marcha del sistema económico más exitoso de la historia. ¿Qué podía salir mal? Los capitalistas se llenaban los bolsillos, los trabajadores se compraban sus casitas y sus cochitos… todo iba de fábula, de hecho tan requetebién que incluso algunos se atrevieron a hablar del final de la historia. Era lógico, el progreso y la abundancia había llegado a toda la sociedad, era la leche. Bueno, más o menos. A cambio había que cerrar un poco los ojos, o del todo, y no ser tan quisquillosos con la corrupción, los privilegios de las élites, sus cuentas en Suiza y esas cosillas que, en palabras del inefable Mariano Rajoy, no llevan a nada…

Sin embargo, ya se sabe, el idilio no podía durar para siempre. Todo iba sobre ruedas, claro que sí, pero… ¿no se estaba alimentando un sistema basado en la codicia y el egoísmo más extremo? Dicho y hecho, el capitalismo estaba a punto de subir al siguiente nivel. A alguien le dio por fijarse en esas pequeñas porciones de tarta que ahora atesoraban los trabajadores. En efecto, se trataba de una cantidad que, a ciertos niveles, resultaba irrisoria. Pero ¿alguien sabe lo que es la economía de escala? Ah, es algo cojonudo. Tú coges un pellizco chiquitito de ese trocito de la tarta del obrero y entonces vas y lo juntas con otro pellizco chiquitito. Y así reúnes dos pellizquitos, ¿no es genial? La cosa va ganando interés cuando, a continuación, te haces con un tercer pellizquito, y un cuarto, y un quinto… La gracia reside en que si sumas algunos millones de pellizquitos terminas por amasar un pastel enorme, descomunal. Y ya te cagas de la risa cuando compruebas que nadie se importa demasiado cuando le arramblas un pellizquito insignificante de su pastel, vaya, que casi no se nota. Es la jugada perfecta. Oye, y tan perfecta que repites la operación una y otra vez y siempre tienes éxito. Menudo subidón.

Ahora bien, hablemos en serio. Que eso de ir laminando poco a poco mi trocito de pastel hace que, pasado un tiempo, no me vaya quedando ni para comer. Porque, chiquillo, parece que no, pero, oye, al final resulta ser que sí… O sea, cabrones, ¡que me han dejado casi sin un duro! «Ah, vaya, pues fíjate, es verdad; pero, bah, no tienes de qué preocuparte». ¿Ah, no? «Claaaro que no, lo único que tienes que hacer ahora es comprarte una vivienda». Pero, ¿cómo voy a hacer eso si no tengo con qué pagarla? «Ay ay ay, alma cándida, ¿es que no sabes que las viviendas SIEMPRE se revalorizan? Anda, que te concedo un préstamo». ¿En serio? ¿Así, sin más? Joer, que tío más enrollao.

Aquí es cuando el capitalismo escala un nivel más, antes de pegarnos todos un buen hostiazo y se rompiera el contrato social implícito que se había firmado tiempo atrás («al menos un trocito de tarta, hombre»). Tan grande ha sido el golpe que aún estamos mirando hacia los lados intentando identificar de dónde nos vino. Aunque los peor parados fueron los de la izquierda. Los pobres aún están en coma y, como era de esperar, desde entonces a esta parte han sido barridos de la vida política.

Les voy a contar un secreto: la izquierda nunca tuvo una alternativa real al capitalismo. Ya ven, el asalariado solo quería un trocito de tarta, nada de grandes revoluciones ni guerras, tan solo una vida sencilla y en paz, sin tanta intelectualidad estéril, materialismo histórico y cosas por el estilo. Tan solo un dos más dos es igual a cuatro. Y ya está. En vano cargan los intelectuales de la izquierda contra el obrero que vota a los partidos conservadores. Aquí ninguno somos tontos. Todos estamos de acuerdo en que la generosidad es mejor que el egoísmo, que la solidaridad es mejor que la competitividad, etc. El que más y el que menos intenta inculcar esos valores a sus hijos, seríamos unos desalmados si no lo hiciéramos, pero, y esta es la cuestión, guste o no, lo que proporciona un medio de vida hoy por hoy, lo que pone un plato de garbanzos encima de la mesa, es el egoísmo, mirar por uno y esperar que cada cual se las arregle como pueda. Y así seguirá siendo hasta que, entre todos, seamos capaces de imaginar otros caminos —realistas, no teóricos— distintos a esta locura suicida en la que nos hemos embarcado como sociedad y como individuos.

A lo mejor seguimos pensando que no tenemos alternativa. Eso significa que no hemos aguzado el oído lo suficiente y empezado a percibir la arrolladora marea de cambio que arrastra este nuevo siglo, y que amenaza nada menos que con pasarnos por encima a poco que nos despistemos. Muchos siguen sin verlo, se preguntan de qué coño estaré hablando; es así, estamos demasiado habituados a los valores patriarcales, es como si lleváramos puestos unos anteojos que distorsionaran la realidad. Pero, sí, vuelven a sonar palabras que ya fueron pronunciadas en el pasado: compartir, intercambiar, cooperar… Ya lo sé, me vendrá más de uno con aquello de «ya nos vienes otra vez con lo del comunismo». Solo que esta vez es distinto, y lo siguiente que voy a decir para justificarlo quizá termine de echar por tierra la poca credibilidad que pudiera haber sobrevivido después de los dislates expuestos en este artículo.

No solo está llegando una nueva generación cuyos valores, aspiraciones y forma de entender el mundo apenas se parecen a cuanto haya existido con anterioridad. A lo mejor eso ya lo sabían. La diferencia, queridos amigos, es que ahora es la mujer la que está al frente.

Parece que oigo carcajadas… Qué pena. Puede que más de uno, si vive lo suficiente, termine ahogado en su propia bilis. A ver si la izquierda, por una vez, está al loro.

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2 comentarios »

  1. la izquierda no vera la luz en mucho tiempo amigo,y a la derecha le queda poco aunque se interfieran muchos.

    Comentario por richard — 14 abril, 2018 @ 7:25 pm | Responder

  2. Gracias una vez más, gran artículo no apto para soñadores e ingenuos. La trampa perfecta

    Comentario por Caco — 15 abril, 2018 @ 9:57 pm | Responder


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