El jardín del exilio

7 julio, 2018

No, amigo, no solo es el mercado

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 4:13 pm
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MonopolyCuando el ínclito ex ministro de Hacienda de España Rodrigo Rato, en contestación a una pregunta en la comisión de investigación del Congreso de los Diputados referente a la sorprendente y onerosa quiebra de las Cajas de Ahorro, tinglado cuya participación le cogió de lleno como presidente de Bankia, dijo con todo su cuajo aquello de «eso es el mercado, amigo» a modo de excusa para eludir su responsabilidad, resumió en una frase lo que es un sentimiento que por desgracia ha arraigado en el inconsciente colectivo con tanta profundidad como, al menos, la creencia generalizada en un dios sobrenatural. Según dicha fórmula, no hay que exigir explicaciones a nadie sobre el hecho de que se dedicaran sesenta mil millones de euros del erario público, o más (seguramente más), con el fin de salvarle el culo a algunas entidades bancarias españolas, después de que se consagraran a hacer todo tipo de inversiones temerarias y repartirse con impudicia verdaderas fortunas en comisiones y dividendos. Ya saben, fue cosa de los mercados, algo totalmente limpio, aséptico y, por lo visto, tan inevitable como la fuerza de la gravedad…

A diez años del estallido de la crisis bancaria de 2008, las cosas han vuelto a la casilla de salida. El mercado inmobiliario, esta vez por el lado de los alquileres, comienza una vez más a alcanzar niveles preocupantes, arrastrando consigo un nuevo repunte de la deuda privada, de los impagos y de los créditos bancarios con garantías ficticias o infladas (las normas que se aprobaron para «regular» la actividad de los bancos son un puro paripé). Toda esa música ya la hemos escuchado antes. Pero he aquí que me pongo a hablar con la gente sobre la necesidad de regular el mercado de la vivienda; no puede ser que en este país tengamos más de un millón de viviendas vacías, razono, mientras un porcentaje importante de la población no puede acceder a una, ya sea en régimen de alquiler o a través de su adquisición. Y sigo: ya nos vale que estemos de nuevo inflando otra burbuja inmobiliaria a base de especular con un bien que necesita estar al alcance de todos los ciudadanos, según recoge la propia Constitución. Para mi estupor, he recibido como respuesta algunas variantes de la famosa frase de Rodrigo Rato en más de una ocasión: «pero es que eso es el mercado, ¿qué se puede hacer…?»

Ay ay ay, no hemos aprendido nada. No puedo creer que tenga que escribir sobre esto, que aún hoy, con todo lo que ha llovido, tenga que explicárselo a más de uno. Tampoco es que me haga muchas ilusiones, pero allá voy.

Cuando hablamos de regular el mercado de la vivienda, en este caso el alquiler, inmediatamente se producen reacciones como: «si el precio es elevado pero hay gente dispuesta a pagarlo, ¿cuál es el problema?, es la ley de la oferta y la demanda (¡el mercado, amigo!)», «¿quién es nadie para meterse con lo que haya decidido hacer un propietario con su inmueble?» Etcétera. Ha cundido la creencia de que la propiedad es un bien absoluto, algo así como una extensión más del cuerpo de cada uno, pese a que eso solo fue cierto en el Derecho Romano y, hasta cierto punto, en la teoría del Derecho Natural desarrollada por ciertos pensadores a partir del S. XVII, como John Locke, que pretendieron vincular la noción de propiedad a la naturaleza humana. Pero eso ya no es así desde hace muchísimo tiempo. En los estados sociales y democráticos modernos, la propiedad solo tiene sentido si cumple con determinados fines sociales que, a su vez, se amparan en los derechos humanos fundamentales. No sé si alguien lo recuerda, pero este tipo de cosas no existía en la época de los romanos…

Vayamos por partes.

La vivienda no es un bien cualquiera, no es comparable a, pongamos por caso, una caja de chocolatinas. En primer lugar se trata de un bien básico sin el cual la vida humana no podría desarrollarse en plenitud, motivo por el cual la Constitución no hace mención alguna a las chocolatinas pero sí a la vivienda, instando a los poderes públicos a garantizar el acceso a la misma por parte de los ciudadanos en unas condiciones dignas. Si por algún motivo —una cosecha catastrófica del cacao a nivel mundial o la formación de un gigantesco monopolio, por ejemplo— se disparara el precio de las chocolatinas no parecería lógico esperar una respuesta contundente desde los poderes públicos en aras de evitar un supuesto menoscabo en los derechos de sus ciudadanos. Sería absurdo.

En segundo lugar, se trata de un bien escaso. Esto es muy importante tenerlo en cuenta. Construir una vivienda en condiciones —vamos, que no sea una choza— requiere muchos medios materiales y humanos, además de territoriales. Sabemos que el territorio es escaso, sobre todo si queremos compartir espacios públicos de calidad y, asimismo, preservar ecosistemas naturales que son imprescindibles para la vida en el planeta. Si a uno de esos príncipes saudíes, que invierte miles de millones en equipos de la primera división del fútbol europeo, le diera por acaparar la casi totalidad de la producción mundial de chocolatinas y provocar así su escasez, es cierto que nos fastidiaría un poco —a mí el primero—, pero creo que a nadie le supondría un obstáculo demasiado serio, salvo a los adictos al chocolate, para culminar su proyecto de vida.

Por tanto, en las sociedades modernas existen una serie de derechos constitucionales que confluyen alrededor de un bien básico como es la vivienda y que necesariamente entran en colisión. Ahora viene lo importante: el hecho de que en España, y en otros muchos países, los sucesivos gobiernos hayan optado por proteger los intereses de las constructoras, los bancos o los fondos buitre por encima de otros colectivos menos favorecidos, o hayan decidido que era más importante permitir la construcción de una promoción de chalés con campo de golf en detrimento de un paraje natural, no tiene nada que ver con el libre juego del mercado. Se trata de una mera elección política. Es tan obvio que no haría falta decir más.

Pero lo triste es que sí, todavía hace falta seguir explicando algunas otras cositas. Porque todo esto hunde sus raíces en una de las falacias de mayor éxito en la historia de la humanidad. A saber, que el estado natural de los seres humanos son unos individuos cuyo único interés en la vida consiste en averiguar el modo más racional de agenciarse la mayor ganancia material posible a costa de lo que sea y que, fruto de ese afán, que por lo visto viene inscrito en los genes, se ponen a hacer intercambios de forma espontánea hasta que de todo ello emerge nada menos que un mercado —o un protomercado—, lo que, a su vez, da origen a las sociedades, a las naciones, al dinero, a los sistemas políticos y a todo lo demás. Y no solo eso: resulta que los estados, y particularmente sus sistemas de recaudación de impuestos, son los que ponen freno a ese bonito impulso natural, de modo que hay que cargarse todo lo público, privatizarlo y ponerlo —dónde si no— en el mercado… para que el individuo por fin alcance la libertad, o sea, el libre mercado, y pueda así cumplir con su destino.

No importa que esta versión impostada de la naturaleza humana haya sido desmentida hasta la saciedad por la antropología, la historia o la psicología. Los gurús del capitalismo, con su enorme maquinaria de propaganda (medios de comunicación, universidades, películas y demás industria cultural), la siguen repitiendo y reproduciendo como un mantra, hasta que todos hemos claudicado y acabado creyéndola como única verdad posible acerca de nosotros mismos.
Afirmar que el mercado es anterior a las instituciones sociales es una soberana estupidez. Pongamos el juego del Monopoly. Dentro del juego los jugadores interactúan entre sí y se produce una dinámica de negociación y tomas de posición asignadas por el azar que muy bien podríamos calificar de «mercado». Pero eso es justamente lo que sucede: el juego se desarrolla en un marco normativo predeterminado, anterior al juego mismo. Bastaría que alguien suprimiera o añadiera una casilla o cambiara alguna de sus reglas para que esa dinámica fuera completamente diferente, más o menos justa. Quieren hacernos creer que para que el mercado funcione correctamente —de forma «natural»— deben desaparecer todas las normas que lo regulan, para que sus agentes puedan operar con libertad… Pero esta es una idea profundamente equivocada, no existe nada parecido a un juego del Monopoly sin un tablero de Monopoly, o un juego del Monopoly que se empiece a jugar con las fichas y el dado para luego, como puesto por la mano invisible, surja de la nada un tablero (que casualmente coincidirá con los deseos de los jugadores que parten de una situación más ventajosa). Porque primero son las normas, las convenciones sociales, la costumbre, el estado, o lo que se quiera, y luego —si acaso— surge el mercado y se adapta a los acuerdos, tácitos o de derecho positivo, que se hayan establecido en una determinada sociedad. No, nunca sucede al contrario por mucho que intenten convencernos de ello. El mercado no surge de la nada, la ley de la oferta y la demanda es una herramienta muy poderosa, pero sería incapaz de operar por sí misma sin un marco que la regule y la encauce.

Pero eso ya lo saben los delfines del capitalismo, estaría bueno que fuera yo —un pringao— quien les descubriera semejantes obviedades. Lo saben de sobra. Cuando llega el gobierno de turno y nos anuncia que desregula el mercado para que funcione con mayor eficacia, en realidad lo que está haciendo es regular, casi siempre con más normas de las que había antes, en favor de los amos del capital. Lo puede comprobar cualquiera. Cada vez se desregula más y, no obstante, cada vez hay más normas… Está claro que algo no encaja.

Sí, amigos, tenemos un problema. Y desde hace tiempo. Houston, Houston, ¿me recibes? Aquí en la Tierra nos han sorbido el cerebro.

 

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