El jardín del exilio

14 octubre, 2018

La ideología del odio

Filed under: Articulos — Iván Bethencourt @ 9:18 am
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Odio IIISi te declaras abiertamente racista, odias a las mujeres y a los pobres y encima te presentas como candidato para presidir un país, uno de esos analistas de moda, cuyo punto de vista se sigue basando en la ingenuidad de que los seres humanos nos movemos impulsados por decisiones racionales, hubiera dicho sin pestañear que el candidato en cuestión no tiene ni la más remota probabilidad de ganar. Es muy fácil preverlo, nos habría asegurado. Las mujeres no le van a votar, y conforman al menos la mitad del censo electoral. Y si además restamos el voto de los negros, inmigrantes y marginados, prácticamente se queda sin opciones. Pero, por fortuna o por desgracia, y a pesar de que seguimos insistiendo en pulsar la misma tecla, sabemos desde hace tiempo que las cosas no funcionan de este modo. El papel de las emociones en la vida de los seres humanos juega un papel mucho más preponderante de lo que estamos dispuestos a admitir.

Si insistimos en analizar la deriva política que se está extendiendo por el mundo, con Trump en los EE.UU. a la cabeza, y lo hacemos únicamente desde una perspectiva racional, posiblemente acabemos sucumbiendo al desánimo y la desesperación. En efecto, podría parecer que el mundo se ha vuelto loco sin un motivo aparente que lo explique.

Una de las mayores contradicciones a la que está sometido el hombre moderno es la circunstancia de haber asumido una individualidad absoluta frente al mundo. El éxito y el fracaso de cada uno dependen en exclusiva de las decisiones y acciones que como individuos hayamos decidido emprender nosotros mismos y nadie mása lo largo de nuestra trayectoria vital. Cada uno es el responsable absoluto tanto de su éxito como de su fracaso. Sé que muchos están asintiendo en silencio ante esta aseveración, porque, dirán, ¿es que acaso no es así?

Pues hasta cierto punto. Porque lo cierto es que existen un sinnúmero de fenómenos y situaciones que nos afectan negativamente pero cuya resolución requiere la acción cooperativa de grupos amplios de personas, trascendiendo de este modo el ámbito de una colectividad conformada por individuos aislados. Un ejemplo es el cambio climático. Un agricultor o un hostelero podrían verse arruinados en cuestión de meses si la climatología no cumple las previsiones tradicionales a partir de las cuales se fundamentan sus inversiones. Otro ejemplo significativo es la pobreza. Las capas medias y altas de las sociedades suelen exigirles a los pobres mayores esfuerzos personales individuales—, sin tener en cuenta la existencia de ciertos elementos estructurales que minan de forma considerable la igualdad de oportunidades.

Para resumir: se nos exige que nos hagamos responsables absolutos de nuestros actos, pero en la práctica vivimos inmersos en procesos cuyas consecuencias no podemos dominar en solitario. Esto produce una cantidad inmensa de frustración: las herramientas que nos han proporcionado para cumplir nuestras expectativas vitales el individualismo extremo o, incluso, endogámicono se corresponden con la realidad. Y no hay previsión de enmienda en el horizonte cercano. La idea de apoyarnos en los demás para resolver las grandes cuestiones que afectan a la sociedad en su conjunto y al planeta nos resulta extraña, sobre todo porque somos incapaces de conectarlas con los avatares que se producen en nuestra propia vida.

El campo de visión de los individuos del siglo XXI ha sido segado de una forma brutal. A estas alturas de la película podemos decir sin temor a equivocarnos que nos hemos vuelto incapaces de ver más allá de nuestras propias narices. Literalmente. En este contexto, una inmensa mayoría de individuos asisten impotentes a un retroceso considerable en sus condiciones de vida: precariedad, recortes en ayudas sociales y en educación y sanidad, pérdida de libertades, etc. Algo está jodidamente mal.

Y vaya que sí. Pero es precisamente en este punto donde empezamos a desbarrancar. A los pequeños comerciantes, por ejemplo, ante el deterioro de sus ventas y márgenes de beneficio, no se les ocurre otra cosa que cargar contra los inmigrantes que practican el llamado top manta cerca de la puerta de sus negocios. Alzan sus voces pidiendo más presencia policial, más mano dura, más restricciones a la inmigración. Y es curioso, porque la presencia del top manta tiene un reflejo muy marginal en el total de sus pérdidas. Lo que realmente está matando al pequeño comercio es la situación de desigualdad de facto con la que compite contra las grandes superficies, sostenidas por empresas multinacionales que apenas pagan impuestos y se les permite contar con mano de obra esclava de países del Tercer Mundo. Pero no vemos a nadie protestar contra las multinacionales. En efecto, se trata de un enemigo poderoso que no puede ser enfrentado de forma individual, para eso haría falta la acción coordinada de toda una sociedad. Mientras tanto, como es lógico, resulta mucho más fácil descargar la ira encima de unos pobres diablos que a duras penas sacan lo necesario para subsistir.

Echemos un vistazo a lo que está sucediendo en Brasil. Las clases media y media alta han visto truncadas unas expectativas que nacían de una situación de expansión económica excepcional que duró unos quince años. En ese periodo el gigante sudamericano asistió a la que probablemente haya sido la época más fértil de su historia. Hubo una ganancia neta de poder adquisitivo por parte de todas las capas sociales del país, se invirtió en educación, en infraestructuras, en la erradicación del hambre. En esa dirección, el gobierno de Ignacio Lula da Silva aprobó unas ayudas sociales como jamás se habían visto antes. Repartió cestas básicas de comida a la gente más necesitada, facilitó el acceso a la vivienda y se mejoró la red de asistencia en general.

Ahora bien, seamos realistas. En un país como Brasil donde la corrupción es estructural, sería de ingenuos pensar que una parte del dinero destinado a dichas ayudas no se haya desviado hacia los bolsillos de muchos que las gestionaban. No obstante, y muy a pesar de todo, el volumen de corrupción que dichas ayudas sociales hayan podido sumar apenas suponen una ínfima parte del total de la corrupción que se sustancia en el país, esa sí, una cantidad absolutamente descomunal. Aún con todo, por paradójico que pueda parecer, la indignación se ha concentrado casi exclusivamente en los receptores de dichas ayudas, quienes, al parecer de muchos, han pasado a vivir de la sopa boba en detrimento de un gasto desorbitado que, mira por dónde, sitúan en la génesis de la crisis que sufre el país (ese gasto en concreto y no otro). Como es lógico, el problema es mucho más complejo, mucho más vasto y profundo, y desde luego va mucho más allá de la mera encarcelación de Lula da Silva o de quitar al Partido de los Trabajadores del poder. Pero, una vez más, ese es el esquema que hemos elegido para afrontar los problemas de todo un país: reducirlos a una esfera de simplicidad tal que hasta unos individuos aislados puedan manejarlos cómodamente, sin mayores implicaciones, sin mayores molestias, con muy poco esfuerzo intelectual.

Muy pocos son conscientes de la devastación cultural e intelectual lograda por un sistema que propugna como único fin de la vida humana el enriquecimiento monetario sin sujeción a ningún principio ético o moral, más que un puro y encarnizado individualismo a ultranza. Un sistema que nos ha penetrado hasta el tuétano, que ha reducido nuestra humanidad a polvo, que ha conseguido transformarse, él mismo, en «la realidad», es decir, en un principio incontestable y eterno (Dios). De este modo, la exigua élite situada en la cúspide del capitalismo ha conseguido alzarse con el mayor triunfo que mente humana haya podido imaginar nunca. No hay nada más allá. Es la victoria total, la rendición absoluta.

Y todavía habrá quien se esté preguntando qué tiene que ver toda esta perorata con el auge de la extrema derecha en todo el mundo. Intentaré ser explícito. No me entiendan mal. No estoy en contra de la individualidad, mientras sea algo que permanezca abierto a los demás y no constituya un fin encerrado en sí mismo. Pero sí creo que el individualismo a ultranza que propugna el neoliberalismo ha desembocado en un egoísmo extremo, en una visión cerril que niega al otro o, lo que es aún peor, lo convierte en el enemigo. El otro es ahora alguien a quien debemos enfrentarnos y abatir para garantizar nuestro éxito —individual—. Estamos en el sálvese quien pueda, en el o tú o yo. El otro no es la solución, es el problema. Pues a por él. Porque lo único que me importa es mi éxito, mi vida, mis cosas —yo, yo y yo—, luego resulta casi lógico, casi obligatorio, odiar al otro y destruirlo.

Sin embargo, queridos amigos, estas son razones, y ya hemos visto que las razones por sí solas no bastan. Necesitamos, quizá, algo de inteligencia emocional, un tipo de inteligencia que nos haga empatizar con los problemas y las ideas de los demás. Por encima de todas nuestras diferencias. ¿Será pedir demasiado?

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2 comentarios »

  1. “Necesitamos, quizá, algo de inteligencia emocional, un tipo de inteligencia que nos haga empatizar con los problemas y las ideas de los demás. Por encima de todas nuestras diferencias. ¿Será pedir demasiado?”

    Totalmente deacuerdo, cuando los hombres dejen de estar perseguidos por ser hombres. Cuando dejen de existir leyes como LIVG que pena solo un tipo de violencia y hace desaparecer la violencia de la mujer contra los niños y los hombres. Cuando los nombramiento de jueces(ejemplo: Kavanaugh) no sean atacado con falsas denuncias solo por opinar que una ley de aborto que permite hasta un día antes del nacimiento(un bebe totalmente viable) abortar, si me refiero a EEUU y Canada. Cuando no se impongan derechos sobre los cadáveres de niños y hombres.Cuando se acusa a todos los hombres como asesinos y se hace un reducionismo propio de nazismo de Goebbels con el mal llamado machismo. Cuando comprendas lo anterior podrás entender lo que esta pasando.

    No espero que lo entiendas ahora, no se si lo podrás hacer antes de ser juzgado en Núremberg y seguro que no podrás hacerlo luego.

    Comentario por RitoDePaso — 14 octubre, 2018 @ 4:21 pm | Responder

    • Hola, RitoDePaso, gracias por tu comentario.

      Es evidente que partimos de presupuestos antagónicos. Aunque comparto que la Ley Integral Contra la Violencia de Género es francamente mejorable, entiendo que la mujer ha estado expuesta a la violencia de género durante siglos y que por lo tanto merece una protección especial por parte de las instituciones. Eso no significa negar los casos en los que es la mujer quien ejerce la violencia. Pero es de justicia admitir que la abrumadora mayoría de las veces que se produce un caso de violencia de género el protagonista es un hombre. A lo mejor es que yo vivo en un planeta distinto al tuyo.

      No sé a qué te refieres con lo de imponer derechos sobre cadáveres de niños y hombres.

      Igualmente, me parece una exageración desmedida y completamente fuera de la realidad afirmar que se acusa «a todos los hombres» de ser asesinos.

      Tampoco espero yo que entiendas mi punto de vista, ni albergo esperanza de lo que lo hagas algún día, pero, por encima de nuestras diferencias, podemos ser amables y respetarnos, tal y como acabamos de hacer.

      Un saludo.

      Comentario por Iván Bethencourt — 14 octubre, 2018 @ 9:13 pm | Responder


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